PARA CONCIENTIZAR SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO
La imagen de Giselle Monje quedó plasmada en un mural
Se trata del cuarto mural de una serie de ocho retratos de mujeres barilochenses, víctimas de violencia de género, que realizó la artista plástica Rocío Toppetti. Cada una de sus obras está siendo pintada en los barrios en que vivieron, como una toma de conciencia y para mantener siempre presente lo que les sucedió. Parte de la familia de Giselle participó de la actividad, en una jornada cargada de emociones.
Cuentan con el acompañamiento de Ni Una Menos Bariloche y suman instituciones que deseen ser parte del mensaje. La comunidad asimismo puede colaborar con pintura o pinceles porque hasta el momento todos los materiales los está poniendo la artista.
El mural de Giselle fue pintado en una de las paredes del jardín de infantes del nivel inicial ubicado en el barrio Mutisias, allí los pequeños de 3 a 5 años podrán verlo y al consultar, sabrán parte de la triste historia de la joven. Toppetti dijo al respecto: “estamos acostumbrados y acostumbradas a que las imágenes que nos reciben en los jardincitos sean trenes con ojos, flores bailarinas, monos colgándose de ramas dando bienvenidas. Pero ¿por qué no la memoria de una mujer del barrio? ¿Creemos que es adoctrinamiento? ¿Creemos que algo habrá hecho?".
Continuó diciendo: “las infancias necesitan que dejemos de hacerles cargar el peso de nuestra sociedad hipócrita. Necesitan crecer en libertad. Necesitamos construir con amor y educación la sociedad más justa e igualitaria que venimos necesitando hace tiempo”.
Es por ello que ahora Giselle está ahí. “Porque la queremos recordar con esa sonrisa. Llena de color y peques jugando y riendo. Y ellos están ahí, jugando y riendo sabiendo que este tema nos compete a todos como sociedad. No es una carga para la familia y nadie más. No es un dolor escondido de hijos e hijas que casi todas las veces tienen edad de nivel inicial”.
Para finalizar dijo “luchamos por un 'Nunca más', no por escondernos bajo vergüenzas y culpas, bajo soledades y desconsuelo”.
Historias que duelen
Ante cada mural pintado surge una breve historia de vida. ¿Cómo se escriben las historias que nos duelen? ¿Cómo se pregunta por una vida arrebatada, tan repentinamente? ¿Dónde se buscan las respuestas de una causa cajoneada, abandonada?. ¿Dónde colocar los interrogantes a las preguntas que nadie hace?
Vilma Giselle Monje tenía 21 años, estudiaba Ciencias Económicas en la Universidad de Río Negro y era militante de la Unión Cívica Radical. Vivía en el barrio Vivero junto a su mamá, en el mismo barrio donde le tocó ser testigo del asesinato de Lucas Bascur. Aunque muchas teorías apuntan a que esa fue su sentencia de muerte, no hay nada comprobado.
Me gustaría escribir sobre Giselle, cuál era su color favorito, que proyectos tenía, si le gustaba su carrera, si se sentía a gusto en la universidad. Si le gustaba salir, bailar, leer, escribir. Qué motivos le robaban el sueño o la empujaban por las mañanas. Pero es difícil elaborar esas preguntas si hay que dirigirlas a su madre o sus hermanos. Es como querer limpiar una herida abierta, uno no sabe bien, cómo hacerlo y teme lastimar más.
Hace unos días salió una noticia, sobre una mujer que estuvo secuestrada varias horas en ese mismo barrio. Atada, violada, golpeada. Apenas una noticia, al lado del inmenso silencio social, en una ciudad que se empeña en callar la violencia de género, en taparla o justificarla incansablemente.
En el mismo barrio ocurrió el asesinato de Bascur el 9 de febrero de 2013. Él circulaba en moto con quien sería el hijo de su pareja, de 13 años. El niño manejaba, él iba a atrás, y fueron tiroteados. Bascur murió en el acto, el niño quedo gravemente herido. Por esto, fueron condenados a finales de diciembre de 2013, Edgardo Omar “El Enano” Vera a 19 años de prisión y Héctor Sebastián Bahamonde a 18.
Giselle fue convocada a declarar en ese momento en la comisaría 28. Pero antes de que se presentara fue interceptada por un sujeto encapuchado que la amenazó: “Callate porque te pego un tiro”, le advirtió, según informaron entonces fuentes judiciales. Nunca se identificó al autor de esa amenaza. El fiscal Fernández afirmó que Giselle era testigo de la causa que investigaba el homicidio de Lucas, pero que "no era testigo protegida" porque "su testimonio no era relevante en la causa". Aunque no se sabe si a Giselle la mataron por esta causa, lo cierto es que la justicia una vez más desamparó a una mujer, poniéndola en la mira, exponiéndola, en un conflicto muy denso.
Bascur también era un pibe y había matado a un pibe, y de eso escapaba. Vivía una historia de esas que como colectivo nos encanta ver televisada: pibes presos, fugados, rotos, con los cuerpos cuales mapas de la desidia, con apodos tumberos, como etiquetas de muerte.
Son esas historias que nos encanta ver como ficción, pero nos horrorizamos y las negamos, nos indignamos y las condenamos cuando suceden frente a nuestros ojos a plena luz del día en los barrios, que son cárceles abiertas, donde los pibes nacen con una condena según el apellido.
Y así se olvidan, y así nadie sabe nada, nadie pregunta, nadie responde. Y así queda en el olvido, la vida de una piba. La investigación estableció que a Giselle la mataron la noche del 8 de diciembre o en la madrugada del 9 de diciembre de 2013.
“Vamos a seguir luchando para el que te hizo tanta maldad pague, ya que no solo te quitó la vida, también los sueños y los proyectos que tenías por delante”, escribía su familia en una carta pública allá por 2015, al tiempo que su madre la recordaba: “Gise no se le callaba a nadie. Si tenía que decirte las cosas en la cara para bien o para mal te las decía”, Giselle era la primera de la familia en llegar a la universidad pública.
Una cruz de madera con una humilde placa de metal, con el nombre Vilma Giselle Monje, sobresale a un costado de la calle de ripio que conduce hasta el barrio Vivero Municipal de esta ciudad. (Fotos gentileza Daniela Liska).
Susana Alegría