Virgen de las Nieves: los peregrinos, la esencia de una jornada de devoción
El poeta Horacio Ferrer, que ganó la inmortalidad en el arte a partir de haber escrito la letra de Balada para un loco (la música la delineó un tal Astor Piazzolla), abrevó en el caminar de los que tienen Fe (la que se escribe con mayúscula) para escribir Los peregrinos, texto musicalizado por Jairo. “Si Jesús caminaba sobre las aguas/ yo, su siervo, camino sobre mis llagas”, reza la letra, que luego dice: “Paso a paso cantamos por los caminos,/ con las penas al hombro, los peregrinos”.
“Peregrinar refleja el caminar de nuestra vida”, decía el obispo Juan Carlos Ares, tras culminar la misa que realizó al mediodía junto a la gruta de la Virgen de las Nieves, a metros de la intersección de la Ruta Provincial 82 con el camino al Cerro Catedral.
“Cuando una peregrinación tiene como punto de llegada un lugar sagrado expresa que la vida que continúa nos trasciende; es decir, es un reflejo de que lo que hacés acá querés que trascienda a tus hijos, a tus nietos, a la humanidad, a la vida eterna”, definió el religioso.
La misa se ofició al amparo de una carpa.
Minutos antes, el obispo había oficiado una ceremonia religiosa ante miles de personas que llegaron desde puntos diversos de la ciudad. Aquellos que lo hicieron como parte de las columnas partieron temprano desde la parroquia San Francisco, en el barrio Ñireco; o desde el Alto, si comenzaron el andar en la iglesia Medalla Milagrosa; o bien desde el kilómetro 23 de la avenida Bustillo.
También estuvieron aquellos que optaron por ir directamente desde sus casas, en solitario o con sus familias, en diversos horarios. Incluso hubo quienes caminaron hasta la gruta, como proceso de sanación interno, sin aguardar la celebración de la misa, sino que arribaron y retornaron a sus hogares, como si el peregrinar mismo fuera la ruta de una sanación vivencial anhelada, o una especie de promesa por cumplir.
Esencia peregrina.
Entre los que sí se quedaron a ser parte de la celebración católica, hubo muchos que llevaron sus propias sillas (plegables, banquitos, reposeras…), como para garantizarse un espacio de comodidad tras tanto caminar.
Durante el acto religioso, se vieron diversas expresiones que fueron una muestra de los sentimientos que envuelven a los creyentes. Se apreciaba a gente de distintas edades entornar los ojos, concentrándose en los versos que cantaban. Cuando llegó el momento del saludo de la paz, con mínimos movimientos, esa masa humana deparó mensajes de amor en un todo orgánico. Por otra parte, durante la consagración, instante sagrado en que, para los fieles, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo, muchos no dudaron en arrodillarse, como se suele hacer en las iglesias, en señal de reverencia ante el milagro de la transubstanciación, por más que, en este caso, no estuvieran los bancos habituales de madera con un espacio reservado a esa acción, y el piso tampoco fuera una losa cálida, sino tierra y piedras. No importaba la incomodidad; era el latir de la Fe lo que los guiaba.
Una multitud, en el marco de un día soleado donde la devoción se hizo presente.
Otra escena cautivante estuvo dada por la cola para subir los peldaños hacia donde se ubica la imagen de la Virgen, en la gruta. Raramente, los fieles que aguardaban bajaban de los ciento cincuenta. Era como un esfuerzo extra: tras una caminata extensa (los presentes, en su mayoría, dependiendo el punto de salida, recorrieron varios kilómetros; algunos llegaron a andar más de veinte), los escalones eran tomados como parte de una escalera al cielo; o sea, se obsequiaba a la Virgen el resto de energía como manera de demostrar un amor supremo.
Las velas iluminando el sentimiento popular.
Aparte del marco devocional, el panorama ofrecía una gran cantidad de vendedores de cosas diversas, esparcidos por las cercanías. Estaban los que apuntaban al sentido religioso de la jornada, con flores y velas para colocar a los pies de la Virgen, o bien para recordar a los seres queridos que ya no están (cabe evocar que el 2 de noviembre es el Día de los Fieles Difuntos), además de rosarios económicos (los había desde tres mil pesos) para acompañar los rezos a la Santa Madre. Pero también se encontraban quienes ofrecían cosas que iban más allá de lo vinculado a la Fe. En realidad, en ese caso, la fe estaba depositada en que la Virgen los ayudara a vender sus productos, desde cuchillos a pins para crocs, incluyendo en medio un abanico donde prevalecían los artículos de indumentaria. Asimismo, se hallaba la oferta gastronómica, amplia en su diversidad (desde tortas fritas a sándwiches, pasando por pizza y hamburguesas).
La figura de la Virgen, en la gruta.
Y, más allá del sentir con que se vivió la misa y las características que rodearon el perfil que completaba al paisaje, se destacaron los peregrinos, la esencia de la jornada. Algunos improvisando bastones con ramas gruesas, a modo de apoyo para el trayecto; otros caminando en grupos; muchos, en familia; algunos que optaron por transitar el camino a solas…
Caminando, guiados por la Fe.
Si bien un acontecimiento de tal tipo supera estrictamente lo religioso, porque se transforma en cultural, y así es habitual que se sumen incluso personas no necesariamente católicas, en su mayoría, quienes transitan el sendero hacia la Virgen son dueños de un convencimiento devocional, guiados por un haz de luz particular, refulgencia que perciben los que creen. “El final del camino ¡qué buen misterio!/ Y es que nunca está afuera porque está adentro”, escribió Horacio Ferrer en el ya citado poema Los peregrinos. En definitiva, de eso se trata, de la esencia que resplandece en el interior de los peregrinos y se exterioriza en un acto común, un suceso popular donde la Virgen de las Nieves es depositaria de un amor que trasciende lo terrenal.
Andar de peregrinos.