EL PIBERÍO DE 60 AÑOS ATRÁS LOS USABA PARA RESGUARDAR ZAPATILLAS
La historia del maestro rural que descubrió tamangos de cuero de potro en la Línea Sur
Carlos Hugo Temperini apenas si superaba los 20 años cuando llegó al interior profundo de Río Negro para desempeñarse como maestro rural en la Escuela 197 de El Chaiful, un paraje que inclusive en la actualidad se muestra esquivo ante los buscadores de Internet. Transcurrían los últimos años de la década de 1960 y en la Argentina gobernaba una dictadura militar que ubicó en el sitial presidencial a Juan Carlos Onganía. En la provincia los gobernadores se sucedían con velocidad pasmosa, solo en 1969 hubo tres: Luis Lanari; Juan Figueroa Bunge y Roberto Requeijo.
En la Línea Sur, los acontecimientos tenían otro ritmo. Oriundo de la provincia de San Luis, el docente se extrañó ante cierta conducta de sus alumnos, quienes se demoraban unos momentos en el trayecto hacia el establecimiento antes de llegar y hacían otro tanto al retirarse. Casi 60 años después, pudo reconstruir en qué consistía esa extraña maniobra, al afrontar la escritura de un libro.
“Nosotros, cuando éramos alumnos, íbamos de tamango de cuero de potro. Los dejábamos en los montes y nos poníamos las alpargatas para llegar a la escuela. Para hacer los tamangos los sacábamos de cualquier parte del cuero del potro y lo cortábamos medio alargado, de modo que cubriera todo el pie. Después le hacíamos agujeros por donde pasábamos tientos que sacábamos del mismo cuero”.
Brindó la explicación Fidel Guarda, uno de los pibes que el maestro Carlos tuvo de alumno en aquel rincón poco apacible de la Patagonia. A mediados de los 80, Fidel participó del Consejo Asesor Indígena (CAI), la primera experiencia organizativa del pueblo mapuche en la provincia de Río Negro, de ahí que en Ingeniero Jacobacci y alrededores lo conozca todo el mundo. En 2025 se cumplieron 40 años de la irrupción de la organización en la agenda pública, unas de las secuelas de la apertura democrática.
Los autores del libro y Fidel Guarda, durante una reciente presentación.
“Otra de las formas era sacarlos de la parte de los garrones de los yeguarizos”, continúan las instrucciones de Guarda. De “donde se dobla el garrón y hace la forma de talón. Nosotros poníamos allí el talón y regulábamos la punta y hacíamos la bota. Ese era nuestro calzado” ilustró Fidel. Mientras así se calzaban lxs purretes camperos, una misión estadounidense tripulada llegó a la Luna, los Beatles lanzaron “Abbey Road” y antes que expirara 1969 se estrenó en televisión “Plaza Sésamo”.
Cuidar alpargatas
“Lo que pasa es que Carlos no los veía (a los tamangos), porque nosotros lo usábamos en la casa y hasta los montes. Nos los sacábamos antes de llegar a la escuela”, completa el relato que llegó al papel. “No siempre lo usábamos, pero cuando no teníamos nada para ponernos usábamos esto, porque en verano, por ejemplo, se seca mucho el cuero”. Para cuidar las alpargatas o zapatillas era que aquel puñado de incansables caminadores se detenía antes de llegar a la escuela o después de dejarla. Para la travesía que arrancaba a la madrugada, para sortear heladas y para el cansador retorno después de dos turnos, solo tamangos.
El docente que quiso saber qué fue de la vida de sus exalumnos tituló “Fidel Guarda. El hombre, la leyenda” (El Tabaquillo, 2023) al libro que finalmente publicó después de retornar a los sitios adonde había enseñado y entrevistar a varios de sus exalumnos, hoy gente veterana. En compañía de su compañera actual, Judith Bocco, le dio vida a un relato que más allá de su protagonista, viene bien para reconstruir cómo transcurría la vida en la Línea Sur unas seis décadas atrás.
No siempre el funcionamiento de la Escuela 197 fue plácido. “Comencé la escuela con el maestro Osvaldo Farardo, hasta que terminó el período de mayo de 1967”, evocó Guarda. “En septiembre, cuando se inician nuevamente las clases, vino otro maestro, el cual casi no daba clases y tuvo inconvenientes con la escuela. Los padres se reunieron, trataron el problema y resolvieron que tenía que ver un matrimonio”.
El Chaiful en el presente.
Con esa convicción, la comunidad educativa hizo llegar “un escrito a Educación en Jacobacci, en donde se pide que los maestros sean matrimonio”, precisamente. Fue así que llegaron “Stella Marina Tello y Carlos Hugo Temperini, ambos docentes”, dice la memoria de Guarda que el segundo bajó el papel. Por entonces “en el campo había chicos que iba a la Escuela montados de a tres en un caballo, por ejemplo, de la familia Cárdenas y a veces, los Huenul, los Neculqueo y los Levio”.
Por esos tiempos “no sentíamos las distancias. Salíamos a la madrugada para ir a la Escuela, es decir, de noche, varias horas antes de que saliera el Sol. Íbamos jugando, contentos porque nos dirigíamos a estudiar, a aprender, y también a jugar y a comer”, enfatiza el relato. “El ciclo escolar era de septiembre a mayo, pero debíamos superar muchos días de heladas, de frío intenso”, recordó el exalumno de El Chaiful.
Todoterreno
Para moderar los ruidos de las panzas, “nuestros maestros, Stella y Carlos tenían una cocina económica a leña, que utilizaban no solo para hacer el pan y la comida, sino también para calentarnos durante las largas jornadas de dos turnos: el de la mañana, que finalizaba con el almuerzo, y el de la tarde con la merienda”. Claro que “el problema era la leña, que escaseaba en Chaiful arriba”, destacó Fidel.
Para suplir la carencia “teníamos que recorrer largas distancias” y conseguir “raíces secas o palos para nuestros hogares y para la Escuela”, vale decir que los propios alumnos debían ocuparse del suministro de combustible. El relato no aclara si para esas caminatas adicionales la muchachada de la Escuela 197 se valía de sus preciadas zapatillas o de los tradicionales tamangos todoterreno.