UNA LEYENDA PATAGÓNICA QUE SE EXTENDIÓ DURANTE TRES SIGLOS
Mapa ubicó a la Ciudad de los Césares cerca del Nahuel Huapi
Durante siglos se tuvo como válida en la Patagonia una leyenda que hablaba de una ciudad extremadamente rica a la que poblaban hombres blancos. Como desde la fugaz permanencia de Hernando de Magallanes y sus subordinados (1520) hasta fechas relativamente tardías la región estuvo fuera del dominio español, el mito no hizo más que acrecentarse. Incluso, motivó que se organizaran expediciones en su búsqueda y hasta hubo quienes la describieron con lujo de detalles.
A pesar de que, a ciencia cierta, nunca nadie vio ni a la ciudad ni a sus enigmáticos habitantes, nótense las precisiones que siguen: “Tenían murallas con fosos, revellines (obra exterior que cubre a un fuerte) y una sola entrada protegida por un puente levadizo y artillería. Sus edificios eran suntuosos, casi todos de piedra labrada, y bien techados al modo de España”. La descripción puede leerse en la colección en el “Discurso preliminar a las noticias y derroteros de la ciudad de los Césares”, que integra el tomo II de la colección Pedro de Ángelis (Editorial Plus Ultra, 1969).
El mismo cronista, cuyo nombre no llegó a nuestros días, añadió que “nada igualaba la magnificencia de sus templos, cubiertos de plata maciza y de ese mismo metal eran las ollas, cuchillos y hasta las rejas de arado. Para formarse una idea de sus riquezas, baste saber que los habitantes se sentaban en sus casas con asientos de oro. Eran blancos, rubios con ojos azules y de barba cerrada. Hablaban un idioma ininteligible a los españoles y a los indios; pero las marcas de que se servían para herrar su ganado era como las de España, y sus rodeos considerables”. De dónde sacó el autor tales informaciones, es un misterio.
Dos décadas después de Magallanes, llegó al extremo sur de la región otra pequeña flota “conocida comúnmente como la expedición del obispo de Placencia”, porque era quien la había financiado. “Esta expedición sufrió un duro contraste en aguas del estrecho de Magallanes, pues la nave capitana naufragó y sus tripulantes, salvados casi en su totalidad, debieron buscar refugio en las costas de Tierra del Fuego”, escribió en este caso, Andrés Carretero, prologuista y comentarista de la recopilación.
“Nada se supo de éstos ni de los anteriores náufragos, pues ni la expedición despachada por (Pedro de) Valdivia, ni la encabezada por Juan Ladrillero, como (también por) Francisco Drake, supieron dar cuenta ni noticia de ellos en sus correrías por la zona del estrecho”, ausencia que no hizo más que alimentar la leyenda. “Se los suponía viviendo casados con indias en una ciudad de fantasía que habían levantado”, reprodujo Carretero.
Toponimia barilochense
En nuestros días y en el área cercana a Bariloche, existen un arroyo, una laguna y una cascada cuya denominación se vincula con la tradición mítica: los Césares. El primero en consignar la existencia de la laguna fue Emilio Frey en la temporada 1900-1901 de la séptima Subcomisión de Límites, pero se abstuvo de ponerle nombre. Subsanó el déficit tiempo después Christofredo Jakob, que llamó al conjunto Huemul.
La laguna que con su nombre prolonga la leyenda.
Sin embargo, cuando Parques Nacionales se consagró a otorgar nombres y revisar los ya existentes, observó que ya estaba vigente esa denominación para la península de la costa neuquina del gran lago, entonces, a sugerencia de Eduardo Moreno, hijo de Francisco Pascacio, impuso el de Césares. “Este nombre alude a la leyenda de los Césares, verdadero mito como el de El Dorado y la leyenda del Amazonas”, consideró Juan Martín Biedma, para su “Toponimia del Parque Nacional Nahuel Huapi” (Editorial Caleuche, 2004).
Por su parte, el investigador trajo a colación en su obra una cita de una antigua crónica jesuita, para la cual el relato “fue después por muchos años la inquietud del vulgo de los soldados y aun de los que no debían serlo, con el nombre de Trapalada o de los Césares” y “fue polilla que consumió buenos caudales sin ningún fruto”. Hasta el mismísimo Nicolás Mascardi se aventuró desde aquí hacia el sur con el ánimo de encontrarla.
En efecto, “en busca de esta ciudad fantástica, producto de la imaginación y la exaltación de la época y que todos describían aun con lujo de detalles y nadie podía alcanzar, se realizaron expediciones a los puntos más inaccesibles de la cordillera. Se la ubicaba sobre los Andes o sobre la costa atlántica. Una de las ubicaciones era la región del Nahuel Huapi”, comentó Biedma en su trabajo.
Por ejemplo, Martín de Moussy, en su atlas de 1863, ubicó “una ciudad fabulosa de los Césares” en un lugar próximo al lago. Nótese la fecha: dos años después de la batalla de Pavón, con Bartolomé Mitre en la presidencia de la Argentina y cuando Puerto Montt ya tenía 10 años de existencia. Para Biedma, el asunto había comenzado a mediados del siglo XVI, cuando empezó a difundirse que en “una comarca de la Patagonia existía una ciudad fantástica donde era tal la abundancia de metales preciosos que hasta los utensilios más corrientes con ellos se fabricaban”, como vimos más arriba de fuente directa.
Encantada o de Los Césares
En el ideario español se llamó a la fantástica urbe Ciudad Encantada, Lin Lin, Trapalanda, Lo de César o Los Césares, pero prevaleció la última denominación. “Se ha tratado de explicar el origen de este nombre en el viaje del capitán Francisco César, venido con Sebastián Gaboto”, pero es muy difícil que el hispano haya llegado a latitudes sureñas. Otra explicación alude a náufragos del estrecho de Magallanes, durante el reinado del “invicto César Carlos V” y de ahí, el nombre de Césares, según consideró el autor de “Toponimia…”
La leyenda gozó de tan buena salud que hacia 1780, es decir, cuando faltaban tres décadas de la Revolución de Mayo y ya se había fundado el fuerte que dio origen a Carmen de Patagones, aún se seguía buscando a la fabulosa Ciudad de los Césares. Por qué el hijo de Francisco Moreno quiso dar una sobrevida a relato tan fabuloso con los nombres que sugirió, es una incógnita que Biedma no devela. Por aquí nunca anduvo césar alguno.