El Cine Coliseo: historias que no se olvidan y el ritual de los domingos en Bariloche
Existen rincones en nuestra ciudad que, aunque hoy luzcan fachadas modernas o hayan sido reemplazados por el cemento del progreso, se niegan a desaparecer del mapa emocional de los barilochenses. Uno de esos lugares, quizás el más mágico de todos, fue el Cine Coliseo.
Ir al Coliseo no era un plan que se improvisaba; era el ritual sagrado de cada domingo. Un punto de encuentro donde la infancia encontraba su primer espacio de libertad, mientras los adultos hacían tiempo en el Sky Bar o en el Bar América, sabiendo que las distancias de aquel entonces no justificaban el regreso a casa entre funciones.
El ritual de la entrada y el sabor a Bazooka
La experiencia comenzaba en la vereda. Al llegar, la escala obligada era la boletería. Allí, detrás del vidrio, una parrilla de madera exhibía los rollos de entradas que marcaban el destino: naranja para la matiné y celeste para la función de la noche.
Mientras se esperaba la apertura de la sala, el kiosco se convertía en el centro del universo. Era el momento de los chicles Bazooka, con sus envoltorios que prometían tatuajes temporales y horóscopos de dudosa precisión, o de los paquetes de pastillitas de colores envueltas en figuras de animales, que nos enseñaban fauna mundial.
Los guardianes de la sala
El momento cumbre llegaba con la apertura del gran cortinado rojo. Allí aparecía Maier, una figura de autoridad y elegancia que, de traje y corbata, recibía y cortaba las entradas para depositar la mitad en una urna de madera.
Una vez adentro, en la penumbra que olía a cine de verdad, aparecía Jorge Young o Don Rocha. Con su linternas en mano, como un faro para los rezagados, guiaban a cada espectador a su asiento. Su tarea no era fácil: debía lidiar con los "pícaros" que intentaban ocupar mejores lugares que los asignados. José Isidro Aburto y otros tantos también cumplieron esa función de guardianes del silencio y el orden, con una paciencia infinita.
Del suspenso de Hitchcock a la música de Leo Dan
El Coliseo fue escenario de estrenos que quedaron grabados en la retina colectiva. Muchos recuerdan que la sala se inauguró con la obra maestra de Alfred Hitchcock, "Los Pájaros", con un hall de entrada decorado artesanalmente con aves de papel que daban el clima justo antes de que se apagasen las luces.
Otros recuerdos nos llevan a 1968, con el estreno de las películas de Leo Dan, que tenían un sabor especial para los locales al reconocer paisajes familiares, como los campos de Lago Gutiérrez, proyectados en la pantalla grande.
El refugio de la ilusión
Como bien citó el periodista y escritor barilochense Enrique Pfaab, “toda infancia necesita un cine. Un lugar donde la ilusión sale proyectada como un rayo desde un hueco en la pared del fondo. El Coliseo fue ese galpón de sueños, el lugar del primer beso robado en la fila 22 y de las tardes de lluvia compartidas entre hermanos”.
Hoy, gracias a la memoria activa en espacios como el grupo de Facebook "Barilochenses nacidos o criados de 1975 para atrás...", esas historias no mueren. El edificio físico puede haber cambiado, pero el eco de la linterna de Young y el sabor de aquel Bazooka siguen vivos en cada vecino que, al pasar por esa vereda, no puede evitar mirar hacia el edificio y sonreír.