2020-12-04

UN PUESTO DIFÍCIL

¿Quién fue el embajador argentino en la Alemania nazi?

Designado en Berlín desde 1932, Eduardo Labougle Carranza fue un diplomático de carrera. Pronosticó la crisis que terminó con Adolfo Hitler en el poder ejecutivo y aportó detallados informes.

¿Quién fue el embajador argentino durante el período nazi de Alemania? ¿Qué roles cumplió y de qué manera defendió los intereses del país en esta etapa tan significativa para la historia de la humanidad? Afrontó tamaño desafío Eduardo Labougle Carranza, un diplomático de carrera que ya había prestado servicios en Berlín en un período anterior. Conoció al mismísimo Hitler en 1933 y, a raíz de su posición ciertamente privilegiada, fue unos de los primeros en advertir los peligros que se cernían sobre Europa y también sobre la Argentina.
Conoce a fondo su actuación en la capital alemana Julio Mutti, historiador y escritor que se consagra a la investigación del nazismo y sus vinculaciones con el país. Precisamente, en 2017 lanzó “En el ojo del huracán” (Olmo Ediciones), una biografía de Labougle. Ese mismo año, publicó un artículo sobre el tema en “Legado. La revista del Archivo General de la Nación”, que circula digitalmente y está disponible en línea. Esa es nuestra fuente.
A título de introducción, estableció Mutti que “en 1932, cuando los fascistas italianos llevaban ya varios años entronizados en Italia, y mientras Hitler se disponía a iniciar su meteórica carrera hacia la deglución total del poder en Alemania, el diplomático argentino se acomodó en lo que sería el epicentro de la oscura tormenta que se desencadenaría sobre el viejo continente”. En efecto, “Eduardo Labougle Carranza fue un hombre que estaría destinado a presenciar, en una posición privilegiada, los sucesos más graves que el mundo contemplaría durante aquellos aciagos años. Para ese momento, era ya un avezado diplomático de carrera, con un sobresaliente currículum y una templanza otorgada por la experiencia de su paso previo por Berlín”.
Sus comienzos databan de 1911, cuando arrancó como secretario de primera clase en la Embajada de Argentina en Holanda. Tres años después y en plena Primera Guerra Mundial, ya revistaba en la sede diplomática de Berlín. Después de pasar por Cuba, Colombia, Venezuela y México, retornó a Europa y en 1932, cuando en la Argentina gobernaba Agustín Justo, fue destinado nuevamente a la capital alemana.

Contactos en las altas esferas

Argumenta la investigación de Mutti que “tal vez gracias a su paso previo por el país, el representante argentino gozó, casi desde el comienzo, de los más altos contactos entre la clase política, industrial y de la alta sociedad alemana. A su llegada, los hechos más importantes que sacudieron al mundo comenzaron a sucederse uno detrás del otro: los entretelones del ascenso de los nazis al poder, la Noche de los Cuchillos Largos, el boicot contra los judíos, el rearme de la Alemania nazi, la muerte de Hindenburg, la anexión del Sarre, el Anschluss, la crisis de los Sudetes, las deportaciones, y todos aquellos recordados eventos que fueron llevando al mundo a la conflagración más grande y sangrienta de la historia”.
Pero Labougle no se limitó a observar en silencio. “Todo lo contrario. Sus extensos y detallados informes enviados desde Berlín, que hoy descansan olvidados en pesadas cajas metálicas en el Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores, nos dan una clara idea de su actuación durante aquellos agitados años. Ubicado en el centro de la escena, siempre obtuvo información de primera mano y estuvo excelentemente relacionado tanto con importantes líderes nazis como con los más distinguidos diplomáticos occidentales. Todos estos detalles y asombrosas historias se narran en sus innumerables reportes”.
Cuando Hitler se hizo de la Cancillería alemana –el Poder Ejecutivo-, el embajador tuvo la oportunidad de conocerlo. “Pronto, Labougle se encontró cara a cara con el nuevo hombre fuerte de Alemania, Adolf Hitler. Corría el mes de febrero de 1933. La ocasión era el gran banquete protocolar que el jefe de Estado ofrecía anualmente a dicho servicio exterior. El Palacio Presidencial de Wilhelmstrasse 77 lucía tan engalanado y reluciente como si Alemania estuviera atravesando la época dorada del imperio”, rescata el texto de Mutti.
En aquella jornada, “todos los diplomáticos acreditados en Berlín deseaban contemplar de cerca a ese hombre que, pocos días antes, se había catapultado al poder; pero no precisamente porque simpatizaran con él, sino más bien por aquella extraña atracción, algo excéntrica, que todos querían experimentar íntimamente. Casi como sería costumbre durante los siete años que permanecería en su puesto, el representante argentino fue ubicado aquella noche en las cercanías del canciller, justo donde se hallaban los embajadores de mayor trascendencia para Alemania”. Es que el intercambio comercial entre los dos países era importante.
Según las impresiones de Labougle, “aquella noche, sobre la izquierda del viejo mariscal Hindenburg, más allá del embajador soviético y la esposa del embajador italiano, un hombre con la mirada inquieta y el pelo desprolijo, casi descuidado, movía sus manos algo nervioso, como no sabiendo qué hacer con ellas. Las mangas de su frac, el que usaba por vez primera, eran demasiado largas, como si la chaqueta hubiera sido confeccionada para otra persona. Era Adolf Hitler, el nuevo canciller”.
Añade el texto de Mutti: “luego de la cena, mientras el octogenario presidente Hindenburg se entretenía cortejando a las damas, Labougle pudo contemplar cómo Hitler sostenía una acalorada discusión con el embajador inglés. El nuevo canciller se había exaltado, como solía hacerlo, y gesticulaba ampulosamente con sus brazos”. En un informe posterior sobre aquella velada, el embajador argentino recordó: “Ya se advertía la rudeza de su prepotencia futura”. Pero las cosas no hacían más que empezar.

Adrián Moyano

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