DE DARTH VADER A LA OTAKU CON
Star Wars, una galaxia cercana en su lejanía
¿Qué edad tenía?
No lo recuerdo con exactitud.
Debía andar por los cinco, al inicio de la década del ochenta.
El asunto es que era el cumpleaños de un vecino. Sus padres habían contratado a un hombre que proyectaba películas en super-8, y aquella persona, ese día, escogió pasar La Guerra de las Galaxias.
Las palabras iniciales, “hace mucho tiempo en una galaxia muy, muy lejana…”, quedarían como un punto de inflexión en la memoria.
Ya nada volvería a ser igual.

¿Qué era esa mezcla de droides, humanos y personajes que no se sabía si eran uno o lo otro?
¿Y la historia?
¡Por Dios! ¿Qué eran los jedis? Y hablando de Dios, ¿aquello tendría un sentido religioso?
La imagen de las tropas de asalto –lo de saber que esos soldados se llamaban stormtroopers vendría mucho después–, y sobre todo Darth Vader, ingresando en la nave que transportaba a la princesa Leia quedaría fijada en la mente, así como en los oídos la música inmortal de John Williams.

Aquella misma noche, y muchas de las que siguieron, Vader se metió en mi cabeza.
Su figura vestida de negro llegaba a mis pensamientos en los momentos previos a dormir. Surgía en ese período de transición, en somnolencia. Y si bien es cierto que Vader asustaba, porque se trataba de un villano que cumplía de manera cabal con su función de meter miedo, era un temor “sano”. Él se quedaba ahí, antes de que el sueño arremetiera, pero jamás se transformaba en pesadilla.
Es uno de esos personajes que nació para incrustarse en un rincón del cerebro de manera indeleble.
El tiempo pasó, implacable, como siempre. Sin embargo, Star Wars (ya la saga completa, aunque sobre todo la trilogía original, que, aunque suene raro, corresponde al medio de la historia) siguió como un mojón.

Es una especie de novela infantil espacial que se puede disfrutar a cualquier edad, aunque aquellos que la descubrieron siendo niños quizá entiendan mejor de qué hablo. Además, si eras un nene en el momento en que salieron las películas que se estrenaron primero, la cuestión pasó a conformar un punto de conexión generacional.
Porque lejos estuve de ser el único al que Darth Vader se le presentaba en los momentos previos al sueño.
En eso, Darth Vader era totalmente democrático.
Y hablando de democracia, resulta al menos curioso que La Guerra de las Galaxias, que en la Argentina se estrenó el 25 de diciembre de 1977 –siete meses después de que lo hiciera en Estados Unidos–, es decir, en una época en la que en el sur del mundo reinaba el “lado oscuro”, llegara a las salas de este país con la calificación de apta para todo público. ¿Alguien se puso a pensar que, mientras acá corría sangre por la presencia de una dictadura atroz, una obra sobre una república que había sido diezmada para instaurar un imperio opresor, un filme donde se mostraba a “rebeldes” que querían sacar del poder a esa tiranía llegaba a los cines nacionales sin problema, en momentos donde la censura reinaba?
De alguna manera, para quien tenía otra edad, mayor a quienes éramos niños, y tiempo para ponerse a intelectualizar en aquellos años de sangre, donde, precisamente, para muchos, no existía demasiado lugar para divagaciones culturales, Star Wars era una gran metáfora, una creación para leer entrelíneas, una invitación a pensar que era posible vencer a la oscuridad.

Los chicos, en tanto, ya a mediados de los ochenta, veíamos la manera de conseguir alguno de los pocos juguetes que tuvieran que ver con las pelis.
Eran importados, llegaban a cuentagotas y solían resultar impagables.
Yo tuve suerte.
Mi abuelo tenía un kiosco pequeño, y cada tanto lo acompañaba a una distribuidora de golosinas que también ofrecía juguetes.
Ese amor que suelen tener los abuelos con sus nietos hizo que me llevara a mi casa a Yoda, Luke, Obi-Wan Kenobi, un ewok, un stormtrooper y, ¡sí!, a Darth Vader.
En este momento, cuando veo a mi hijo jugar con esos muñequitos que atravesaron décadas para llegar medianamente sanos a sus manos, me digo que, de alguna forma, la fuerza me acompañó.
Además, Star Wars también es una excusa para compartir una actividad con él.
Pronto será la Otaku Con –la convención que se realizará el 5 y el 6 de agosto en Bomberos, Beschtedt 279–, donde estarán Claudio Aboy, el ilustrador que realiza pósters oficiales de Star Wars, y Rodrigo Remón, vestido de Chewbacca con el que fue elegido uno de los tres mejores trajes del mundo de ese personaje.
La ocasión, entonces, será propicia para viajar juntos a una galaxia muy, muy lejana.