HABLA EL HOMBRE QUE TUVO LA CONCESIÓN DURANTE LOS NOVENTA
Isla Huemul: atentados a embarcaciones, amenazas de muerte y más…
A partir de la intención del intendente Walter Cortés de poner en valor a la isla Huemul, para que pueda volver a ser visitada, muchos recordaron los tiempos en que estuvo concesionada, durante la década del noventa.
De esa forma, hubo quienes evocaron a Fabio Balest, el hombre que estuvo a cargo del lugar.
El propio jefe comunal se refirió a él, indicando: “Puso bien a la isla, con señalización, y cuando se le hundió un barco nadie fue a ayudarlo; eso está mal”.

Hombre y naturaleza.
“Nadie en Bariloche sabe de la isla como yo”, dice el propio Balest, desde Villa General Belgrano, Córdoba, sitio en el que reside y donde lleva adelante una empresa denominada Hongos y Funghi, dedicada, justamente, a la comercialización de hongos.
“La manejé casi nueve años”, apunta, al hablar de Huemul, y rememora: “Existe un punto que, en determinada época del año, se llena de colibríes”.

La isla permanece como un sitio a desarrollar.
Balest nació en Entre Ríos, se crió en Mendoza y permaneció por algo más de treinta y cinco años en Bariloche, ciudad a la que llegó con dieciséis (ahora tiene setenta y cinco).
Así, cuenta que conoció la isla en 1965. “El laboratorio de Ronald Richter todavía estaba entero”, aprecia. Cabe recordar que, justamente, la particularidad del sitio tiene que ver con que allí, con la venia de Juan Domingo Perón durante su primera presidencia, aquel físico austríaco realizó diversos experimentos en busca de la fusión nuclear controlada.

El laboratorio principal.
Aquello, que después fue tomado como un fiasco, igualmente sirvió como impulso para la investigación científica en el país, y particularmente en Bariloche. En la isla quedaron las instalaciones de la época en que estuvo el europeo. Su casa, laboratorios –algunos sin terminar– y demás.
Balest, precisamente, recalca eso de “todavía estaba entero” porque el laboratorio principal fue utilizado luego para prácticas militares durante épocas dictatoriales.
El ahora empresario del ramo de los hongos recuerda una etapa “donde la gente iba a la isla para cazar chivas”.
Luego salta en el tiempo hasta los noventa, cuando se hizo cargo del sitio.
“La licitación la ganó Emprendimientos Bariloche y yo se las compré en un millón de dólares”, señala y rememora: “El 8 de diciembre de 1994 se hizo el primer viaje con turistas”.
“Cuando lo recibí, el sitio tenía cuarenta y cinco años de abandono y destrucción”, indica, para luego calificar su proyecto “como uno de los mejores de Latinoamérica en aquella época”. Incluso, señala que la iniciativa fue destacada por la organización ambientalista Cruz Verde Internacional.
“Pero sucedieron cosas que hicieron que, ahora, después de veintitantos años, la isla esté como cuando yo la recibí… La destruyeron nuevamente. Se robaron todo”, afirma.

Destrucción.
“El problema es que nadie saber qué hacer con ella. La gente habla, pero no la conoce”, dice.
“En Bariloche no había muchos interesados en encargarse del lugar; al contrario, no querían que lo que emprendí funcionara”, apunta.
Como ejemplo, menciona que “gente del Centro Atómico suponía que nosotros íbamos a hablar bien de Richter, a reivindicarlo, y se usó en contra”. Balest desmiente que su idea fuera ensalzar al austríaco, y lamenta: “Terminaron rematando las herramientas y maquinarias como hierro viejo, para no entregármelas. Tenían un depósito con cosas de la isla, pero cargaron todo en camiones y lo llevaron a Buenos Aires para desarmarlo”.
Pero, más allá de eso, se refiere a situaciones mucho peores.

Visión actual de las edificaciones en la isla.
“Tuve, en total, seis amenazas de muerte. La última, iba caminando por la calle Mitre, más o menos al 500, se me pusieron dos tipos al lado que me preguntaron si yo era Fabio Balest y me dijeron: ‘Es la última vez que te avisamos’. A todo esto, ya había recibido un ataúd con tierra delante de mi casa”, relata.
Cuando se le pregunta el porqué, tarda en decidirse a brindar precisiones, pero finalmente apunta a que lo suyo afectaba negocios que tenían que ver con lo lacustre. “Durante el primer año, todo el mundo decía que lo de la isla no servía para nada, que no iba a funcionar, pero llevamos cuarenta y cinco mil pasajeros sin que ninguna agencia de Bariloche vendiera un solo pasaje. Cuando se dieron cuenta…”, suelta, y deja la frase sin concluir, aunque luego suma: “Me volaron los dos motores de un barco (pusieron productos químicos en el aceite), hundieron otro y me terminaron por hundir también un tercero”.

Uno de los sitios destinados a investigaciones atómicas.
Balest habla de “tipos muy pesados” y manifiesta: “Me tuve que ir de Bariloche un domingo, porque me habían dado una semana para que me fuera o me mataban”.
“Yo sabía que ya habían dado la orden… Quien lo hizo era alguien que mató a mucha gente, (Carlos Guillermo) Suárez Mason. Lo suyo conmigo era un problema económico, porque él era socio de una empresa”, sostiene, aludiendo a los vínculos que, según se comentaba, unían al represor con una firma turística.

Marcas de munición: el sitio fue utilizado para prácticas militares.
“Los intereses económicos era muy grandes”, advierte Balest.
“La gente cree que yo me fui porque el proyecto no funcionó a nivel monetario… En realidad, como no me pudieron ganar en la capacidad de generar productos, fueron con todo… La primera vez que me amenazaron, se metieron con mi hija”, revela.
Igualmente, aclara que lo económico tuvo mucho que ver. “La licitación era por 25 años. Entré en concursos de acreedores porque ya no lo podía sostener más. Me habían fundido. Si el cincuenta por ciento del tiempo te impiden operar, no hay manera. Teníamos más de cuarenta personas trabajando”, cuenta.

Un sendero, en medio de la vegetación.
“La isla Huemul me ‘comió’ diez millones de dólares. Ese era mi capital en 1994, y al inicio del nuevo siglo me fui con lo puesto”, sostiene.
De tal manera, señala que su iniciativa quedó trunca, porque era mucho más ambiciosa de lo que pudo llegar a desarrollar. La idea había sido levantar un proyecto de tres patas a mayor escala: una histórica, una turística y también una ecológica. Pero todo quedó en la nada. En la isla, aún permanece la cartelería que colocó en los noventa, como mojón de lo que no pudo ser. “Me escapé de Bariloche con dos mil dólares prestados”, suspira.

Los carteles que se colocaron en los noventa aún permanecen.
Después, como una manera de “limpiar la cabeza”, partió a Italia. Allá permaneció tres años. “Me di cuenta de que el mundo no terminaba en el Limay”, dice. Trabajó como “una especie de guardaparque”. En determinado momento, decidió que era hora de volver a la Argentina. Al retornar, invitado por un amigo, llegó a Río Tercero, Córdoba. Fue a visitar Villa General Belgrano y decidió que ese era el lugar ideal para un emprendimiento con el que, estando en el viejo continente, había soñado. Comercializa hongos, que incluso exporta. Está cómodo. Siente que, en aquella provincia, lo contienen.
Pero Bariloche aún duele.
Fue en esta ciudad donde, a partir de una empresa de montaje, realizó labores en el teleférico del cerro Otto y en las aerosillas del Campanario, además de hacer trabajos para INVAP. También creó la primera radio FM de la localidad. “Hay marcas mías en Bariloche; que no me reconozcan es otra cosa”, sostiene.

Vista de la ciudad desde una embarcación, camino a la isla.
Cuando, siendo adolescente, llegó a esta parte de la Patagonia, vivió en una casa que estaba ubicada frente a la isla Huemul. “Iba a Playa Bonita y me sentaba a mirarla… Siempre quise ponerla en marcha. Lo mío se trató de algo más que un proyecto económico”, afirma, para concluir: “Era mi sueño, pero ya no me quita el sueño”.

Huemul, un sitio repleto de secretos.