2024-12-15

UN ESPACIO DONDE HISTORIA Y NATURALEZA CONVERGEN

El deseo de poner a la isla Huemul “en funcionamiento”: laboratorios “atómicos” derruidos en un marco imponente

Walter Cortés quiere que el lugar pueda ser visitado.

“Hay que poner a la isla en funcionamiento”, dice el intendente Walter Cortés, sentado en su oficina del Centro Cívico.

El jefe comunal habla de Huemul, un pedazo de tierra rodeado por el lago Nahuel Huapi con una historia que parece salida de la mente de un escritor de ficción.

Pero pasó.

Y en la Argentina… ¿dónde más?

Se trata, claro, de la isla de los experimentos de Ronald Richter, un físico austríaco que, tras la Segunda Guerra Mundial, desembarcó en el país y convenció a Juan Domingo Perón de que podía generar energía atómica de bajo costo.

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Tras un paso por Córdoba, el europeo apuntó al sur y dijo que el lugar ideal para su propósito era Huemul.

Allí se levantó una infraestructura de importancia.

Vegetación y muros... una postal del interior de la isla.

“Están todos los edificios de Richter”, señala precisamente Cortés, quien se lamenta por la destrucción que muestra la que era la casa del científico. “Quiero que quede como cuando él vivía allí”, indica y manifiesta: “La intención es reconstruirla, con el fogón, el lugar donde dormía, el espacio en que comía y el sitio en el que planificaba”. Incluso se anima a soltar en voz alta un sueño: “Voy a ver si puedo poner una figura suya, como si, en ese sitio, estuviera trabajando el tema de la fusión”.

Lo cierto es que Richter, con el paso del tiempo, fue considerado mayormente un fraude. Aunque antes llevó a que Perón anunciara: “En la planta piloto de energía atómica en la isla Huemul de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica”.

Algunas edificaciones sorprenden por su tamaño.

En agosto de 1945, en el marco de la Segunda Guerra Mundial, habían ocurrido los bombardeos atómicos en Hiroshima y Nagasaki.

Todo lo que incluyera la palabra “atómico” llamaba la atención y el presidente argentino, con aquella noticia, que brindó el 24 de marzo de 1951 durante una conferencia de prensa en Casa Rosada, marcaba el ingreso de Argentina en la carrera nuclear.

Luego se sabría que la información no era real.

¿Richter sabía?

Richter había actuado como un encantador de serpientes.

En 1952, una comisión fiscalizadora comprobó que lo dicho por el europeo no era cierto.

Allí finalizó el denominado Proyecto Huemul.

La cuestión, de alguna manera, quedó bajo un halo de misterio.

Cierto lugares se mantienen en buenas condiciones.

Por un lado, es fácil de imaginar que a Perón no le debe haber gustado nada quedar expuesto en público al proclamar un avance que no fue tal.

Es decir, no era cuestión de hacer difusión de un yerro (siendo víctima de otra persona, es cierto, pero error al fin).

Pero, además, con la llegada en 1955 de la Revolución Libertadora, lo vinculado al peronismo pasó a ser mala palabra.

Hay relatos que apuntan a que mucha de la maquinaria que existía fue tirada al lago, sin importar que pudiera seguir utilizándose.

Telarañas del tiempo...

En definitiva, desde todos los perfiles, el tema quedó sepultado en un intento de olvido.

Y si la historia no se extravió en la nada ha sido gracias a que, a partir de aquella aventura, Argentina realmente activó un camino científico de relevancia.

Es lo que destaca Walter Cortés, quien aclara que no quiere entrar en discusiones históricas sobre lo que realmente hizo o no Richter, y precisamente recalca que, a partir de la llegada del austríaco, se dio “el puntapié inicial” de la temática atómica en la Argentina.

Laboratorio derruido.

En tal sentido, debe señalarse que, de algún modo, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) fue creada por Perón para brindar un marco administrativo y de seguimiento al Proyecto Huemul.

Y el nacimiento del Centro Atómico también se vincula a la cuestión, así como el Instituto Balseiro, que en principio fue denominado Instituto de Física Bariloche, para después rebautizarse en honor a José Antonio Balseiro, quien había formado parte de la comisión que demostró la falsedad de lo dicho por Richter.

Flores e insectos... la naturaleza manda.

Pero, si bien la isla Huemul dejó de ser un lugar que mejor no nombrar (carga que pesaba sobre ella por las luchas entre peronistas y antiperonistas, incluso con discusiones internas dentro de cada sector), nunca terminó de definirse un modo adecuado de tratarla.

“Está abandonada, y allí hay un patrimonio importante. Queremos ponerla en valor”, manifiesta Cortés, añadiendo: “Estamos analizando las posibilidades, para que la isla nos sirva a los barilochenses. Que la gente pueda ir, incluso los chicos de las escuelas. Quiero que sea accesible para los habitantes y que también vayan los turistas”.

Hay quienes piensan que la historia atómica de Argentina nació en este rincón patagónico.

El intendente advierte que no tiene una visión comercial para la isla, aunque aclara: “Deseo arreglar ese espacio y si en algún momento se explota, que lo haga la Municipalidad, pero contratando a alguien para que lleve y traiga a la gente en una embarcación”.

“Mi intención es que Bariloche conozca Bariloche, es decir, que el propio barilochense pueda disfrutar de sus lugares”, remarca Cortés, quien informa: “Calculo que en enero empezaremos con los trabajos, por lo menos macheteando y abriendo los senderos y arreglándolos”.

Vegetación.

“Tendremos que estudiar la compra de una lancha rápida, para llevar y traer a la gente que haga las tareas”, expone el jefe comunal.

“Después veremos la actividad a desarrollar en el tiempo, pero siempre sin afectar la naturaleza”, apunta y después indica que una posibilidad sería realizar excursiones que duren alrededor de medio día.

“Si viene un privado y se compromete para ayudar, será bienvenido, pero hay que ver que las condiciones no sean leoninas”, expresa, a la vez que aclara que también debería “cuidarse” a quien tuviera la intención de sumarse a la propuesta. En tal sentido, evocó el momento en que Fabio Balest, en los noventa, había tenido la concesión: “Puso bien a la isla, con señalización, y cuando se le hundió un barco nadie fue a ayudarlo; eso está mal”.

La cartelería colocada por un concesionario tres décadas atrás aún se mantiene.

Precisamente, una de las cosas que llama la atención al desembarcar en la isla es que los carteles aún están en pie.

A las ruinas de la época de Richter, se sumaron otras, de algunas pocas instalaciones que se agregaron en los tiempos en que estuvo concesionada. Por ejemplo, el quincho con parrilla que se había levantado muestra un escenario que incluye ventanales rotos, un televisor destruido y cosas por el estilo, aunque mantiene la estructura.

El muelle, el primer tema en agenda.

Lo primero con que se topa quien llega a la isla es el muelle, original de la época de Richter.

Los tablones ofrecen un deterioro importante.

Se acaba de realizar una inspección técnica, con profesionales del área de Obras por Contrato, con el fin de ver cómo se podría avanzar en diversos arreglos.

En tal sentido, observaron particularmente el muelle, con el fin de determinar si es factible repararlo o si habría que hacer uno nuevo.

Lo cierto es que empleados de la comuna ya están trabajando con madera caída en el Parque Municipal Llao Llao, para reemplazar las tablas en caso de que eso sea posible.

Una vieja construcción.

Al caminar por el sendero (algunas partes resultan difíciles de transitar por la vegetación que creció sin control, así como algún árbol caído que bloquea el camino), se llega al edificio donde originalmente se ubicaba la guardia y que en los noventa se destinó a un espacio para los visitantes.

El esqueleto edilicio se mantiene, pero los vidrios están esparcidos por doquier y las paredes se encuentran grafiteadas.

¿A dónde lleva la flecha?

Muchas de las inscripciones están fechadas y son recientes.

Incluso se ven direcciones de Instagram.

Y llama la atención la abundancia de firmas que refieren a estudiantes del Instituto Balseiro, como si fuera una tradición ir al lugar.

Las estampas se ven no solo en esa construcción, sino en los muros de todas las estructuras.

Grafitis en todos los rincones... una constante.

Cabe señalar que, asimismo, en diversos puntos, se perciben marcas de fogones, claramente algo prohibido, como también lo es acampar.

El subsecretario de Planeamiento, Alfredo Allen, se refiere a la existencia de “empresas turísticas que están explotando la isla”. En tal sentido, indica que, para hacer tal cosa, deberían “pedir autorización al Municipio y eso no está pasando”. De esa forma, advierte: “Se las va a infraccionar, como corresponde”.

El funcionario cuenta que están planeando un convenio con Prefectura Naval Argentina, para llevar adelante controles conjuntos en las islas Huemul, Gaviotas y Gallinas.

Allen fue quien, al revisar en los archivos, se topó con el plan de manejo de la isla y conversó con el intendente con el fin de avanzar en la recuperación del sitio. Así, resalta que, además de cuidar las estructuras vinculadas al Proyecto Huemul, que le dan importancia histórica a la isla, es necesario llevar adelante “un control de especies invasoras, tanto de flora como de fauna”.

Las reglas de la naturaleza.

Cortés, al visitar recientemente el lugar, se convenció de que había que hacer algo para recobrar ese espacio, al que halló abandonado.

Justamente, la titular de Planeamiento Territorial, Sofía Maggi, expone que el jefe comunal “lo tiene como prioridad”.

Al continuar camino isla adentro, por la senda demarcada, se pasa a un lado de la tumba de Pedro Nolasco Güenul.

Vegetación y cartelería.

Según el letrero situado allí, la familia Güenul se estableció en la isla en 1894. Bernardino, hijo de Pedro Nolasco, era carpintero y herrero. Los pobladores de Bariloche se referían al lugar por el apellido de quienes allí residían: “La isla de Güenul”.

La similitud fonética llevó a la denominación Huemul, en asociación al cérvido que, paradójicamente, nunca habitó el lugar.

El 21 de diciembre de 1904, a los ciento cinco años, falleció el padre de Bernardino, Pedro Nolasco, de estirpe araucana, que había llegado a la isla siendo ya anciano, y allí fue enterrado.

La casa de Richter.

Más adelante se encuentra la casa que habitaba Richter, cuyas paredes externas presentan numerosas marcas de bala, producto de prácticas militares efectuadas en épocas dictatoriales.

Luego se observan los denominados “laboratorios gemelos”, que en realidad son sólo muros, ya que no se terminaron de construir. Al carecer de techos y pisos, la vegetación creció de manera incontenible en el interior, transformándose en algo así como bosques cercados.

Un bosque amurallado.

A unos metros, se ubica el laboratorio de química; después viene el de Richter, donde el físico dijo haber conseguido el logro que anunció Perón.

El sitio fue dinamitado por los militares, pero aún así se aprecian estructuras que denotan el uso que se dio a ese edificio, con paredes de concreto de un ancho de aproximadamente un metro.

El laboratorio principal.

Al continuar se llega a la usina, edificación destinada a albergar los generadores de energía eléctrica para los experimentos. 

Sigue un edificio monumental, con dos sectores, uno en el que se iba a colocar un reactor y otro en el que estaría la sala de control.

A unos metros, está el llamado “Laboratorio IV”, que no llegó a utilizarse como tal, con paredes que poseen una cámara de aire. Llama la atención el tamaño y la acústica que posee.

Los rincones deparan sorpresas.

Luego, solo resta ir hacia el mirador, donde se hallaba la oficina de Richter. Para llegar, hay que subir, primero, una pendiente pronunciada; luego, ciento dieciocho escalones.

Hacia las alturas. 

Pero el esfuerzo vale la pena: posee una vista privilegiada de Bariloche.

Una vista imponente.

Al regresar a la embarcación, queda la sensación de haber visitado un pedazo significativo y, sobre todo, particular de la historia argentina… Y a solo unos quince minutos en lancha desde el puerto San Carlos.

La isla.

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