AMARGAS HISTORIAS DE VIDA EN EL RIÑÓN DE PATAGONIA
En Línea Sur, emplearse en el baño de ovejas podía marcar la diferencia entre vivir o morir
Si se ve desde los estándares de 2026, está mal que una personita de apenas 13 años comience su vida laboral. Pero no hace tanto tiempo y no tan lejos de Bariloche, que un adolescente tan pequeño pudiera conchabarse en una estancia podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Al menos esa fue la experiencia de un reconocido poblador de Ingeniero Jacobacci que estaba pensando en suicidarse cuando tal vez sin saber el riesgo que corría, una relación le dijo que “se fuera ya a trabajar”. Afortunadamente, medio siglo más tarde pudo contar la historia.
“Cuando volví de ese viaje del cual vos fuiste el autor […] en la casa empecé a tener problemas, porque, aunque (como) ustedes, vos y toda la gente de allí, de la zona, sabían más o menos, yo era maltratado en la casa de mis tíos”, le contó Fidel Guarda a Carlos Hugo Temperini. El amargo testimonio está incluido en el libro autoría del segundo, que escribió cinco décadas después de desempeñarse como maestro rural en la escuela de El Chaiful, paraje típico de la Línea Sur rionegrina y muy característico de Patagonia. En tanto, Guarda fue uno los referentes del Consejo Asesor Indígena (CAI) durante muchos años y en la actualidad continúa con el activismo mapuche, de ahí que sea una persona muy referenciada en la zona.
“Sobre todo, mi tía Rosa me trataba mal, decía que yo era un inútil, que no iba a aprender nada, que no iba a servir en la vida. Era lo peor de la casa. Y cuando yo hago ese viaje, vi a otros chicos, los veía despiertos”, recordó Fidel, en relación con una salida escolar que propició el entonces maestro Temperini, quien había llegado al paraje proveniente de San Luis. El pequeño “paisano” -como se llamaba la gente mapuche entre sí por entonces- encontró que fuera de su lugar, había pares “con ideas, además bien educados y yo quería ser como esos chicos”, concluyó.
El contraste fue tan abrupto que motivó una decisión drástica: “cuando volví, llegué con la idea de no vivir más”, es decir, de quitarse la vida. “Esa era la realidad, de no vivir más así. Entonces, tenía un problema grave ya, porque había entrado en crisis psicológica. De modo que un día agarré, hice una carta en la que yo decía el motivo por el cual me iba a matar y ya tenía el lugar adonde me iba a colgar, porque no soportaba más esa forma de vida que me daban”, admitió Guarda.
Fitamiche en la actualidad.
Al tomar conciencia de la arbitrariedad, “me empecé a pelar con la Ñata, con mi hermana” y “con la Rosa”. La hostilidad fue y vino. “También la empecé a tratar mal a doña Rosa, la que era mi tía, porque ellos no me trataban bien. Yo decidí enfrentarlos, total ya no iba a vivir más”, razonó Fidel. “Entonces, cuando llegó Dolorindo Guarda del campo, a quien yo le decía mi viejo, ellos le contaron de mi proceder”. El verdadero padre de Guarda tenía serios problemas de alcoholismo. “La verdad es que él, (Dolorindo) in darse cuenta de nada, se enojó también y cuando me retó yo le contesté, lo que nunca había hecho antes”. Después del cruce “él me dijo que, si no quería estar más allí, que me fuera y que me fuera ya, y que iba a saber lo que era trabajar afuera y que iba a saber lo que era vivir”. El aparente reto fue un punto de inflexión.
“Mi caballo y mi tropilla”
En efecto, “me dijo que si me quería ir que me fuera y eso me salvó la vida porque yo inmediatamente agarré mis cositas, mi caballo y mi tropilla y me fui”, evocó Guarda. “Agarro la tropilla, era tarde ya, tipo 16 horas, mes de febrero de 1970, y me voy para el lado de los Benítez adonde estaba Mauricio Colinamón, que estaba con su familia (…) Le dije que me iba a volver a Llamaniyeu, lugar de donde me había venido, pero que en realidad yo quería trabajar. Y él me dijo: en la estancia Fita Miche comenzaron los trabajos de baño hoy, y capaz que en una de esas te dan trabajo. Pero yo todavía era un chico que tenía 13 años, pues yo cumplí los 14 en el año 1970 en julio”, precisó.
La cuestión es que “al otro día me fui a la estancia a pedir trabajo y bueno, cuando llegué ahí fui a la cocina de los peones (pero) no había nadie porque estaban juntando. La señora Matilde (…) mandó a otro chico, que era Casiano, (a quien) ellos estaban criando ahí, a preguntarme quién me había mandado y qué andaba buscando”. La mujer recibió sus palabras con incredulidad. “La señora dijo: pero si es un nene todavía, es un chico… Así que ella vino a hablar conmigo y le dije que sí, que andaba buscando trabajo porque yo no tenía adonde estar. Me dijo que esperara al mayordomo, que venía a la tarde”.
El panorama demoró en aclararse. “A la tarde llegó el mayordomo con las ovejas. Estaban efectivamente con el trabajo de baño” y “me dijo lo mismo, que era muy chico”. Inicialmente, Hernán Gómez, “marido de doña Matilde” y mayordomo de la estancia, no quiso saber nada y mandó a otro peón para que averiguara con Dolorindo Guarda si efectivamente Fidel estaba buscando emplearse. Como la respuesta fue afirmativa, “se armó una charla de doña Matilde con su marido, porque Hernán Gómez no me quería dejar porque yo era muy chico para trabajar”.
Fidel Guarda en tareas camperas unos siete años atrás.
Sin embargo, “ella hizo todo lo posible para que yo me quedara” y primó su criterio. “El primer trabajito que me dieron fue marcar las ovejas a la salida del baño, yo estaba encargado de la bañadera”, recordó Guarda para el libro. “No estaba acostumbrado a hacer otros trabajos más grandes”, así que “allí me ensucié mucho con pintura y con cosas del corral”. Pasó el tiempo, “terminaron los trabajos que duraban 8 o 10 días y pasó lo mismo. La señora Matilde me dijo que me cambiara”, pero “yo no me cambiaba porque no tenía ropa”.
Talle más grande
Lejos de desfallecer, “me dio ropa más grande que ellos tenían guardada allí y me vistió. Quedé (…) con ropa grande vestido, pero ropa buena, grande que no era para mí”. Tiempo más tarde, “esa señora vino a Jacobacci después (…) me sacó medidas con una cinta métrica, de esas que tenían para medir ropa, me midió la cintura, me midió los hombres, así que después vino para acá (Jacobacci) y me compró ropa a medida. Yo tengo muy buenos recuerdos de esa señora, doña Matilde de la Vega. Gracias a ella yo ahí me quedé y empecé a trabajar”. Vaya a saberse si la compañera del mayordomo supo alguna vez que, con su gesto, había salvado una vida.