2022-04-02

ERESMILDO RIQUELME

“Nuestros compañeros siguen haciendo guardia en las islas por nosotros”

Cada 2 de abril, con la conmemoración del Día del Veterano y de los Caídos en la Guerra de Malvinas, se siguen conociendo historias de vida cargadas de tristeza y dolor. A Eresmildo Riquelme, como a tantos otros jóvenes, nadie le dio a elegir, fue subido a un Hércules y bajado a tierra en otro lugar, muchas horas después supo que estaba en Malvinas, que era parte de una guerra.

Nació en El Maitén, pero a fines del año 78 se vino vivir a Bariloche. Una tarde estaba bajando leña de la montaña con uno de sus hermanos en el paso Huemul, cuando le llegó la carta del Ejército, soldado clase 63, se tenía que presentar para hacerse todos los estudios médicos.

“Me vine a dedo porque no tenía un peso para pagar un transporte, dieron bien esos chequeos médicos y fui destinado a Neuquén”, comenzó recordando. A Eresmildo le tocó como destino la base militar de Río Gallegos: “Estuve en la artillería antiaérea, donde hice un par de meses de instrucción, conocí los cañones 20 milímetros y aprendí mucho de lo referido a las armas”.

“Para nosotros todo eso era parte del servicio militar nada más, pero no palpitábamos que era para ir a una guerra”. Habían muchos sectores que denominaban pozo de zorro, “pozos bajo tierra no mayores de dos metros por uno, ahí nos tocaba hacer guardias nocturnas”.

Allá conoció a José Carriqueo, también de Bariloche, con el que se hicieron amigos, hermanos de la vida. Surgió una operación y pidió que lo anotaran también a Eresmildo para ir juntos. “Una tarde casi al anochecer llegó un camión a buscarme a esa posición, me dijeron que me tenía que presentar en la base”.  

Los formaron a todos y nadie sabía para qué era. “Después nos llevaron a la sala de armas, nos dieron la ropa de combate, cuatro cargadores de 20 tiros cada uno y otro en el FAL (un fusil de combate calibre 7,62 mm, de carga y disparo automático).

Ese 3 de abril, un par de horas más tarde, los llevaron al aeropuerto “nos subieron con un unimog y algunos cañones al Hércules, despegamos, al rato empezamos a volar bajo, pero no pudimos aterrizar por el clima y volvimos a la base”.

Al otro día, repitieron ese vuelo, “estaba más despejado, vimos un montón de islotes y fue ahí recién que el cabo que iba con nosotros nos preguntó si sabíamos dónde estábamos, ustedes vienen a defender la Patria, nos dijo”.

No tuvo tiempo de hablar con su familia de Bariloche, pero gracias a un compañero que quedó en Río Gallegos, después se enteraron que Eresmildo estaba en Malvinas.

Con dos soldados, un cabo y un cañón lo destinaron a la pista de aterrizaje: “Nuestra misión era cuidarla para que los ingleses no pudieran destruirla y gracias a Dios pudimos hacerlo”.

“El 1° de mayo estaba haciendo guardia, eran las cuatro de la mañana y en ese momento vi pasar un avión inglés, llamé a cada una de las posiciones, pero nadie me atendió”.

Era un Vulcan: “Descargó todas las bombas cerca nuestro y siguió el ataque hasta pasadas las siete, esa tarde fue el bombardeo naval”.

En ese pozo estaba con los soldados Muñóz y López y el cabo Sánchez: “La pasamos durísimo porque nos atacaron de todos lados”.

Al recordar ese momento, Eresmildo, muy conmovido, dijo: “Fue todo tan rápido y recién ahí sentimos a lo que habíamos ido, creo que ese día de 18 años pasé a tener 40, perdimos todo lo más hermoso de la juventud”.

Estuvo en Malvinas 74 días: “Una noche nos volvieron a cargar al Hércules y nos llevaron a Río Gallegos, de golpe sonó la alarma roja en el avión y apagaron todas las luces porque nos había captado un helicóptero inglés”.

“En ese momento veníamos con muchos heridos, griterío y llantos, dolor de compañeros con las piernas cortadas, las cabezas vendadas manchadas de sangre”. Volaron tan bajo que empezó a entrar agua al avión: “Hoy después de 40 años seguimos rescatando el valor que tuvieron nuestros pilotos”.

Llegaron a tierra alrededor de las cuatro de la mañana: “Nos bajaron escondidos y nos dijeron que no podíamos hablar con nadie ni comunicarnos con nuestras familias, estaba prohibido comentar lo que habíamos vivido”.

Agregó: “Y así estuvimos, en silencio y en el olvido durante diez años, hasta que en Bariloche nos empezamos a juntar con otros veteranos”.

Recordó: “Fue muy duro porque donde íbamos a pedir trabajo, al saber que habíamos estado en Malvinas, nos decían que no”. Un viernes por la mañana fue con José Carriqueo a pedir empleo a Entel: “Nos dijeron que sí, que el lunes siguiente empezábamos y nos pusimos muy felices, pero ese día nos dijeron que no podían tomarnos, porque al ser combatientes estábamos locos”. Se fueron caminando por Beschtedt: “No podíamos hablar porque nos habíamos quedado sin palabras, era tanta la angustia que no veíamos una salida”.

Eresmildo tuvo otra enorme traba, sus padres. “Mi viejo ya no está, pero mi mamá creo que hasta el día de hoy no entendió lo que fue esa guerra, todo era muy duro”.

Sentía que caminaba pisando casi la línea de la locura: “Cuando volví de Malvinas, a los pocos días mi viejo me echó de mi casa, venía de estar 74 días intentando dormir en una bolsa, lleno de barro, cuando llegué a mi cama lo único que quería era descansar. Las cortinas tenían que estar cerradas y eso lo mantengo hasta el día de hoy, porque eso me da seguridad”.

Siente que fue por ignorancia: “Me echó por vagancia, porque decía que yo no quería trabajar, fue muy difícil”, dijo muy angustiado. “Me fui caminando desde Bariloche casi hasta El Maitén, con mi diploma bajo el brazo porque supuestamente teníamos prioridad para trabajar en dependencias de Provincia o Nación”.

Su padre era jubilado por invalidez en ferrocarril: “Intenté también por ahí pero me dijeron que no, ahí casi termino con mi vida, era un linyera, me largué al alcohol, todo mal”.

El amor

De aquel jovencito que descargaba leña una tarde, ya no quedaba nada, ahora era este hombre casi alcoholizado, sucio, en la calle y excluido de la sociedad. “Decían que los excombatientes estábamos todos locos, cómo no estarlo si la sociedad nos cerraba todas las puertas, si no teníamos con quién hablar del horror que estábamos viviendo”.

Eresmildo es muy creyente: “Dios me puso el amor en el camino, mi señora fue y sigue siendo mi luz, después llegaron mis 4 hijos, mi yerno y 7 nietos”, dijo muy emocionado.

2 de abril

Los días previos al 2 de abril son muy movilizantes. “Empezás a pensar, a revivir cosas sin querer y la vigilia sirve para compartir y charlar, la llama encendida es para volver a tener presente, conectar y honrar a cada uno de los compañeros que no pudo volver”.  Dijo: “Ellos siguen haciendo guardia en las islas por nosotros”.

Los excombatientes tienen que seguir peleando por un montón de derechos y juntos siguen en ese camino para estar mejor. “Muchos se suicidaron y otros se fueron muriendo”.

Para finalizar, dijo: “Ya pasaron 40 años desde la guerra, ahora nos queda pasar cada 2 de abril de aquí en adelante, la vida continúa, nos costó muchísimos años, pero hoy es mucha la gente que nos entiende y acompaña”.

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