2020-12-18

EN EL COMIENZO DE LA PRIMAVERA TEATRAL

Con seis obras cortas, volvió el teatro presencial a Bariloche

Se pusieron en escena en el Anfiteatro de Villegas y Moreno, al aire libre. Indisimulable alegría en la comunidad teatrera de la ciudad.

Nunca fueron tan insuficientes los barbijos para ocultar sonrisas. Pocas veces las miradas asumieron la tarea de expresar tantos sentimientos. Con la apertura del Patio Teatrero, el teatro de carácter presencial volvió a Bariloche después de nueve meses de enclaustramiento mal sorteado por los pocos elencos que se animaron al streaming. La primera función que se canceló debió verse el 12 de marzo último, incluso antes de que se suspendieran las clases. Quizás el 16 de diciembre no pase a la historia grande del arte dramático local, pero reparó un tanto la sensación de injusticia que experimentó el sector en los últimos meses.

El formato del Patio es fenomenal. Las experiencias anteriores se habían llevado a cabo en el Centro Cívico y en la Escuela de Arte La Llave. En su versión 2020, se concretó en el Anfiteatro que alguna vez se llamó Ciudad de la Vida (Villegas y Moreno), donde también transcurrirán varias de las funciones presenciales de la Primavera Teatral. La posibilidad de albergar espectáculos al aire libre volvió a cotizar el espacio, no siempre considerado en su potencialidad.

En esta ocasión fueron seis las propuestas, unipersonales y monólogos. La modalidad se desenvuelve así: todas las obras -obviamente cortas- comienzan al mismo tiempo y cada espacio escénico está relativamente cerca del otro, a tal punto que los sonidos o la música de una puesta pueden interferir en otra. La espectadora o el espectador deben concentrarse para no perder el hilo, si esa es su intención. Si no, puede desplazarse hacia otra propuesta, como si hiciera zapping. Una vez que cada trabajo finaliza, después de un breve descanso de la actriz, actor o titiritero, vuelve a comenzar y así en forma de loop, hasta que llegue la hora de finalización.


Según Vargas, no hay nada que ver ahí. (Foto: Fabio Hernández)

El largo período de hibernación finalizó con Ezequiel Reggi (actuación y dirección), quien puso a consideración del público “Una ama como uno puede”. Lata Teatro presentó la actuación de Flavia Montello en “Rosaura”, trabajo que dirige el gran Darío Levin. Brújula Teatro Esencial a Cuerda ofreció “Raras ahí”, con Aravinda Juárez en escena y la dirección de Micaela Cacheda. Punto Cero Teatro compartió “No hay nada que ver acá”, con la actuación de Francisco Vargas y la dirección de Juan de Paz. La presencia titiritera quedó garantizada con David Ávila, integrante de Títeres al Viento, que presentó “Mamá” y por último, pero nunca menos importante, Santiago Álvarez (dirección y actuación), quien sacudió con “Crisis”.

Actualidad

Por su temática, podrían agruparse los trabajos de Reggi y Montello. En “Una ama como uno puede” no hay errores en la utilización del género, sino la intención de poner énfasis en uno de los asuntos más candentes de la actualidad: las mujeres que así se sienten en cuerpos de hombres o viceversa. En el extenso texto que interpretó el actor, hay además apelaciones al amor más allá de las apariencias físicas y también, una denuncia contra la homofobia. Si bien está expresada en particular contra personal carcelario, sabemos que lejos está de limitarse al ámbito penal.

Mucho más breve, el trabajo de Montello y Levin apela al tatuaje como metáfora de la transformación de los cuerpos. La actriz asume el rol de un macho estereotípico que se tatúa el nombre de su amada en el pecho. Lejos de contentarse, luego hace otro tanto con una imagen de las nalgas de la mujer, sobre sus propias nalgas. Y así sucesivamente, hasta que la identidad de los cuerpos se confunde o mejor dicho, se funde.



Montello y su "Rosaura".

La caracterización de Aravinda Juárez fue tan trabajada que en principio, costaba reconocerla. Además, se valió de una mesita, tazas y masas para recrear la ingesta de té. “Raras ahí” es un monólogo desopilante de intrincada construcción, en cuyo transcurso el personaje relata peripecias junto a su amiga Roberta, que nunca aparece en escena. Los juegos de palabras son ingeniosos y terminan con una ironía sobre la comercialización de servicios -en este caso, cultivar la voz- a través de internet.

Ávila recreó un espectáculo de kamishibai, modalidad japonesa que consiste en narrar una historia valiéndose de una pequeña casita o teatrito, por el cual se desplazan imágenes, en este caso, bellos dibujos. Una oda al abrigo que supone toda “Mamá”. En “No hay nada que ver acá”, Vargas increpaba al público, precisamente con esa afirmación o mejor dicho, negación: “¡no hay nada que ver acá!” El actor se valió de un bandoneón para marcar los contrastes de clima en su trabajo.

En “Crisis”, Fernández flirtea con los límites entre el teatro y la performance. O entre el arte dramático y la danza. Propuesta muy física, sin texto, con la reproducción de música. Como toda propuesta hermética, puede interpretarse de muchas maneras pero pareciera denunciar la alienación de la civilización hegemónica contemporánea, la violencia y los mandatos tecnológicos con gran destreza y expresividad.

Una tarde de primavera tardía, volvió el teatro a Bariloche. A pesar de las demoras, se hizo justicia.

Adrián Moyano

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