CINCO COMPAÑEROS QUE YA NO ESTÁN
Un mural que intentó transformar el dolor en presencia
La artista Rocío Toppetti realizó un mural en las paredes externas del San José Obrero. Este fue pintado por muchas manos de familiares y hermanos de la vida de los cinco jóvenes que ya no están.
Facundo Arias, Coqui Painefil, Toti Rodrigo Hermosilla, Rafita Nahuel y Dieguito Santana quedaron inmortalizados. Fue la manera que sus seres queridos encontraron para sobrellevar la impotencia y llenar vacíos.
Fue un proceso cargado de emociones, tanto como el día en el que, ronda de por medio, lo dieron por inaugurado.
Fernando Fernández reflexionó al respecto con una pregunta que no tendrá respuesta: ¿qué hubiéramos sido si nos hubieran dejado ser?
“Cinco vidas jóvenes que pasaron por el San José Obrero, a partir de hoy se transformaron en mural, en bandera, en palabra, en promesa, en dolor, en lucha, en trabajo, en recuerdos, en presencia. Fue un día muy difícil, a los cada vez más que somos en el Sanjo se sumaron los familiares de Toti, Dieguito, Rafita, Coqui y Facu”, dijo.
“¿Cómo se inaugura un mural que tanto nos duele? Esa pregunta nos hicimos durante los últimos días, cuando empezamos a tomar conciencia de esta idea que se puso al hombro Joaquín Collazo y concretó generosa, maravillosa y virtuosamente Rocío Toppetti”.
Empezó a ser una realidad que les llegaba muy profundo, “que removía y desarmaba, en un segundo de esas miradas fuertes, todos los mecanismos de defensa que nos creamos para seguir adelante rápidamente encapsulando el dolor”.
Ya no serán
Cuando se pierden vidas tan jóvenes, la sociedad toda debería llorarlos. Fernández imaginó el futuro de cada uno de ellos: “Rafita sería posiblemente un tallerista de Herrería, porque hubiera accedido por fin a pararse en otro lado. No como esa vez que le propuse ser operador de la Sedronar. Me miró, hizo un silencio largo, y después me dijo: 'No… yo voy a estar siempre del lado de los pibes'. Esta vez, al ver que "el Sanjo es de los pibes", no hubiera tenido problema en aceptar”.
Dijo: “Toti estaría en la cocina, bailando y cocinando, con esa mirada tranquila y buena, sin absolutamente ninguna maldad, sin hablar mucho, riendo, y cocinando, y bailando”.
“Coqui sería casi seguro un portero, operador, coordinador, siempre ponía tranquilidad y orden en cada situación, siempre estaba dispuesto a ayudar a todos, en todo, seguro estaría terminando la secundaria y pidiendo pista para otros desafíos”.
“Facu seguro hubiera encarado para el lado de la carpintería, desde que vino a decirme que iba a tener un hijo y necesitaba que le diera una mano con la cuna, y lo vi hacerlo con tanto amor, con tanta dedicación, con tanto detalle, justo él que no paraba un minuto, deteniéndose en todos los detalles, porque esa cuna era importante, y después orgulloso, sacarle muchas fotos, porque en esa obra suya iba el futuro”.
“Y Dieguito, ¿qué decir de Dieguito? Se fue hace tan poco tiempo que solo podemos imaginarlo siendo como era, buenísimo, trabajador, alegre, probándose anteojos oscuros y posando para todas las fotos. '¡Eh, Fernando! ¿Y la foto?', me gritaba desde arriba del techo o haciendo hormigón o en algún taller o paleando ripio, fuera lo que fuera, paraba, se ponía en pose y reclamaba la foto, y siempre, siempre, la agradecía con una sonrisa”.
Cuando el dolor se comparte, se convierte en un solo sentimiento, proyectando futuros: “Dijimos muchas cosas muy difíciles hoy, que estamos fallando como la gran familia que queremos ser si las vidas se nos escurren, que no hay que sentarse en la culpa que nada construye, pero sí asumir la incomodidad de la responsabilidad de cada uno”.
“Que todas las fallas del Estado son responsabilidad principalmente de los que ocupan los cargos, pero también nuestra porque no les pedimos cuenta y no nos metemos a cambiarlo. Que tenemos que lograr que nadie se alegre cuando se pierde una vida joven ni gente de otras realidades ni miembros de las fuerzas de seguridad ni funcionarios sin humanidad”.
Continuó diciendo: “Que las adicciones son la muerte y hay que decirlo bien claro porque no podemos perder más pibes, que estar a la madrugada en un lugar que no sea el hogar nos acerca a la muerte, que no reconocer, abrazar, amar un poco más, aunque sea con esfuerzo, al que lo necesita y naturalizar todas estas cercanías de la muerte nos lleva a hacer murales de pibes”.
“Poner en palabras el dolor nos ayuda a ordenarlo, soportarlo, hacerle el aguante hasta que el tiempo baje la tristeza, que este mural es la palabra de la familia del San José Obrero que nos regaló Rocío, que las luces de las 5 velas que prendimos son Coqui, Dieguito, Facu, Rafita y Toti que están entre nosotros, no sabemos de qué manera pero están, empujándonos, interpelándonos, exigiéndonos que como sociedad, familia, comunidad seamos muchísimo mejor... Hay mucho trabajo”.