2022-07-12

POR ESTOS DÍAS, NAVEGA EL MEDITERRÁNEO Y ACTÚA

Val Sapetnitzky, de los pubs de Bariloche a cantar en cruceros

Su voz falta desde 2016 en la escena local, cuando decidió probar suerte en los grandes cruceros. Canta cuatro horas y media por día, pero está visiblemente contenta con su experiencia. Ni siquiera la encuentra demasiado solitaria.

En la mañana argentina del lunes, el termómetro indicaba 29 grados para Marsella, en la Costa Azul de Francia. El crucero que atracaba en uno de sus muelles lleva a una barilochense a bordo: Valeria Sapetnitzky. Hace tiempo que la diminuta escena local se ve privada de su espléndida voz porque, en la búsqueda de aunar música y economía personal, la cantante probó embarcarse y le va bien. Añora “los colores del otoño” y “el olorcito a sauco ni bien florece”, pero le va bien.

El horizonte económico incidió a la hora de cambiar los horizontes circunscriptos de la cordillera por la inasible amplitud marina. “En un principio me entusiasmó la idea de poder vivir de la música”, le dijo la cantante al cronista, a doce mil kilómetros de distancia. “Había comenzado a cantar hacía poco tiempo. Toda mi vida, hasta los 37 años, me dediqué a otras cosas, y a partir de mi primera nota cantada nunca dejaron de abrirse puertas en ese camino. Y yo percibí esta como una puerta más”, compartió.

Con esa convicción siguió el relato de su experiencia, "(la transatlántica fue) una puerta que abrí con mucha curiosidad por conocer ese tipo de vida, salir de mi zona de confort y saber si era capaz de hacerlo”. Además, pesó una experiencia personal previa: “Tuve pánico escénico durante 18 años. Desde los 19 hasta los 37 años estuve en silencio. Cuando mi voz finalmente se liberó, la sensación es que no quiero ni debo parar. Ávida de experiencias me encontró la propuesta”, señaló Sapetnitzky.

La cantante ni siquiera encuentra que sea demasiado solitaria la vida a bordo. “El tema de la soledad es relativo. A mí me venía gustando la vida nómade desde antes de los barcos. De hecho, dejé mi familia de origen muy joven y siempre compartí vivencias con gente en la misma situación. Y cuando estás lejos de los tuyos (Valeria encerró esa palabra entre comillas), se construyen familias elegidas todo el tiempo. Hacer de los espacios tu hogar se vuelve una costumbre”, resaltó.

Sin embargo, “siento que mi lugar no es solo uno. O que mi lugar es estar moviéndome”. Precisamente, entre que el cronista la contactó y finalmente, se puso a escribir, Sapetnitzky pasó por Barcelona, Palermo, Nápoles y Génova, entre otras escalas del inagotable Mar Mediterráneo. “No me siento sola. Muchas veces, me siento más sola cuando estoy en tierra”, señaló.

La rutina a bordo, no es tan rutinaria. “Mis días giran alrededor de dos momentos importantes: el de cantar, cada día a partir de las 18 y hasta la 1 de la madrugada. Y el momento de salir a recorrer los puertos… Por suerte, comienzo a trabajar a la tarde, entonces, puedo disfrutar. Esto es lo que no cambia nunca. El resto, muta. A veces amanezco temprano y otras decido descansar”.

Hay que estar ante la mirada del público durante tanto rato, por eso “se necesita descanso para sostener cuatro horas y media diarias de música. En relación a otros trabajos, son pocas horas, pero en relación a lo que suele durar un concierto en tierra, es muchísimo y es todos los días”, destacó Sapetnitzky. Además, “para llegar al lugar de trabajo tengo que tomarme un buen tiempo de preparación, ya que cada noche el vestuario es diferente: noche blanca, gala, italiana, flores” y demás.

Por otro lado, el compromiso no se agota en el escenario, porque “en el barco hay responsabilidades fuera del horario de trabajo: entrenamientos, cursos y simulacros de emergencia”. También “hay horarios de desayuno, almuerzo y cena que son para todos igual y en lugares compartidos. Somos entre 800 y 1500 tripulantes dependiendo del tamaño del barco”, ilustró.

El glamour hay que sostenerlo, porque se impone “lavar ropa y ordenar la cabina, que es compartida con otra persona”. Cuenta “con camas cuchetas y en general, sin vista al exterior”, describió. “A veces, te toca en suerte una cabina con ojo de buey”. Los espacios son más bien reducidos, “tenés lo que se necesita y poco lugar para guardar, así que generalmente sabés dónde está todo”, balanceó la música.

Esas convivencias dejan huellas. “Todas mis compañeras de cabina son grandes amigas para siempre, aunque no las vuelva a ver personalmente nunca más”, resaltó Sapetnitsky, quien hace seis años se embarcó por primera vez y parece muy contenta con su vida de cantante y navegante. Por estos días, canta, trabaja y disfruta del Mediterráneo que cantaran Joan Manuel Serrat y tantos otros. Pero cuando vuelve a tierra, vuelve a Bariloche.

Te puede interesar