2021-08-07

NOEMÍ MOLINA RECUERDA A SU PAPÁ

El primer maestro en Villa Llanquín

Cuenta la leyenda –y su hija, la periodista Noemí Molina– que el maestro Vicente estaba en una escuela de La Pampa, y se puso a hacer lo que hacía en todos los colegios por los que pasaba: pintaba piedras del lugar y, encima, escribía los nombres de los alumnos.

Pero, esa vez, vio una roca de mayor tamaño y anotó: “Las islas Malvinas son argentinas”.

Parece ser que, en aquella época (principio de la década del cuarenta, en el siglo pasado), tal cosa era algo que reñía con los vientos políticos del momento.

“Estaban por echarlo… Al final, no lo hicieron, pero lo castigaron: lo mandaron a un lugar inhóspito”, cuenta su hija Noemí.

Así, llegó a Villa Llanquín.

“La balsa aún no existía”, comenta la periodista.

“Acá, la gente, que era humilde, no tenía ganas de que sus hijos, que no contaban con un lugar donde estudiar, se fueran”, señala.

“Así que las familias hicieron una escuelita”, apunta.

“Él, ahí, tenía un catre, y un tanque para calentarse –creo que de aceite–; además, estaba el aula, con unos pocos alumnos”, continúa.

Recuerda algunos apellidos de familias que, por aquella época, vivían en el paraje: “Toro, Loncón, Llanquín –por supuesto– y los Sáez, mi familia”.

“Era maestro, cocinero y tenía que limpiar la escuela”, sostiene.

Muchas veces, los vecinos lo invitaban a comer, entre ellos la abuela de Noemí, Corina Olavarría Sáez.

“Así se conoció con mi mami, Brígida Sáez”, indica.

“Cuando yo lo iba a visitar a la escuela, de chiquita, él cocinaba, y al que más estudiaba le daba el mejor postre: dulce de batata. Siempre ganaba Juan Escobar, un primo mío, que, más allá de ser estudioso, era el mimoso de mi papá”, anecdotiza.

“Mis padres se separaron cuando mi hermana Norma y yo tendríamos alrededor de ocho años (se llevan uno de diferencia), y mi papá nos llevó a Buenos Aires”, expresa.

“Vivíamos en la calle Callao, y estudié en la escuela normal N° 9 de señoritas”, relata.

Luego ella volvió a Llanquín, pese al deseo paterno, y al poco tiempo la siguió Norma.

“Mi mamá era una mujer luchadora, como mi abuela; tenía sus manitos duras de trabajar con los alambres, cuidando a las ovejas”, rememora.

“Mi padre fue un gran hombre, pero como papá tuvo sus cosas…”, apunta.

Sucede que, como pasa en algunas separaciones, las hijas habían quedado en medio de la disputa conyugal.

Tras el reencuentro de las chicas con su mamá, la relación con Vicente no se pudo recomponer del todo. “Una vez fui a Buenos Aires y lo vi, pero la situación fue fría”, indica Noemí.

“Ya de viejito, vino dos o tres veces, y mi mamá lo recibió, le cocinó un chivo…”, cuenta.

Y sigue: “Cuando nos avisaron que estaba internado en Buenos Aires viajé a verlo. Tenía gangrena; le habían cortado un pie, y tenían que seguir con toda la pierna. Decía: ‘Después de operarme, me voy a vivir con ustedes, a Villa Llanquín’”.

En parte broma, en parte deseo, aquello nunca se concretó, porque falleció. “Tenía noventa y dos años”, detalla Noemí.

“Trabajaba mucho por los demás, y fue muy buen vecino. La gente habla maravillas de él”, manifiesta.

Y, con orgullo, apunta que, cuando realizaba el programa televisivo “Rastreadores”, le tocó hacer notas a viejos pobladores que revelaban: “Yo fui alumno de tu papá”.

Te puede interesar