“HAY QUE TENER RESPONSABILIDAD GENERACIONAL”
Alejandro Beletzky, el hombre que denunció el proyecto que terminó en el Abrazo al Limay
“Hubiera tenido un efecto feroz”, manifiesta el ecologista Alejandro Beletzky, acerca del proyecto de construcción de la represa Segunda Angostura, que derivó en el Abrazo al río Limay, del que se cumplen veinticinco años.
Justamente, a partir de sus denuncias públicas, fue que la gente de la zona comenzó a concientizarse acerca del peligro ambiental que representaba aquello.
Beletzky había sido guardaparque, y, como tal, participó del rescate de fauna cuando hicieron la represa de Alicura y la de Piedra del Águila.
“Siempre discutí la cuestión de los estudios de impacto ambiental, que nunca se hacen, o se llevan a cabo luego de las acciones, para justificar el desastre que ya se realizó”, asevera.
“Es un tema que aún hoy planteamos como necesidad, porque se trata del impacto ambiental, social y económico. Si los números dan mal, social o económicamente, el proyecto no se puede hacer. Eso tiene que ser una constante, porque te dicen ‘ambientalmente no daña tanto’, pero socialmente y económicamente no sirve, ¿para qué vamos a hacerlo entonces?”, cuestiona.
El ecologista tenía un programa radial de corte ambiental, y, al enterarse de la idea de llevar a cabo la construcción de la represa Segunda Angostura, comenzó a instalar el tema entre sus oyentes.
Luego, llegó la entrevista que le hicieron en El Cordillerano (publicada el 5 de enero de 1995), que fue portada del diario y sirvió como disparadora para que los vecinos comenzaran a movilizarse.
“El proyecto planteaba volar la desembocadura del río Limay. Hay una pared natural que, en la mínima, mantiene un nivel constante del lago; en la máxima corren mil seiscientos metros cúbicos por segundo…”, explica.
“Ellos decían: hacemos, en la Segunda Angostura, un dique que llegue hasta el lago, con lo cual esa pared queda tapada”, continúa.
Y especifica: “Aunque no levantara el nivel del lago, con esa llave de paso iban a manipularlo”.
“Desde lo ecológico, hay una circunvalación del lago que tiene determinada actividad, con los huillines y las aves. Todo el ambiente está adecuado a un pulso de máximas y de mínimas, que, si se modifican, cambian la dinámica que, históricamente, después de la glaciación, se formó”, expone.
“Por otro lado, como siempre primó el negocio y no el ecosistema, si volaban esa pared natural, podían manejar más abajo la mínima, con lo cual dejarían costas totalmente desprotegidas”, puntualiza.
“Además, prácticamente, desaparecía el Limay”, sostiene.
Y se explaya: “Una cosa es manejar un espejo de agua de determinado volumen, como puede ser Alicura o Piedra del Águila, y otra los quinientos kilómetros cuadrados del Nahuel Huapi, con todas las cuencas. O baja mucho, con lo cual se escurre más rápido; o sube mucho, y se taponan ríos y arroyos. Una represa en ese lugar modificaría toda la cuenca del Parque Nacional”.
“Les interesaba más agua para más energía. El pensamiento es lógico. Lo que es irracional es el criterio de la tierra interminable. En los ochenta, empezamos a hablar de los peligros del cambio climático: se terminaba el bosque, desaparecían especies… nos miraban y decían que era inextinguible. Ahora todos están preocupados. La manipulación, con la geoingeniería climática, está ocurriendo. La Argentina perdió más de un noventa por ciento de su territorio forestal”, informa.
El ecologista retrocede hasta el 8 de octubre de 1995 y cuenta: “Ese día había ido a Bolsón, y, al volver, tuve que dejar el vehículo lejísimos para poder llegar. Fue una convocatoria social maravillosa, para decir: ‘¡Basta!, no nos arruinen el lago’”.
Ante la consulta de si cree que sería factible que, en algún momento, reflotaran el proyecto, manifiesta: “En un mundo tan capitalistamente jodido, puede aparecer alguien a quien se le ocurra hacerlo de nuevo, pero va a haber una resistencia feroz, como en aquella primera convocatoria”.
Alejandro tiene sesenta y seis años. Nació en Buenos Aires. Recuerda su infancia en el Hogar Escuela Evita, de Ezeiza, donde el padre era jefe de mantenimiento. Creció rodeado de bosques.
Comenzó a venir a Bariloche a los catorce años, de campamento con sus papás.
En una de sus visitas al sur, en la zona del lago Lolog, una vez apareció un guardaparque a caballo. “Fue un impacto que me hizo decir: ‘Algún día, quiero ser eso’”, rememora.
Lo lograría.
Pero, primero, aunque parezca increíble, estudió química.
Beletzky relata: “Tuve un profesor que se llamaba Donato Álvarez. Íbamos a las industrias químicas, y, cuando salíamos de ver el proceso, nos llevaba a la vuelta de las fábricas; muchas estaban en el Riachuelo. Nos mostraba los desechos y decía: ‘Esto no se debe hacer’”.
“Ahí empecé a tomar conciencia de la locura que realizábamos los químicos. Armamos una asociación de técnicos en Buenos Aires y comencé a militar en la conservación del ambiente”, narra.
Además, en Agronomía, participaba de la Juventud Universitaria Peronista.
“Con el golpe, me autoexilié de la facultad. Me enteré que acá había una escuela de guardaparques y me presenté”, cuenta.
Ya había cerrado la inscripción, pero tanta fue su insistencia que el comandante de Gendarmería, don Horacio Fenocchio, que en ese tiempo era jefe nacional de Guardaparques, le dijo: “¿Vos sos el hincha que quiere inscribirse? Mirá que, si entrás acá, te vas a tener que cortar el pelito y la barba”.
Alejandro tenía cabello largo, chiva en el rostro, y vestía de poncho…
El joven respondió: “Voy a dejar la facultad y mi profesión como químico, mi familia queda allá, ¿a usted le parece que puede preocuparme sacarme el pelo y la barba, si así lo dice el reglamento?”.
“Sí, tenés razón. ¿Tenés tiempo? ¿Te quedás? Así aprovechamos y te hacen las entrevistas”, contestó el jefe.
Hubo una especie de coloquio, donde el muchacho dejó impresionadas a las autoridades, y comenzó el curso.
“Fui guardaparque hasta el 91. Todas mis luchas generaron sumarios internos y persecuciones. Me enojé con funcionarios que miraban para otro lado en muchas cosas del Parque. Presenté denuncias en la Fiscalía de Investigaciones Administrativas. Mientras estuvo el fiscal Ricardo Molinas, no me podían tocar, porque me defendía; finalmente, Carlos Menem lo sacó, y a los quince días nos echaron, a mí y a otro compañero”, manifiesta.
“En 2004 volví, y estuve seis años como asesor del directorio de Parques”, añade.
Hoy, dice que tantos combates librados contra intereses corruptos le dejaron secuelas físicas. Un parche tapa uno de sus ojos. La preocupación se transformó en tumor. En 2001, cuando lo operaron, le arruinaron un nervio que es el que da motricidad ocular. Le quedó el párpado caído, y lo oculta para que no lo dañe la luz.
Pero, más allá de todo, no olvida su lucha ecologista: “El tema es una toma de conciencia. Hay que tener responsabilidad generacional. Si nosotros tuvimos la posibilidad de disfrutar del lago Nahuel Huapi, nuestros hijos, nietos y bisnietos deben poseer la oportunidad de disponer de este mismo lugar”.
Christian Masello / Foto: Facundo Pardo