INTIMIDAD
Cómo es por dentro la casa en la que falleció el Indio Solari
La muerte del Indio Solari este viernes volvió a poner la mirada sobre un lugar que siempre estuvo rodeado de misterio: su casa de Parque Leloir. El músico, que durante años eligió mantenerse lejos de la exposición cotidiana, pasó allí buena parte de su última etapa. Ese refugio privado, ubicado en Ituzaingó, fue también el sitio donde falleció a los 77 años.
La propiedad no responde a la idea de una casa abierta ni diseñada para mostrarse. Por el contrario, la vivienda del Indio Solari fue pensada como un espacio de resguardo, silencio y trabajo. Rodeada de árboles, plantas y zonas verdes, la construcción quedaba protegida de las miradas externas y reforzaba ese bajo perfil que el artista sostuvo incluso en sus años de mayor idolatría popular.
Uno de los rasgos más llamativos de la residencia era su sistema de seguridad. La casa, según trascendió, funcionaba casi como una fortaleza, con medidas tecnológicas avanzadas y un entorno natural que ayudaba a preservar la intimidad. Esa combinación entre naturaleza y protección marcaba la lógica del lugar: estar cerca de Buenos Aires, pero lo suficientemente apartado del ruido.
En la planta baja estaba uno de los espacios más importantes para Carlos Alberto Solari: su estudio Luzbola. Allí trabajaba sin necesidad de salir de su hogar, rodeado de sus equipos, sus ideas y el universo creativo que todavía mantenía activo. Más que un ambiente de la casa, ese sector era una extensión directa de su obra.
El estudio le permitía producir canciones, escribir y experimentar con música desde un ámbito completamente propio. En una figura tan esquiva a la exposición, ese detalle cobra otro valor: el Indio Solari no necesitaba un gran movimiento exterior para seguir conectado con lo que más lo definía. Su mundo artístico también estaba puertas adentro.
Fuera de la zona de trabajo, la propiedad contaba con un jardín amplio, piscina y quincho. Ese sector aparecía como el costado más doméstico de la casa, un espacio para reuniones íntimas y momentos cotidianos. También era el lugar donde el músico solía estar con sus perros ovejeros alemanes, parte de una rutina privada que contrastaba con la dimensión masiva de su figura pública.
Después de su muerte, esa casa dejó de ser solo un refugio personal para convertirse en un símbolo cargado de sentido para sus seguidores. Entre la seguridad, los árboles, Luzbola y los rincones familiares, la vivienda de Parque Leloir quedó asociada al último tramo de una vida marcada por la música, el misterio y una decisión constante: elegir siempre cuándo abrir la puerta y cuándo cerrarla.