2021-05-30

ANTE LAS VOCES EN TORNO A LA CANTIDAD DE PESCADORES EN EL LIMAY, OPINÓ EL DECANO DEL CRUB

“Habría que sentarse a pensar formas de conservar el río sin poner demasiadas regulaciones”

“La pesquería del Limay es un tema de interés, porque se trata de un ambiente emblema”, explicó el decano del Centro Regional Universitario de Bariloche (CRUB), de la Universidad Nacional del Comahue, Marcelo Alonso, especialista en investigación de la dinámica poblacional de peces silvestres, en particular en lo relacionado con su edad y crecimiento, apuntando a la conservación y gestión pesquera de los recursos ícticos.

El experto señaló que a ese río, “concurre mucha gente, en general a los primeros tramos, porque es donde suelen ir los peces más grandes, por el hábitat”.

“Además, cerca de la temporada de desove, se van concentrando algunos de gran tamaño que entran desde el lago”, añadió.

Alonso destacó que el Grupo de Evaluación y Manejo de los Recursos Ícticos del CRUB siempre desarrolla estudios en el Limay.

“Hicimos un estudio del movimiento de los peces en el 2000, y, además, junto con la gente de la facultad de Turismo, nuestro grupo realizó un análisis de movimiento económico de la pesquería, haciendo encuestas”, informó.

El decano puntualizó que, junto a sus colaboradores, en general estudia “los recursos ícticos, la ictiofauna, tanto en lagos como ríos patagónicos, desde hace más de treinta años”.

“Uno siempre se pregunta: ¿qué es lo que hay?, ¿en qué estado se encuentra?, ¿qué especies presentes se ven?, ¿cuáles es el estado sanitario?, ¿cuáles son sus relaciones tróficas?, es decir si compiten por la comida o se comen unos a otros”, relató.

“Entre el 2016 y el 2020 hubo un proyecto de investigación en el Limay donde, con la ayuda de los guardapescas de Río Negro, hicimos una cuantificación de lo que se llama presión pesquera del río”, contó.

“Los guardapescas, una vez por la mañana y otra por la tarde, e incluso de noche, hacían recorridas para controlar si la gente tenía permiso, y realizaban conteo de pescadores”, desarrolló.

“De esta manera, pudimos determinar, contando a quienes estaban ubicados del lado rionegrino, del neuquino, e incluso a los que iban embarcados, cómo es a lo largo de la temporada la presión de pesca, es decir la cantidad de pescadores sobre un sector del río. Y, efectivamente, durante una parte de la temporada, hay una mayor cantidad en los tramos iniciales”, siguió.

Alonso expuso que los estudios en la zona continúan: “De hecho, ahora estamos viendo más finamente qué relación hay entre las variables ambientales, entre las condiciones de uso del río y la biota (la parte viva)”, puntualizó.

En cuanto a los efectos que puede tener la abundancia de pescadores en cierta sección del Limay, realizó diversas consideraciones, pero siempre aclarando que la concreción de una cuantificación de peces, vinculada a lo que la presencia de personas puede hacer sobre ese punto, bordea lo imposible. “En forma teórica, cuanto más intervención hay en una parte del río, más efectos negativos puede llegar a haber. Pero es muy difícil hacer estudios sobre el efecto de la pesca, porque requeriría tener mucho trabajo de campo, que nosotros no estamos en condiciones de llevar a cabo. Además, se precisaría la colaboración de los pescadores, y muchas veces no la prestan, porque no les gusta que vayas a ver qué fue lo que pescaron”, expresó.

“Si bien el río tiene como regulación que la captura implica la devolución obligatoria, es decir que todos los peces que se agarren deben liberarse, existe una mortalidad asociada”, manifestó.

“Cuando se los captura, por más que se los manipule poco, quedan sensibles. Se estresan, y puede haber mortalidad diferida. Al pelear, porque quieren escaparse, hay producción de ácido láctico, y si no pueden diluirlo rápidamente, eliminarlo de alguna manera, se intoxican, y eso, a la larga, produce efectos negativos, incluso la muerte”, advirtió.

También enunció que cuando “suben más peces, por ejemplo en etapas lluviosas, el efecto de los pescadores es menor”.

“Ahora hay menos agua, porque es un año seco. Al reducirse el caudal, se aprecia una distribución más concentrada, y ahí es donde van a buscarlos los pescadores”, siguió.

“Se produce la misma presión, pero en mucho menos volumen de agua, en un hábitat que, de por sí, está reducido y con efectos negativos por la sequía”, apuntó.

“Además, al concentrarse en escasos sectores del río, quienes pescan producen un efecto físico sobre el ambiente, por ejemplo de pisoteo de las orillas y el desbarrancamiento de lugares que pueden ser sitios de desove”, añadió.

Cabe remarcar que la Universidad del Comahue integra la Mesa Directiva Honoraria de Pesca Deportiva.

En ese sentido, el decano recordó que, cuando se propuso extender la temporada hasta fin de mayo, “entre los círculos de pescadores y los guías se charlaba que, tal vez, todo el mes era demasiado”.

“Porque los peces ya están remontando para desovar, y se encuentran más sensibles”, especificó.

“Se pueden pisotear los futuros -o actuales- lechos de desove”, agregó.

“Unos de los problemas que solemos tener es que, a veces, los técnicos y los científicos son convocados o consultados, pero cuando la respuesta no agrada no es tenida en cuenta, tanto en lo que hace a las autoridades de aplicación como a los pescadores o guías”, comentó.

“Habría que preguntarse qué tanto daño sobre el ambiente provoca extender la temporada de pesca durante mayo, y si es reversible o irreversible”, opinó.

Si bien, tal como dijo, realizar una cuantificación de peces resulta casi una quimera, hubo un intento de llevar a cabo un análisis relacionado con la influencia de la acción humana: “Con algunos de los guías de pesca planteamos por qué no hacer un control, un registro sobre lo que se pescaba, cuál era el estado, si los peces ya estaban maduros sexualmente… pero no hubo manera”, sostuvo.

“Mucha gente quiere acceder al recurso, pero no desea responsabilidades”, aseveró.

“A las personas les gusta ir a pescar, y no hacer un trabajo científico que, en realidad, no le corresponde”, añadió.

Pero, si bien no es obligación de los pescadores hacer ese tipo de labor, lo cierto es que lo que se les pedía no era muy complicado.

“Propusimos que tuvieran una tarjetita donde registraran la hora de inicio y final de la actividad, y cuántos peces de cada especie habían pescado”, detalló.

“El propósito era saber el tiempo que había estado en el río la mayoría de los pescadores, cuántos peces se capturaron y en qué sitios… Resultó imposible popularizar e imponer su uso. Algunos guías se olvidaban de entregarlas a sus clientes, otros pescadores no tenían ganas de completarlas… Las repartimos, pero no volvían”, desarrolló.

“La cuestión de que los mismos pescadores participen de la gestión del recurso es interesante; en otros países sucede, pero aquí es difícil”, consideró.

“Muchas veces trabajar con ellos es complicado, porque sus observaciones son subjetivas. Dicen “pesque más” o “pesqué menos”, pero: ¿cuánto más, cuánto menos?, ¿les pasó a todos, a algunos?”, planteó.

“También es cierto que existe una falta de posibilidades de construir herramientas de monitoreo que permitan saber cómo está la pesquería, por lo que, la verdad, es que uno se maneja por percepciones”, reconoció.

“Si en algún momento la captura comienza a bajar, algo sucede, porque hay menos peces”, dijo.

“Puede ser, por ejemplo, algo ambiental, como el cambio global que hace que el agua esté menos fría en la región y eso se relacione con el desove de los peces, los nacimientos y la supervivencia de los juveniles”, profundizó.

“También está la posibilidad de la influencia negativa de los furtivos, que sacan tantos peces que cada vez hay menos para dejar descendencia hacia los años que siguen”, reflexionó.

De esa manera, expuso que la cuestión general “es un tema que, respecto de la normativa, se tiene que abordar desde enfoques sociológicos y psicológicos a biológicos y ecológicos, y también incluir conocimientos de pescadores, para formular políticas de gestión de los recursos”.

“Habría que sentarse a pensar formas de conservar el río Limay sin poner demasiadas regulaciones”, estimó. 

En ese punto, razonó que se tendría que analizar “cómo organizar turnos de pesca, para que no haya atropellamientos ni se produzca un efecto negativo importante sobre una parte concentrada del río”.

Igualmente, aclaró que se trata de “algo muy complicado”.

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