El adiós al mostrador: Rolando Bobadilla y el sueño de conocer el país tras 45 años de trabajo
Uno de ellos es La Bombonera, que sigue con sus puertas abiertas en la esquina de Rolando y Santa Cruz desde hace 56 años. Uno de sus pilares fundamentales ha sido Rolando Bobadilla, quien ahora comienza una nueva etapa: su jubilación.
Rolando ingresó a trabajar el 26 de mayo de 1976. Su llegada al comercio fue casi por casualidad: su papá era amigo de Abel Alegría (el dueño) y un día que fue a comprar, Abel le pidió que le mandara a su hijo más grande porque necesitaba un ayudante.
Aunque era joven, Rolando ya tenía experiencia: había trabajado en una carpintería, en la Dulcería Suiza y un mes como cadete en la Gran Tienda Bariloche. En La Bombonera aprendió a cortar fiambre y a atender al público, pero como era "muy metido", aprendió a despostar carne con la ayuda de un compañero llamado Pereyra. Cuando el carnicero se fue, Rolando tomó el puesto, primero como reemplazo y luego de forma definitiva. Al principio le costó ganarse a los clientes; muchos decían "que no me atienda el nuevo", pero poco a poco se los fue ganando.
Cambios y desafíos laborales
Hubo momentos de mucha incertidumbre. Un día llegaron a trabajar y se encontraron con que Omar había convertido el local en un autoservicio de la noche a la mañana, sin avisarles. Eso le generó dudas sobre su seguridad laboral, ya que la atención personalizada parecía no ser tan indispensable. Incluso recuerda una anécdota con su padre, quien se enojó al verlo "parado" en la fiambrería sin mucho que hacer tras la desaparición del mostrador.
En un momento, uno de sus hermanos ganó el Prode y pusieron una casa de limpieza en la calle 9 de Julio. Rolando renunció a La Bombonera perdiendo su antigüedad para apostar al negocio familiar, pero como no dio resultado, volvió a pedirle trabajo a Abel, quien lo aceptó de regreso. Rolando no solo atendía: era fundamental en el local, arreglando caños o conexiones eléctricas cuando algo fallaba.
Su único amor: Cecilia
Siempre vivió en la zona de Palacios a metros de Diagonal Gutiérrez. Era como un conventillo, las casitas pegadas sin divisiones ni cercos, una familia al lado de la otra. “Un día llegó gente que hizo una casa inmensa de madera, ocuparon tanto terreno que incluso, nos sacaron varios metros del nuestro y pensé, tengo que recuperalos” dijo bromeando.
Una de las integrantes de esos nuevos vecinos era Cecilia Ulloa. “Ella tenía 10 años y yo 14, jugábamos como amiguitos, pero a mí siempre me gustó” dijo Rolando.
“Una tarde fui a buscar a Roberto, su hermano que era mi amigo y armándome de mucho coraje y le di un beso en la mejilla” dijo. Ese beso lo vio desde una ventana la hermana mayor de Cecilia “mi suegra ya sabía que había onda, me autorizó a salir con ella pero el problema era su papá”.
Así que nuevamente se armó de valor y una tarde que estaba picando leña salió de su casa y lo encaró. “Yo tenía 20 años ya, le dije que me gustaba su hija y su respuesta fue que si va a ser con respeto y cumpliendo horarios no había problema”.
Iban a las matinés del cine Bariloche o Coliseo “después me empezó a poner trabas, el día anterior decía que sí pero llegado el momento, no la dejaban”.
Casa propia
Cansados de idas y vueltas, pensaban una solución pero no la encontraban. “Un día fue al negocio una señora, como le gustaba mi letra me pidió que le hiciera un cartel ofreciendo a la venta una casa de madera”. Eso le quedó dando vueltas y utilizando todos sus ahorros, logró comprarla. Ya tenía casa ahora faltaba otro paso importante, pedir la mano de Cecilia.
Pasaron casi dos años hasta que fue acondicionando la vivienda. “No era fácil para mí porque a nivel económico seguía aportando para mi familia, pero hubo una situación de violencia en su casa que no me dio tiempo a pensar nada más, volvimos tarde del boxeo y su papá la golpeó”.
Ese fue el detonante “Me prometí que nunca más la iban a agredir, al mes le pedí casamiento, ella había ido comprando ropa blanca y otras cosas, yo había pagado mesa, silla y lo esencial ya estaba, la cama” dijo bromeando.
Se casaron cuando ella tenía 19 y él 24. Formaron una familia con tres hijos: Gustavo (41), Marquitos (38) y Denis (34). Hoy la familia creció con sus nietos: Emanuel, Olivia, Luz y Eva.
La jubilación y el futuro
La pandemia y un diagnóstico de diabetes aceleraron su deseo de descansar. Aunque tenía los aportes, le faltaba la edad, hasta que finalmente llegó la noticia de su jubilación.
Ahora, Rolando planea dedicar su tiempo a la carpintería y cumplir un viejo anhelo: viajarcon su compañera al Norte argentino, ya que por una vida de tanto trabajo nunca pudo conocer el país. Es el cierre de una etapa para un vecino barilochense que, con esfuerzo y dedicación, le dio todo a su familia desde atrás de un mostrador.