DISPUSO LA QUEMA DE 230.000 HECTÁREAS
Parque nacional chileno homenajea a un gran incendiario
Apenas superada la mitad del siglo XIX se produjo un incendio intencional del otro lado de la cordillera y dada su magnitud, no sería muy extraño que la humareda se advirtiera desde las orillas del Nahuel Huapi. Pero más allá de su considerable superficie llama poderosamente la atención que un parque nacional chileno muy cercano a Bariloche lleve el nombre de quien fuera el autor intelectual de tamaño estropicio.
En efecto, “durante el verano de 1851 un incendio intencional en la región austral de Sudamérica destruyó más de 230.000 hectáreas de una de las selvas más extraordinarias que existe en nuestro planeta”, dice en un trabajo de su autoría Alejandro Dezzotti, quien se desempeña en la sede San Martín de los Andes de la Universidad Nacional del Comahue. “Este acontecimiento representó la primera gran catástrofe socioambiental documentada por sus protagonistas en esta región”.
Es que fue el propio perpetrador quien testimonió el origen del desastre. “El 12 de febrero de 1850 Vicente Pérez Rosales llega al puerto de Corral. Era el agente colonizador del Estado a cargo de la entrega de tierras para el asentamiento de colonos alemanes en el centro y sur de Chile”, contextualiza el aporte de Dezzotti. Según sus palabras, el funcionario encontró “ausencia de aterradoras enfermedades, así como de indígenas hostiles y dañadoras fieras” y ponderó el “territorio extenso y baldío”, además de “suelos arables” y “abundancia de materias primas fabriles e industriales”, junto con “bosques inagotables”.
Según la reconstrucción del investigador, “a través de la colonización, el gobierno buscaba promover el desarrollo agrícola y ganadero de las áreas fértiles que se encontraban al sur del río Toltén y el bosque se interpretaba como un impedimento para ello. A medida que la colonización se desarrollaba, las tierras cultivables accesibles y de tamaño apropiado se hacían cada vez más escasas debido al aumento de la inmigración, el reclamo de tenencia de tierras por parte de los pobladores locales y la especulación inmobiliaria”.
Vicente Pérez Rosales. Imagen: Memoria Chilena.
El relato de Pérez Rosales confía que, con la compañía de baqueanos, salió a recorrer “las sendas más tortuosas y llenas de sartenejas que es posible imaginar, y siempre a la sombra de la tupidísima (sic) selva que separa el valle de la costa”. Luego de esa expedición, decidió que la única solución para acceder a terrenos aptos “era prender fuego para despejar”, asegura la investigación del especialista.
El corazón de la selva
El agente de colonización, que además de viajero empedernido también fue diplomático y actuó en política, escribió: “Informes maduramente recogidos me convencieron de que solo podía encontrar lo que deseaba en el corazón mismo de la inmensa y virgen selva, que, extendiéndose desde Ranco, cubría la extensa base de los Andes hasta sumir sus raíces en las salobres aguas del seno de Reloncaví” (El Cordillerano modifica la ortografía del original para facilitar la lectura).
Entonces, ordenó el incendio del bosque. ““Acompañábame (sic) un tal Juanillo o Pichi-Juan, indígena borrachón tan conocido como practico de las más ocultas sendas de los bosques, y genealogista además para atestiguar a quién de sus antepasados pertenecían los terrenos que solían adquirir a hurto los valdivianos”, describió Pérez Rosales. “En mi tránsito ofrecí a Pichi-Juan treinta pagas, que eran entonces treinta pesos fuertes, porque incendiase los bosques que mediaban entre Chanchan y la cordillera, y me volví a Valdivia”. Hoy se diría que, a confesión de parte, relevo de prueba.
Como consecuencia de esa determinación, “durante el verano de 1851 y a lo largo de tres meses, una enorme superficie de bosque valdiviano localizado entre Osorno y el lago Llanquihue, fue destruida por ese incendio”, estableció por su parte Dezzotti. El funcionario calculó las proporciones del área que ordenó devastar: “La anchura media de los campos incendiados podíase (sic) calcular en cinco leguas su fondo en quince. Todo el territorio incendiado era plano y de la mejor calidad”, justificó.
“El fuego que continuó por largo tiempo la devastación de aquellas intransitables espesuras, había respetado caprichosamente algunos luquetes del bosque, que parecía que la mano divina hubiese intencionalmente reservado para que el colono tuviese, a más de suelo limpio y despejado, la madera necesaria para los trabajos y para las necesidades de la vida”, interpretó el incendiario.
Para que tengamos una idea, el investigador de San Martín de los Andes estableció que “el incendio de Chanchan abarcó más de 230.000 hectáreas, una superficie equivalente a la de Luxemburgo y al 6,5 por ciento del Parque Nacional Bernardo O´Higgins, la reserva natural más extensa de Chile”. Además, “la selva de Chanchan formaba parte de los bosques subantárticos valdivianos que se desarrollan sobre los faldeos del centro y sur de la cordillera de los Andes en la Argentina y Chile, donde ocurre un clima templado muy húmedo”.
Muchas vidas
Antes de las supuestas necesidades de la colonización, “estaba formada por una mezcla de árboles latifoliados (coihue, raulí, roble de Chiloé, roble pellín, ulmo, olivillo, lingue, tepú, luma, canelo, notro, arrayán, tineo, palo santo, tepa, sauco del diablo) y coníferas (pehuén, alerce, mañío macho y hembra, ciprés de la cordillera, ciprés de las Guaitecas)”, describe el análisis. Pero la vida no se limitaba a los árboles.
“En ese bosque existía además una enorme variedad de microorganismos, hierbas, arbustos, lianas, epífitas y pequeños y grandes animales, que interactuaban en un ecosistema extraordinariamente complejo y diverso que existía desde hace más de 80 millones de años”, señala la contribución de Dezzotti. “Esta biota tenía una relación muy estrecha con la actual y extinta de otras regiones muy distantes, particularmente la de Australia, Nueva Zelanda y Antártida, como consecuencia de las conexiones terrestres que existieron en el pasado geológico”.
La selva de Chanchan se extendía desde el sur de Osorno al lago Llanquihue.
No es que los habitantes originarios de esos espacios no se valieran del fuego para obtener lugares que se pudieran sembrar, pero “la llegada de una gran cantidad de nuevos colonos europeos a partir de 1850 significó el comienzo de la deforestación, fragmentación y degradación del bosque valdiviano a gran escala, a través de un proceso que continua hasta el presente y en el cual el fuego ha sido un factor decisivo”, enmarca el trabajo.
Es que “en el s. XVI el bosque de esta región ocupaba más de 11,3 millones de hectáreas, mientras que, en la actualidad, la superficie es 5,8 millones de hectáreas. Esto representa un nivel de deforestación mayor al 49 por ciento a lo largo de 460 años”. Claro que no se trata de un problema exclusivamente chileno: “en los bosques subantárticos de la Patagonia argentina, durante la colonización europea de 1880 a 1930 se despejaron tierras para expandir el pastizal y la ganadería, y permitir la agricultura y el acceso a especies maderables”.
Ya en 1916 otro investigador, Max Rothkugel, “estimó que el área forestal incendiada durante este periodo comprendió aproximadamente 700.000 hectáreas”, casi tres veces más que el incendio de Chanchan, de manera que no hay margen para xenofobia ambiental alguna. Pero sí resulta inexplicable que el parque nacional más antiguo de Chile se llame Vicente Pérez Rosales.