2021-06-04

4 DE JUNIO DE 2011, JORNADA IMBORRABLE PARA BARILOCHE

Se cumplió una década desde aquel día en que la tarde se volvió noche: la erupción del Caulle-Puyehue

La explosión más significativa se produjo a las 15.15 y la columna alcanzó 10 kilómetros de alto por 5 de ancho. Bariloche, frente a una de sus horas más difíciles.

Fue la primera experiencia íntima con los barbijos. Por entonces, lejos estábamos de suponer que pudiera existir una situación económica peor, a raíz de la interrupción sostenida de los vuelos. Una década después, trazar paralelismos con la pandemia en curso puede servir para ubicar a la erupción del Caulle-Puyehue en su justa dimensión: al momento de redactar estas líneas, 355 barilochenses fallecieron por el COVID-19 desde su ingreso en escena. En cambio, como consecuencia de aquel cataclismo, nadie perdió la vida. Pero que nos conmocionó y marcó a fuego, ninguna duda.

En la tarde del viernes (4 de junio), se cumplirá una década de la explosión. En 2011, era sábado. Unos minutos después de las 16, se hizo de noche en pleno día, ante la sorpresa y el desconcierto de Villa La Angostura, Bariloche, San Martín de los Andes, Traful y poco después, de las localidades de Línea Sur. No mucho más tarde, un rumor se sumó a la banda de sonido de la tarde más aciaga, pero no era nieve. No.

Los sonidos y la textura de la arena que comenzó a caer del cielo permanecerán para siempre en la memoria de quienes estábamos en el área de influencia del fenómeno. Pronto supimos que un volcán cercano, al que siempre habíamos poco menos que ignorado al ir o venir de Chile, había entrado en erupción. ¡Y de qué manera! En realidad, los movimientos del Caulle-Puyehue habían comenzado a fines de abril, pero la mayoría desestimó todo peligro. Inclusive las autoridades municipales y provinciales.

Las advertencias telúricas se convirtieron en hechos cuando el cordón alcanzó un promedio de 230 sismos por hora y varios de los eventos superaron los 4 grados en la escala de Richter. La explosión más significativa se produjo a las 15.15 y el Servicio Nacional de Geología y Minería de Chile (SERNAGEOMIN) midió la columna en 5 kilómetros de ancho y una altitud de 10 kilómetros sobre el nivel del mar. En su vecindad estábamos.

La noche de aquel 4 de junio fue de pesadillas: entre el volcán y la nube de cenizas se desató una pavorosa seguidilla de truenos y relámpagos que no solo asustó gente, también provocó pánico en los miles de perros que viven en Bariloche y demás localidades directamente afectadas. El domingo (5 de junio) finalizó la caída de arena y por las informaciones que comenzaron a circular, se supo que, en la zona de Villa Tacul y otros puntos del extremo Oeste, más que arena había caído piedra pómez.

En cambio, hacia el Este, la erupción se expresó a través de un polvo fino, pernicioso para quienes tuvieran problemas respiratorios. Aunque nunca se declaró la obligatoriedad de su uso, los barbijos aumentaron desproporcionadamente de precio y pronto escasearon. El tránsito terrestre hacia y desde Bariloche no se interrumpió, pero otros artículos también aumentaron en forma desmedida, como el agua mineral.

El intendente de entonces era Marcelo Cascón y en la provincia, gobernaba Miguel Saiz. Las autoridades recomendaron permanecer en las casas, pero más allá de la suspensión de clases, no hubo otras medidas restrictivas. Los aviones dejaron de volar porque sencillamente, no podían soportar mecánicamente la infiltración de las ínfimas partículas volcánicas en sus turbinas.

Las primeras mediciones establecieron en 30 centímetros la ceniza acumulada. Ni siquiera después de las nevadas más intensas salieron a relucir tantas palas. El normal desenvolvimiento de la ciudad se trastocó del todo cuando al martes siguiente (7 de junio) llovió y del cielo, cayó barro volcánico. Como consecuencia, las instalaciones sufrieron una presión inédita y salvo unas pocas cuadras céntricas, Bariloche quedó sin energía eléctrica. El desconcierto sin medida está guardado en la memoria.

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