REPORTAJE
Mariscotti, el hombre que investigó el Proyecto Huemul y habló con Richter
Una casa de veraneo en Bariloche, frente al lago Nahuel Huapi, con el terreno en pendiente y la vista de la isla Huemul.
En ese contexto, en un momento de la década del setenta, el físico Mario Mariscotti se propuso investigar acerca de lo que había sucedido en aquel pedazo de tierra rodeado de agua. “Por curiosidad”, según cuenta.
La historia de la isla Huemul se vincula al estudio científico argentino y, aunque claramente no se trata de su piedra fundacional, marcó un mojón que llevó a intensificar el camino… y todo a partir de un encantador de serpientes que encandiló a Juan Domingo Perón con la idea de crear “soles pequeños”, el austríaco Ronald Richter, quien llegó a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial y convenció al entonces presidente de que podía generar energía a través de la fusión nuclear.
El 24 de marzo de 1951, en Casa Rosada, Perón anunció en una conferencia de prensa que en la Argentina se habían conseguido “reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica”, como si Richter hubiera logrado su cometido.
Pero, al año siguiente, una comisión fiscalizadora demostró que nada había sido cierto y fue el fin del affaire.
Tal situación, aunque suene curioso, devendría en diversos avances en la materia, incluido el Instituto de Física de Bariloche (luego, Instituto Balseiro).
Pero todo eso, sobre lo que aún se mantiene cierto aire de misterio, cuando Mariscotti decidió ahondar en el tema, era un territorio sobre el que nadie se había atrevido a avanzar.
“Si uno hablaba con un peronista, la persona se sentía obligada a defender el proyecto, y daba argumentos de que había sido cancelado por razones políticas… Muchos creían que eso había pasado en el 1955 (con la llegada de la autodenominada Revolución Libertadora), en lugar de 1952, como realmente ocurrió”, señala el físico, quien suma: “Y si se conversaba con un antiperonista, decía que era una porquería, un fraude”.
“Pero la realidad era que nadie sabía bien qué era lo que había pasado”, expone.
En la isla (foto: Eugenia Neme).
Lo primero que hizo Mariscotti fue buscar a Enrique Gaviola, quien, por ejemplo, había sido alumno de Albert Einstein, además de profesor en el Instituto Balseiro y, desde un principio, crítico de Richter.
Cuando Mariscotti se reunió con él, Gaviola ya estaba jubilado. “Había sido profesor mío y sabía que era un tipo de carácter duro, pero me recibió muy bien”.
“Así empecé… Después de cuatro años tenía tanto material que me dije que debía empezar a escribir algo. Me costó bastante esfuerzo. En aquel momento era jefe del Departamento de Física de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Me sentaba frente a la maquinita de escribir después de cenar… La escritura me llevó cuatro años, y en total, desde que comencé a averiguar datos hasta el fin del libro, ocho”.
Pasaron cuarenta años desde que El secreto atómico de Huemul se publicó por primera vez, y es la obra más completa que existe sobre la temática.
“Para mí, el libro terminó siendo una satisfacción. Tuve suerte, porque cuando comencé los protagonistas todavía vivían”, dice.
Por ejemplo, cuenta que, en la CNEA, además de estar a cargo del Departamento de Física, era jefe del Laboratorio de Sincrociclotrón, y, ante un aniversario del uso de esa maquinaria, propuso convocar a quienes habían estado a cargo de la Comisión en las diferentes etapas. Le dieron el visto bueno y así se comunicó con el coronel Enrique González, amigo de Perón, quien estuvo en los inicios de la institución, cuando surgió para administrar, de algún modo, el Proyecto Huemul.
Mariscotti había mantenido una conversación previa con él, no mucho tiempo antes, pero el llamado para convocarlo a la entidad tuvo un resultado inesperado… “Se puso a llorar por teléfono”, cuenta el físico.
“Desde que dejé la CNEA, es la primera persona que me llama para invitarme a que vaya”, le dijo González, quien también le explicó que no podría concurrir porque estaba enfermo. “Pero, desde ya, todo mi archivo está a su disposición”, añadió, ante lo cual Mariscotti fue a verlo y encontró lo que define como un material de “una riqueza enorme”.
Por ejemplo, incluía cartas entre Perón y Richter.
Y había una misiva que a Mariscotti lo dejó impresionado. “González, después de dejar de ser responsable de la CNEA, siguió amigo de Perón, y su hijo se había ido a trabajar a Ámsterdam. Le escribió y le contaba: ‘Mientras Perón se corta el pelo, hablamos. Está entusiasmado con Richter y espera que tenga éxito. El problema principal lo tenemos en la casa, la señora se opone'”.
“Es un testimonio espectacular, la propia Eva Perón estaba en contra de Richter”, remarca Mariscotti.
Vista de los laboratorios en Huemul, desde el mirador que hay en la isla (foto: Eugenia Neme).
Y, en su etapa investigativa, el físico consiguió, también, reunirse con el propio Richter.
Cabe recordar que era una etapa donde hasta comunicarse por teléfono implicaba dificultades. Y, por supuesto, el uso popular de Internet era aún muy lejano. “Hablar con él fue toda una aventura. Tenía el dato de que se encontraba en Monte Grande. Pasé un día entero buscándolo, sin éxito. Fui a las parroquias, a las estaciones de servicio, restaurantes, el correo… Había gente que lo recordaba, pero todo el mundo me decía que se había esfumado en 1956”, relata el físico.
El contraalmirante Pedro Iraolagoitía, que estuvo a cargo de la CNEA tras González, había vuelto a la institución en 1973. Luego, en una charla con Mariscotti, evocó que en ese regreso a la entidad había mandado a su chofer a que averiguara si Richter vivía, y así sabía que, efectivamente, estaba en Monte Grande. Pero el conductor, que sabía la dirección, había fallecido.
Finalmente, Iraolagoitía recordó que el chofer, la vez que fue por el rastro del austríaco, estaba acompañado de quien era su secretario, así que Mariscotti se contactó con él y fueron juntos.
Lo encontraron. “Primero, estuvo extremadamente agresivo. Le dije que era de la CNEA y empezó a hablar cosas horribles de los argentinos, de Perón, de todo… La cuestión se ponía media fulera. El secretario era ultraperonista y discutían entre ellos. Yo quería hablar de la historia de Huemul…”, evoca Mariscotti.
De repente, Richter dijo: “Yo no quiero hablar en español porque es un idioma de subdesarrollados; sólo en inglés o alemán”.
Así, la conversación pasó a la lengua de Shakespeare.
“Me encontré en la situación ridícula, de tener que estar traduciéndole al secretario lo que decíamos”, expresa el físico.
Finalmente, el hombre optó por irse al auto y Mariscotti quedó solo con Richter.
El argentino, que había estado a punto de contactarse con un hombre que fue profesor del austríaco en Praga en 1935, le comentó que esa persona había fallecido poco antes.
“Richter se quedó helado. Ahí cambió el ánimo y comenzó a hablar de forma más correcta. Me empezó a tratar de una manera casi paternal, diciendo que lo que yo estaba haciendo, de averiguar acerca del proyecto y de la energía nuclear, era muy peligroso y que mucha gente había muerto por hacerlo”, rememora Mariscotti.
En tal sentido, expone que el austríaco comenzó a explicarle su “primer secreto”.
“Hablaba como si diera una clase, como si se tratara de un gran profesor”, precisa, y resalta que, al finalizar, él le refutó lo dicho y le señaló el motivo por el que estaba equivocado.
“En vez de incomodarse y reaccionar, lo único que dijo fue: ‘Está bien, tiene razón, pero mi secreto es otro’. Y explicó su segundo secreto, que también era ridículo”, rememora.
“Fue capaz de hablar como si se tratara de una autoridad mundial en física y, a la vez, cometer errores garrafales, pero lo notable es que los aceptara sin inmutarse ni ponerse colorado”, añade.
“Era un tipo desacoplado de la realidad”, afirma, pero considera que “no era un ladrón”.
“Hasta donde yo sé, no robó. Se quedó con su casa en Monte Grande, y el Cadillac y el piano que le regaló Perón, pero no hizo negociados. Gastó muchísima plata, pero no para él. Buscaba la gloria. Quería ser reconocido a nivel mundial, especialmente por los físicos de Estados Unidos, a donde intentó ir para vender sus ‘secretos’, sin éxito. Era un fantasioso y, por supuesto, no sabía física, sólo poseía conceptos muy básicos”, asevera.
Muros de los laboratorios de Richter (foto: Eugenia Neme).
Aquella conversación con Richter en Monte Grande se había alargado demasiado. El austríaco “se fue poniendo cada vez más confianzudo”, cuenta Mariscotti.
Quedaron en volver a hablar.
Richter no tenía teléfono, así que acordaron en que el austríaco se comunicaría, desde algún aparato público, a la CNEA, y que para presentarse daría un nombre falso. Para que no lo reconocieran, se presentaría como quien había trabajado con él en la isla Huemul, Ehrenberg.
Y lo llamó.
Luego, Mariscotti optó por no profundizar el vínculo. “Dejé de tener ganas de seguir conversando con él, porque empecé a temer que nos hiciéramos amigos y yo quedara preso de esa situación, ya que, cuando uno tiene una relación de amistad, después siente que es una deslealtad hablar mal de esa persona, y yo no quería negociar la verdad de la historia”, manifiesta.
Luego, igualmente, se enteró de algo que, en realidad, resultaba obvio: el libro, a Richter, no le cayó bien.

–Al poder conversar con él, ¿comprendió por qué Perón le creyó?
–Sí, claro. Richter tenía un poder de convencimiento infinito. Cuando me explicó su secreto, la seguridad con que hablaba era impresionante. Era convincente. Tenía un gran poder de convencimiento. Antes de venir a la Argentina, convenció a Kurt Tank (notable ingeniero aeronáutico y piloto de pruebas alemán) de que sabía cómo propulsar aviones con energía nuclear. Fue tan persuasivo que cuando Tank vino a la Argentina lo convenció a Perón de que tenía que llamarlo a Richter, quien finalmente le prometió el control de la energía por fusión, algo que la humanidad todavía no consiguió. Es decir, no sólo dominar la energía atómica, sino ese proceso. Además, le dijo que lo iba a poder hacer con chirolitas. En ese momento, ni siquiera se había producido la primera explosión de la bomba H.
–¿Por qué fue a la isla Huemul?
–Cuando llegó a la Argentina, Richter fue a parar a Carlos Paz, donde se encontraba Kurt Tank, porque él lo había recomendado. Estaba en un laboratorio dentro del predio que tenía Tank para el desarrollo del avión Pulqui II. Pero ahí eran todos nazis, y Richter no lo era. Hay cartas suyas que demuestran que no se sentía cómodo en ese grupo. Fraguó una especie de sabotaje y dijo que no podía seguir trabajando en ese lugar. Perón ordenó buscar otro sitio. Primero pensaban en San Juan, pero a Perón le interesaba poblar la Patagonia. La idea era un lugar desértico, según la inspiración del laboratorio Los Álamos (Estados Unidos, donde se llevó adelante el Proyecto Manhattan que derivó en los bombardeos atómicos sobre Hiroshima y Nagasaki). Cuando el avión llegó a la cordillera, y Richter vio el lago Nahuel Huapi y la isla, dijo: “Ese es el lugar”.
–¿Se puede decir que a partir de un fiasco nació el interés por el estudio atómico que se desarrolló luego en la Argentina?
–Sí, absolutamente. En una etapa previa, hubo una intención de crear una comisión nacional de investigaciones científicas, dirigida a lo atómico. Es decir, existieron inquietudes tempranas en ese sentido, pero no prosperaron, todo se suspendió, hasta que llegó Richter y se creó la CNEA.
Grafitis en los muros de los laboratorios abandonados (foto: Eugenia Neme).
Mariscotti tiene ochenta y cinco años.
En la actualidad, trabaja en un libro sobre INVAP y la CNEA, “un poco la continuidad histórica de Huemul”.
Ha recibido diversas distinciones por su labor profesional y en los veranos vuelve a Bariloche (reside en Buenos Aires), a aquella casa frente a la isla que deparó su libro emblemático.
Precisamente, desde diversos países suelen convocarlo para hacer producciones fílmicas sobre el Proyecto Huemul.
Su deseo es “recuperar el valor histórico de la isla”, y que se convierta en un tipo de “museo de la energía atómica argentina”.
“En un momento estaba muy ambicioso y pensé que se podía llegar a instalar el sincrociclotrón de Buenos Aires en uno de los grandes edificios de la isla, para hacer exhibiciones de haces de partículas nucleares”, cuenta, y reconoce: “Eso no prosperó”.
Así, sobre su anhelo de que se cree una especie de museo, indica: “Cuando era intendente Gustavo Gennuso, un colega, pensé que a lo mejor se iba a enganchar, pero no…”.
“Me da mucha pena que todo esté abandonado”, concluye.