SE CUMPLE EL 70° ANIVERSARIO DE SU FALLECIMIENTO
Dos años antes de su muerte, Evita dejó huella en Bariloche
La pareja presidencial arribó en tren. La excusa, fiscalizar la construcción de las instalaciones en isla Huemul. La realidad, apostar a una recuperación física, después de la detección de la enfermedad que le costaría la vida.
Dos años antes de su prematuro fallecimiento, Eva Perón estuvo en Bariloche y según algunos de los pocos datos con que se cuentan, el viaje estuvo directamente relacionado con la detección de la enfermedad que le costó la vida. No obstante, cuando “la abandera de los humildes” estuvo por aquí, todavía no conocía la verdadera naturaleza de la dolencia. Recién estaría al tanto de su gravedad a fines de 1951.
Además de plasmar un cuento con elementos de ficción sobre aquel periplo -el único que la pareja haría hacia la Patagonia norte- el escritor y periodista de Carmen de Patagones, Carlos Espinosa, se tomó el trabajo de reconstruir el itinerario y sus pormenores. La pareja presidencial partió de Buenos Aires a bordo de un tren especial que obviamente, siguió el recorrido del ramal “General Roca”.
A partir de sus diálogos con viejos ferroviarios que prestaban servicios en aquel entonces, Espinosa pudo establecer que el viaje se hizo en uno de los denominados “trenes blancos”, que, desde fines de la década de 1940, unían Viedma con Bariloche. Base de la formación fue un “coche motor” Ganz. Si bien la excusa institucional del periplo era una suerte de inspección sobre las instalaciones que se construían en la isla Huemul, también existía otra razón que, por entonces, fue menos visible.
En enero de 1950, Evita sufrió un desmayo mientras visitaba un hogar para niños que sostenía la Fundación Eva Perón. Los médicos detectaron un cuadro de fuerte anemia. Días después, profundizaron los estudios y como consecuencia de una biopsia, se detectó cáncer, aunque según los datos que circulan, el verdadero diagnóstico recién se le dio a conocer a la directamente involucrada a fines del año siguiente.
Entonces, el viaje al sur del país por un lapso de 10 días, tenía como cometido que Evita pusiera una pausa en su intenso ritmo de vida. Al parecer, esa fue la sugerencia de los médicos para intentar una recomposición de su estado físico. Especulaban con la posibilidad de someterla posteriormente a un tratamiento con rayos, pero la paciente, no quiso someterse a ese recurso.
Vecino de Carmen de Patagones, Espinosa afirma que el recuerdo de sus habitantes es vívido al respecto, cuando la formación férrea se detuvo en la última localidad de la Provincia de Buenos Aires. El tren llegó a la medianoche y si bien ya era otoño, esa noche hizo calor. Evita aprovechó para saludar desde la puerta del coche donde viajaba. Vestía un traje amarillo y no hubo discursos, apenas si el intendente maragato, Carlos Tessari, tuvo oportunidad de entregar algunos presentes.
Cuando el convoy ya retomaba su marcha, se repartieron entre la asistencia paquetes de ropa. Después, el tren continuó por la Línea Sur, pero no se conocen registros en los que consten las escalas. Leandro Inda, era por entonces jefe de estación en Clemente Onelli. A instancias de Espinosa, compartió parte de sus recuerdos: “Recibimos precisas instrucciones de que todo el personal debía estar sobre el andén, de punta en blanco, para saludar el paso del convoy”.
El ex ferroviario recordó que “ese día, el tren venía con un poco de atraso, justificado por supuesto, porque en cada pueblo el general y Evita salían a saludar por una de las puertas del coche motor y sus asistentes repartían paquetes con ropa”. A Inda le tocó uno de esos obsequios, que contenía un pantalón y tres camisas. A diferencia de lo que sucede en la actualidad, las prendas le duraron mucho tiempo.
Como ya contó varias veces El Cordillerano, en Bariloche, Perón y Evita concurrieron al Centro Cívico. En la única foto que circula relacionada con el acontecimiento, la pareja presidencial está en el balcón, junto con el gobernador del Territorio de Río Negro, Emilio Belenguer; el intendente Giordano Andrigo y el cura párroco Enrique Monteverde. Luego, los visitantes navegaron en la “Modesta Victoria” y desembarcaron en la isla Huemul.
Donde se iba a desarrollar el plan nuclear argentino, la mirada de Evita se detuvo en los pies de los colimbas, quienes trabajaban en la construcción de las instalaciones solo abrigados por alpargatas. Se dice que ordenó la distribución de botas adecuadas para los fríos y las nieves y que, además, dispuso que los soldados recibieran la misma paga que los albañiles del gremio de la construcción.
Una reacción similar adoptó cuando supo que, en determinada escuela barilochense, la mayoría de los niños concurrían prácticamente descalzos. Al retornar, Perón y Evita visitaron otro establecimiento educativo en Ramos Mexía, donde asumieron gestos semejantes ante las situaciones de pobreza. El 26 de julio de 1952, dos años y meses después, la desazón debió apoderarse de todos aquellos corazones que a su paso, se habían cruzado.