LA “ORDEN DEL CIERVO” O “COLGAR EL TARRO”
La infidelidad era moneda corriente en Bariloche
Una vez que el área del Nahuel Huapi se incorporó a la Argentina, en el Bariloche de los comienzos las cosas eran al revés que en Estonia: había muchos más hombres que mujeres. En los últimos días trascendió que en el país báltico la relación entre unos y otras está en desequilibrio, a tal punto que cada 100 de ellos hay 116 de ellas. No sabemos cuál era la proporción por aquí 120 años atrás, pero la diferencia motivó algunas prácticas que vistas desde hoy pueden parecer jocosas, aunque otras, serían condenables.
“En San Carlos las mujeres son escasas, como en toda la Patagonia”, corroboró Manuel Porcel de Peralta en “Biografía del Nahuel Huapi” (Marymar, 1969). Y esa escasez era problemática porque “los hombres venidos de otros pagos con intenciones de afincarse, luego de largos períodos de abstinencia, sufren las urgencias del instinto”. Para colmo, “no tendrán, para disimularlas, actividades espirituales de ninguna índole. No son músicos, ni poetas, ni pintores, ni literatos. Son simplemente hombres”, sentenció el autor en su escrito.
Hasta se instituyó popularmente una suerte de patología. “Cuando este problema insoluble les obsede, padecen de lo que se llama el mal de la Patagonia (itálica o cursiva en el original). En otras palabras, sufren la falta de mujeres”. Como consecuencia, “algunos se tornan viciosos, otros melancólicos, impotentes. Pero, como es lógico, no se entregan fácilmente a la desesperación. Antes tratarán de quitarle la mujer a algún vecino o de conseguirse una india, moza y linda, si es posible”, anotó Porcel de Peralta.
Más allá de la cuestión de la fidelidad, como ya ventilara El Cordillerano en otra ocasión no faltó quienes pusieran en marcha un circuito comercial de dudosa solvencia. “Existen mercaderes filántropos que provenientes de Chile, a veces traen mujeres dispuestas a quedarse. Las cambian por una yegua, por un poncho de Castilla o por dos quillangos. La cotización es mayor cuando la hembra es joven y de familia. Estos casamenteros no son menos ni más escrupulosas que los que andan traficando por otras tierras”, disculpó el escritor.
El texto no hace referencia a si las involucradas llegaban a estas playas con su consentimiento o por otras vías. Según la irónica descripción del biógrafo, “la moral no es muy sólida en el San Carlos de entonces” y ante esa falta de solidez, “las mujeres no tienen por qué tener menos agallas que los hombres. Cuando se cansan del marido lo cambian por otro. A veces cambia de domicilio o va donde el hombre. Otras, es el marido el que tiene que irse”.
Jauja en la Patagonia
A unos 1.700 kilómetros de distancia, “aquí no se extraña la Ley de Divorcio de que hablan algunos socialistas europeizantes de la capital”, bromea el texto. La referencia permite ubicar temporalmente el relato. Si bien hubo un antecedente que no prosperó en 1888, el debate sobre una legislación que permitiera romper el vínculo conyugal se reinstaló entre 1901 y 1902, precisamente a instancias del Partido Socialista. Como se sabe, en mayo del segundo año se reconoció la existencia formal de Bariloche.
Mujeres en Buenos Aires, alrededor de 1900.
“Aquí el amor se manifiesta con hechos claros. En este sentido San Carlos es jauja”, insistió Porcel de Peralta con su tono burlón. Mucho antes de darle nombre a una tradicional heladería y a un restaurante, “El país de Jauja” se llamó una obra de Pieter Brueghel el Viejo, que alude a la glotonería o más bien, al descontrol ante los vicios. Es muy probable que el escritor se refiriera a esa laxitud como parangón.
Es que en el Bariloche de unos 120 años atrás, “hay mujeres que no toman maridos, manejan hombres; y cada año tienen un hijo de distinto padre, y de un solo apellido: el de la madre”. No obstante, “pronto vendrá el adecentamiento de las costumbres que evolucionan rápidamente en tales días. Hay mujeres que no necesitarán cambiar las relaciones aparentes. Será el momento en que los maridos son condecorados con la orden del ciervo, o si son chilenos les cuelgan el tarro”.
El autor escribió entre comillas las dos frases hirientes, aunque sostuvo que, en aquel momento, “nadie se escandaliza por esto. Los hombres que no conocen nunca su situación irregular creen cornudos a los otros”. A pesar de tanta lascivia supuestamente justificada por el número inferior de mujeres, “no todo es irregular en las relaciones conyugales”, rescató Porcel de Peralta. “Hay matrimonios constituidos como Dios manda, respetuosos y respetados, pero son los menos, muy pocos”.
Además, al tiempo hubo chances de hacer una suerte de borrón y cuenta nueva, porque “un día llegará el Padre Milanesio, y en una sola tanda, santificará la situación de muchas parejas que, en una sola sesión se confiesan, comulgan, confirman y hacen bendecir sus nupcias”. Para no perder tiempo, “la ceremonia adquiere mayor proyección porque en el mismo acto sus hijos son bautizados, comulgados y confirmados”.
Si damos crédito al relato, pareciera cierto aquello de que nadie se escandalizaba. “Hay padrinos y ahijados para todos los gustos; se puede elegir. Y he aquí que, desde este momento, todos los hijos de una sola madre: morochos, cobrizos o rubios, tendrán un solo apellido: el del padre”. En síntesis y quizá de ahí en más, “las costumbres se adecentan a ojos vista”, concluyó el narrador.
Por su parte, “el misionero, satisfecho, ve como domingo a domingo aumenta el número de fieles, especialmente del sexo femenino; pues los hombres casi siempre prefieren el boliche, la taba, las carreras, los dados. De cuando en cuando una señalada, la esquila o un arreo, servirán de pretexto para faltar al cumplimiento de la devoción dominical”, cuestiona el relato. El mal de la Patagonia buscaba otros remedios. Como la Estonia del siglo XXI, pero al revés.