2022-07-09

AGUSTÍN VÁZQUEZ Y MALVINAS

Una figura clave para que veteranos recuperaran objetos que creían perdidos

Agustín Vázquez nació en Santa Fe en 1988, seis años después del conflicto en el Atlántico Sur.

Gracias a él, muchos de los argentinos que estuvieron en Malvinas recuperaron objetos que creían perdidos para siempre, como Carlos Mazzocchi, que reside en Bariloche y el año pasado pudo tener en sus manos los negativos del rollo fotográfico que jamás imaginó que alguien guardaba al otro lado del mundo.

Recientemente, fue Mazzocchi quien, contactado por Agustín, ayudó a dar con Raúl Héctor Guerra, un excombatiente que se enteró que el diario personal que llevaba en 1982 estaba siendo exhibido en un museo malvinense.

A diferencia de otras personas, que se interesan en el tema porque algún pariente cercano -muchas veces, el padre- participó en la guerra, el santafecino no tiene ningún vínculo de ese tipo.

Lo suyo se forjó de un modo sencillo. Simplemente, un interés por la historia. “Desde muy chico tuve pasión por el tema. Siempre me atrajo mucho lo que tiene que ver con el heroísmo y el patriotismo”, cuenta.

“Desde hace unos años, he tomado contacto con veteranos, tanto nuestros como ingleses, y hago de nexo entre las partes”, explica.

En tal sentido, la utilización de las redes sociales ha sido de gran importancia en su accionar, sobre todo para comunicarse con los británicos.

Para ello también fue relevante su conocimiento del idioma inglés (que estudió desde pequeño).

“Siento que en los ingleses no hay animosidad ni odio. En el noventa y siete por ciento de los casos en que me he contactado, el resultado ha sido algo muy lindo”, señala.

Dice que ese sentimiento que encuentra del otro lado del océano también lo aprecia en los argentinos.

“Malvinas es una de las últimas guerras que se ha peleado con códigos y honor, donde se combatió por un objetivo claro y cada bando sabía qué es lo que quería. Eso derivó en que en la posguerra no existiera rencor ni animosidad entre los veteranos”, asevera al respecto.

Agustín trabaja en una actividad alejada del tema, y la labor que desarrolla en relación a Malvinas la hace solo por el entusiasmo que la cuestión despierta en él. No gana un peso por ello (al contrario, si por algún motivo debe incurrir en algún gasto, el dinero sale de su bolsillo).

Tiene un gran respeto por los excombatientes argentinos. “Yo siento que los veteranos son héroes vivientes. Si bien uno no pudo hablar nunca con San Martín, Belgrano, Güemes o Cabral, sí puede hacerlo con esas personas que están en distintas ciudades y pueblos. Las suyas son historias para aprender y compartir”, aprecia.

Su interés por Malvinas derivó en un tipo de tarea muy particular que lleva adelante, sobre todo, desde 2018. “Ahí se produjo el primer ‘gran salto’”, apunta, y la referencia es a la ocasión en que propició un encuentro entre un veterano argentino y uno inglés en La República de Seychelles.

La historia, como suele pasar con varias de las trazadas a partir de Malvinas, tiene ribetes de realismo mágico.

Un inglés cae muerto en combate, su compañero del Special Air Service (SAS) –un cuerpo de fuerzas especiales de Gran Bretaña– se entrega y es hecho prisionero.

El británico –de origen en Sri Lanka– que levanta sus manos para demostrar que se rinde es Roy Fonseca. Quien lo revisa y desarma, Francisco Altamirano.

El argentino, mientras el enemigo está en una improvisada prisión, le da un par de medias secas, cigarrillos y un pulóver.

Pocos días después, tras la rendición argentina, Roy se despide con estas palabras: “Very good Francis, very good. Don’t worry, war is politics, only politics. Goodbye”.

Francisco, por su parte, antes de que Roy se retire, se saca su boina de comando y se la entregó. “For you, souvenir”, dijo.

Agustín Vázquez, al enterarse de la historia, se puso como objetivo encontrar a Roy, de quien Francisco no había vuelto a saber. Le costó, pero lo logró.

Además, aunque parezca increíble, la escuela de buceo en la que Francisco es instructor, en ese año, organizó un viaje para bucear en La República de Seychelles, donde Roy reside.

Allí se volvieron a ver… Y algo más: Roy le quiso devolver a Francisco aquella boina, pero el argentino prefirió que la mantuviera.

Desde entonces, Agustín cada vez se involucró más en tratar de crear esos vínculos.

“Es una alegría enorme cada vez que encuentro algo”, dice.

Igualmente, no todas las historias tienen un final feliz. Por ejemplo, en cierta ocasión, Agustín ubicó un casco que había pertenecido al correntino Aníbal Verdún, en una colección privada de Gran Bretaña, supuestamente adquirido en una subasta.

“Hice hasta lo imposible para que se lo devolviesen, pero no hubo caso, y luego me enteré de que Verdún falleció… Quedé con un sabor amargo”, suspira Agustín.

Cuando se le pregunta si alguna vez estuvo en Malvinas, responde: “No, nunca fui, pero me encantaría hacerlo… Estoy armando todo, para ver si el año próximo puedo concretarlo”.

“Allá se peleó por algo que es nuestro, un pedazo de tierra patria”, expresa.

Considera que desde 1983 hubo un proceso de desmalvinización en el que el tema quedó unido a la dictadura, aunque opina que en los últimos años eso se ha revertido.

“La causa no le pertenece a un partido político o a un grupo, es de todos”, asevera.

“Cuando hablo con un veterano siento un orgullo enorme; se me infla el pecho por conversar con alguien que defendió a la bandera”, concluye.

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