APARECIÓ EN UN MOMENTO CRUCIAL DE LA HISTORIA
¿Qué hizo el cardenal Samoré para merecer que el paso internacional lleve su nombre?
No sólo a fines del siglo XIX y comienzos del XX hubo fuertes tensiones bélicas entre la Argentina y Chile. A casi 100 años del tratado que los dos países habían celebrado en 1881 para acordar por dónde pasaría la frontera, todavía existían cuestiones que estaban pendientes de resolución y periódicamente, volvían a retumbar tambores de guerra. Sobre todo, si en La Moneda o en La Casa Rosada campeaban dictaduras.
Si se ve desde 2025 parece la trama de una película de guion poco convincente, pero en los últimos meses de 1978 una guerra estuvo a punto de estallar a los dos lados de la paciente cordillera. Nadia recordaba el Abrazo de Maipú, aquel encuentro entre San Martín y O'Higgins que, al finalizar la batalla de patriotas versus realistas, pareció sellar hermandad entre dos nuevos países que todavía no terminaban de nacer.
No hacía tanto que había transcurrido el Mundial y todavía estaba fresco en el recuerdo la imagen de Daniel Pasarella, cuando levantó la copa en el Monumental del barrio de Núñez, pero de la mano de las dos dictaduras, ambos ejércitos se medían y amagaban, montañas y bosques de por medio en el noroeste de la Patagonia. Hubo varios meses en que Bariloche pareció una ciudad ocupada, de tanto que se acentuó la presencia militar.
Se trata de historia reciente que muchas y muchos de los lectores recordarán, sin que haga falta ejercitar tanto la memoria. Además, en 2018 se cumplió un aniversario redondo de la tensión y hasta una obra teatral de elenco binacional celebró que la sangre no llegara a ningún río. Pero para las generaciones más jóvenes, quizás haga falta explicar la trascendencia que, súbitamente, adquirió un sacerdote que quedó en la historia: el cardenal Antonio Samoré.
Cuando argentinos y chilenos se familiarizaron con su estampa televisión en blanco y negro mediante, ya contaba con 73 años. Italiano, recibió la designación de cardenal presbítero en 1967 y, ese mismo año, fue elegido presidente de la Comisión Pontificia para América Latina, de manera que no desconocía la realidad en la que tuvo que intervenir directamente, 11 años más tarde. Desde 1974, fue cardenal obispo y nada hacía prever que tuviera que desempeñar rol político tan trascendente.
¿Cuántos colimbas le debieron indirectamente la vida? En octubre de 1978 asumió como papa Juan Pablo II. Al mismo tiempo, con la excusa del diferendo por el canal de Beagle y las célebres islas, Picton, Lennox y Nueva, las dos dictaduras empujaban a sus respectivos pueblos a las armas. En un contexto de creciente agresividad, Samoré fue designado como representante papal especial ante la Argentina y Chile para procurar una resolución pacífica del conflicto limítrofe.
“Mear champán”
Antes de su entrada en escena, en uno y otro bando castrense se derrochaba fanfarronería. El tristemente célebre Luciano Benjamín Menéndez, general de división y comandante del III Cuerpo de Ejército, dijo en aquella coyuntura fatídica: “Si nos dejan atacar a los chilotes, los corremos hasta la isla de Pascua, el brindis de fin de año lo haremos en el Palacio La Moneda y después iremos a mear el champán en el Pacífico”. El autor de la bravuconada recibió varias condenas a reclusión perpetua por los crímenes que cometió durante el Terrorismo de Estado.
Mientras circulaban esas declaraciones, Gendarmería Nacionales cerró la frontera y tampoco se permitió el tránsito de mercaderías brasileñas hacia el país vecino. Del lado chileno el clima era similar. El dictador Pinochet admitió, años más tarde: “Llegamos al borde de la navaja. No fuimos a la guerra, pero si hubiéramos entrado en ella nos habríamos empeñado con todos los medios y a lo mejor no nos habría ido tan mal. Me habrían levantado una estatua, que es a lo que aspira todo militar”.
El cardenal que evitó la guerra.
Fue ante hombres de esas calidades morales que Samoré comenzó su trabajo el 24 de diciembre de 1978. Por entonces, declaró: “Veo una lucecita de esperanza al final del túnel”. Su mediación en nombre de Juan Pablo II evitó la guerra inminente entre los dos países, que finalmente, se encaminaron hacia la firma del Tratado de Paz y Amistad de 1984, es decir, cuando del lado argentino ya se había recuperado la democracia. El sacerdote no pudo atestiguar la consecuencia más importante de su tarea, porque había fallecido el 3 de febrero de 1983.
Varios años después se decidió que el paso cordillerano que antes se conocía como Puyehue o Rincón llevara su nombre. Seguramente, se conocía por los antiguos moradores de estos territorios desde hacía mucho, pero para los relatos más habituales se “descubrió” a fines del siglo XIX, precisamente, cuando las Subcomisiones de Límites trataban de establecer hasta dónde llegaba una jurisdicción nacional y dónde empezaba otra. En 2025, el Paso Cardenal Samoré relaciona estrechamente a dos pueblos que nunca debieron necesitar las buenas gestiones del sacerdote.