2022-02-09

EL MANSO

Un emprendedor y el sentimiento ambiguo de hablar del factor económico cuando el fuego hizo estragos

Kike Chiguay, en su camping Kaleuche, en El Manso, se pone mal cuando habla de cuestiones comerciales.

Siente que, ante el llanto impalpable de la naturaleza, a partir del incendio en la zona, lo monetario pasa a un segundo plano.

Y es cierto. Ver lo que las llamas dejaron –y, en menor medida, aún dejan, porque el fuego está en parte controlado, pero persiste– duele.

Lo cierto es que el tema económico no es menor. Muchas de las personas que viven en el sector tienen en la temporada veraniega su mayor ingreso, a partir de distintas actividades relacionadas con este momento del año.

“Hubo algunos días donde no se laburó, cuando cerraron la entrada para acceder a El Manso, la vez que lo pidió el comité de emergencia. Eso nos complicó a todos”, cuenta Kike, quien explica que, en tal sentido, se produjeron inconvenientes relacionados con el tema de las reservas previas.

Igualmente, recurre a una metáfora y aclara: “Pero no te podés poner a pensar en el trabajo cuando se nos está quemando el techo de la casa”.

“Esto es un desastre que nos va a marcar por mucho tiempo; ganar un peso más o uno menos no te cambia la vida, pero todo lo que sucedió sí lo hace, es una desgracia para todos”, afirma.

Kike nació en Bariloche. En su sangre se mezcla lo europeo y lo mapuche. Su apellido, precisamente, significa "niebla" en mapudungún.

“Este lugar lo compramos hace veinticuatro años”, cuenta.

“En El Manso no es la primera vez que pasa lo del fuego, pero, por ejemplo, hace como un año, cuando hubo un incendio abajo, la misma gente de acá lo apagó; los vecinos se encargaron del problema, con baldes, ollas, fuentones…”, indica. Y, en ese punto, considera: “Al principio de este fuego, si llevabas diez o veinte gauchos de Villegas o El Manso al lugar donde empezó, te lo apagaban; si hacía falta, talaban medio cerro para que no pasara nada...”.

“Los que andan en la montaña, los que desarrollan actividades ahí, conocen el sitio donde empezó todo, y no es lejos; lo puede ser para un tipo que nació en un departamento, se crio en una oficina, vive en una metrópolis, y supone que es un lugar remoto… Hubo gente que ya le había avisado al guardaparque sobre la caída de un rayo, pero no se dignaron a ir a ver hasta que se desató el desastre”, apunta el hombre, molesto.

“El laburador que se dedica a combatir el fuego no tiene con qué ir al incendio, el gobierno no baja guita… Todo es una cadena, y no es de ahora, viene de años. Al final, se va a transar con que haya minería y petroleras, para que nos den dólares y, así, comprar aviones canadienses; parece que el sentido que tiene esto es ese, porque no se puede explicar lo que sucedió. En un momento, realmente temimos que el fuego viniera para acá… Estábamos todo el día paranoicos… Y el miedo no se va”, asevera.

Kike recuerda lo molesto que se sintió al enterarse de las declaraciones del viceministro de Ambiente y Desarrollo Sostenible, Sergio Federovisky, cuando el funcionario mencionó que, si fuera por el uso de más o mejores medios, países como Estados Unidos o Australia no sufrirían los incendios y, sin embargo, también eran afectados por la problemática. “Yo no vivo en Norteamérica, sino en Sudamérica, en Argentina, en la Patagonia. Los aviones que usan acá son como si a esa chata –señala una vieja camioneta ubicada a un costado– le pusieran alas; es un chiste, no es serio. No se trata de aviones, sino de avioncitos para fumigar que los han transformado”, reclama.

Considera que, ante la sequía y otros factores que hacían vaticinar inconvenientes con el fuego, “hubo falta de previsión”. Además, se refiere a la temática jurisdiccional, cuando al principio se debatía qué brigadistas podían intervenir y cuáles no, y afirma: “Este incendio es un capricho de muchos”.

También rememora los instantes en que la situación auguraba una posible evacuación, y suelta: “Yo no me quería ir, ni loco; acá viven mis hermanas, mi cuñado, mi viejo… y es todo lo que tengo. ¿Iba a abandonarlo?”.

“El otro día, cuando vi el Cañadón (de las Moscas), me quería matar… Estuve toda una tarde descompuesto. Eso no lo vamos a tener más. Antes miraba esos cipresales hermosos, y ahora solo hay palos quemados”, expone.

Y, regresando al factor económico, revela: “Cuando llaman para consultar si el camping está funcionando, me pongo mal; te sentís un miserable diciendo que tu negocio se encuentra abierto, porque lo del bolsillo es relativo… el dolor es que, si seguimos así, no nos va a quedar nada”.

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