2026-08-17

Murió una mujer que le brindaba ternura a Bariloche

Camila Ovejero, un ser luminoso que se preocupaba por el prójimo.

Dios debe haberle dado al hombre lágrimas para poder derramarlas cuando una persona como Camila Ovejero brinda su adiós final.

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Resulta complicado reaccionar cuando se recibe un mensaje con una noticia tan triste.

Al escribir estas líneas, por ejemplo, sé que se dificultará poner ciertas cosas en pasado.

Para quien suscribe —y para muchos—, Bariloche ya no será la misma sin su presencia.

Hay seres que, curiosamente, resaltan en su mesura.

Camila era (que feo es poner “era”) pura bondad. 

Elegante sin estridencias, coqueta, amable…

También, amante de la buena comida.

Le gustaba acompañar algunos platos con cerveza roja y se perdía por las cosas dulces.

Era hermosa. Su mirada irradiaba ternura.

Sumamente inteligente, amaba la lectura. Y, aunque no le gustaba demasiado mostrar lo que escribía, trazó poemas de gran belleza.

Había nacido en Buenos Aires y provenía de una familia jujeña. Arribó a Bariloche acompañando a su marido, Carlos Solivérez, quien se transformó en un investigador importante del Centro Atómico y luego intervino en política activa, llegando a ser presidente del Concejo Municipal de la ciudad (falleció en 2018).

Ella, en tanto, comprometida desde lo humano, se desempeñó como supervisora en Bariloche y la Línea Sur del Programa Alimentario Nacional (PAN) que surgió con la gestión alfonsinista. Así, cuando tuvo que organizar el reparto de alimentos, para eludir la intervención de punteros políticos, ansiosos por utilizar para sus propios intereses una acción dirigida a mejorar un tejido social que ya en aquel entonces daba muestras de que se estaba deshilachando, optó por zanjar cualquier inconveniente recurriendo a los conscriptos, que fueron los encargados de hacer llegar la ayuda a gente humilde que vivía en sitios de difícil acceso, donde ni siquiera se apreciaba algún trazado de calles.

Camila, luego, intervino en Desarrollo Social municipal.

Siempre mostró talento —y humanidad— para llevar adelante actividades vinculadas con la ayuda al prójimo.

Más allá de sus ganas de colaborar, quizá para evitar cualquiera comentario malintencionado, cuando su marido (con quien tuvo dos hijos, Álvaro y Gonzalo) asumió como presidente del Concejo, en 1991, ella dio un paso al costado en lo referente a acciones que se vincularan con la política, y retomó la universidad.

Camila, en el Concejo Deliberante, durante un homenaje en 2023, a cuarenta años de la recuperación de la democracia, destinado a quienes integraron el Concejo Municipal tras los años de plomo, entre ellos, Carlos Solivérez, quien fue su marido y había fallecido en 2018.

Ya como licenciada en Letras, fue profesora de secundaria y bibliotecaria.

La conocí de grande, hace unos diez años. Yo brindaba un taller literario y ella llegó con Margarita, amiga con la que compartía gran parte de sus salidas, incluso viajes más allá de las fronteras.

Luego, cuando aquel curso finalizó, continué visitando a ese par de señoras, ávidas por disfrutar de la vida, con la literatura como eje de charlas extensas y lecturas diversas.

Ahora, Camila ya no está. Me enteré hace un rato. Falleció a la madrugada. Estaba internada desde hace unos días, pero me negaba a imaginar que este desenlace podría llegar.

La quiero mucho (eso sí tengo que ponerlo en presente, porque el amor no sabe de muertes).

Quizá debería decir que, para mí, en estos últimos tiempos, fue una especie de abuela, o incluso de madre. Pero me inclino por afirmar que se trató de una amiga. Una amiga inteligente con la que compartí muchísimas horas, entre café, poemas, novelas y cuentos.

Cuando atraviese cierta esquina del centro barilochense, será inevitable que piense en ella. Porque cada viernes la pasaba a buscar por su departamento y juntos caminábamos hasta la vuelta, a casa de su amiga, para compartir momentos de charlas donde, más allá de que en ocasiones los temas nos llevaban a la seriedad o a cierta melancolía, predominaban las risas.

En el trayecto, le preguntaba: “Camila, ¿cómo estuvo la semana?”. Y ella me comentaba las novedades (si había ido a la peluquería, qué le había dicho la nutricionista…).

Mientras hacíamos ese camino, despacio, a su ritmo, ella me tomaba del brazo.

Me va a costar pasar por esa esquina.

Simplemente, una mujer buena.

Descanse en paz.

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