25 años del abrazo al Limay: Y todo empezó con una tapa del diario El Cordillerano…
Se cumplen veinticinco años de un hecho histórico: el Abrazo al río Limay, donde aproximadamente cinco mil personas se reunieron en pos de impedir la creación de una represa que hubiera cambiado notoriamente el ecosistema de la zona. Y todo comenzó con una portada del diario El Cordillerano.
El jueves 5 de enero de 1995, un vecino de Dina Huapi, José “Pepe” Gamez, fue a la panadería. A la salida, en un kiosco cercano, vio el ejemplar de ese día.
Lo compró.
Pepe, en la sala de su casa. Sobre la mesa, le edición del diario El Cordillerano donde salió reflejado el Abrazo.
Cabe recordar que El Cordillerano, en ese momento, tenía poco más de un mes de vida.
Al observar la portada, Pepe casi se infarta.
“La Fundación Huala se opone a la represa de la Segunda Angostura”, decía el titular, a partir del testimonio del ecologista Alejandro Beletzky.
Gamez residía en una propiedad en la que todavía vive, a orillas del lago.
“Este es un terreno que heredé; vine en 1992”, cuenta.
“Ese día, me olvidé del mate que iba a tomar y de todo… Me tiré en la cama y pensé que me iba a dar un ataque”, comenta.
Tenía muy presente lo que había sucedido en 1993, cuando una serie de lluvias fuertes dejó su terreno como si fuera un pantano.
“El agua llegó hasta acá nomás”, señala Pepe, en la sala de la vivienda, de cara al lago. El patio ya está relleno con abundante tierra, para evitar que se repita una situación como la de aquella vez, donde temió por lo que podría ocurrir con su casa.
Al leer la nota, el vecino de Dina Huapi se estremeció, porque, a partir de los pocos datos que había, se señalaba que, con la obra, sería posible una inundación. (Luego se confirmaría que no era así, sino que, en realidad, con la represa, los niveles de agua quizá bajarían; pero, igualmente, el costo sobre el ecosistema, de haberse construido, hubiese sido altísimo).
“Me empecé a comunicar con vecinos de diferentes lugares, Puerto Moreno, Villa La Angostura, Bahía Serena…, que habían pasado por algo parecido a lo que me sucedió a mí en el 93”, recuerda.
Y destaca: “Todos estaban preocupados”.
Pepe indica que recurrió a “una amiga, Rosemarie Maderholz, que estaba en un grupo ecologista”.
Hablaron, y Gamez comenzó a contactarse con personas que trabajaban en radios.
Así, empezó la difusión.
“Convocamos a una reunión en la escuela 312 de Dina Huapi”, evoca.
Pepe y el ejemplar del diario El Cordillerano donde salió reflejado el Abrazo.
“Nos habremos juntado unas diez personas… Recuerdo que había un hombre alcoholizado, de Misiones, pero de origen polaco o checoslovaco, que en un momento dijo: ‘Esto es progreso’. Lo querían matar”, señala.
“Yo salí a defender ‘mi quinta’, no era ecologista, me movía por la defensa de ‘mi rancho’”, advierte Pepe. Luego, la cosa cambiaría, claro… Surgiría en él cierto sentimiento protector del ambiente.
Tras aquel primer encuentro, se realizó otro. “Ya, en esa nueva reunión, habría doscientas personas”, apunta.
“Un viejo poblador de Bariloche mostró una copia de la síntesis del proyecto Segunda Angostura; no sé cómo la había conseguido”, relata.
“Y un geólogo dijo que el rango de operación no llegaría nunca a los niveles máximos, al contrario, los evitaría”, expresa.
De cualquier modo, eso no significaba que el ecosistema no se dañaría. “Representaba la destrucción de los últimos kilómetros del río Limay”, asevera Gamez.
El saber que no se propiciarían inundaciones hizo que mucha gente se despreocupara de la cuestión. “Varios se desmovilizaron, pero otros seguimos”, adjunta Pepe.
“Se iba a perder la regulación natural estacional del lago, y, con eso, se alterarían todas las napas freáticas de la cuenca del Nahuel Huapi. Era la perturbación de todo el ecosistema”, sostiene.
Hubo un tercer encuentro, que se realizó en la Biblioteca Sarmiento, donde se logró reunir a más de doscientas personas.
Pepe recuerda: “Ahí ya se decidió formar comisiones. Una de difusión, otra de trabajo en las escuelas, una de investigación técnica sobre lo que iba a ser el proyecto (para poder denunciarlo), y una jurídica”.
Se comenzaron a utilizar distintas estrategias.
Por ejemplo, se les llevaba material a los docentes, quienes hablaban con los alumnos. “Los chicos regresaban a sus casas con la preocupación de lo que podía llegar a pasar. Gran parte de las familias fueron motorizadas por el interés de los pibes”, rememora Gamez.
“Conseguimos la adhesión de las juntas vecinales, de las cámaras, de los gremios”, enumera.
El dato del apoyo sindical no es menor. Porque, cuando se habla de construcción, es ineludible que se requiere mano de obra, entonces, ante la realización de una represa, los pobladores de la zona tendrían una salida laboral. Y si venía gente de afuera, también estaba la posibilidad de que restaurantes y demás comercios aumentaran sus ingresos. Pero ahí se plantó Ovidio Zúñiga, el hombre fuerte de UTHGRA. Gamez evoca: “Él dijo: ‘Es una mentira, va a haber trabajo un año, después esto se va a deteriorar y perderemos todo’”.
Se tomaba conciencia en la zona, pero, como todos saben, Dios atiende en capital. “Teníamos claro que esto tenía que llegar a Buenos Aires”, dice Pepe.
Así, se produjeron “las oleadas del Nahuel Huapi”.
“Conseguíamos la dirección del programa radial de Magdalena Ruiz Guiñazú, y todos los chicos de las escuelas mandaban cartas. A la otra semana, de Mariano Grondona. Y así…”, expone el vecino.
Ya el tema resonaba a nivel nacional.
Pero, detrás, como siempre, estaba el dinero.
Gamez recuerda lo que sucedió hace veinticinco años.
A fines de 1991, dentro de la política privatizadora menemista, una ley había permitido que las represas se vendieran a capitales extranjeros.
Y la Segunda Angostura, si bien hubiese sido generadora de poca producción en relación a las otras de Argentina, tendría la llave reguladora de un embalse enorme.
En ese sentido, Gamez especifica: “Era un negocio redondo. Salía, en ese momento, ciento veinte millones, y, con lo que producirían las empresas extranjeras dueñas de las represas de aguas abajo, se amortizaría en un año”.
“Por eso creemos que la interesada en el asunto era la asociación de represas de aguas abajo”, añade.
En ese sentido, Pepe menciona que Alfredo Mirkin, en ese momento subsecretario de Energía (a partir de 1996, sería secretario del área), “dijo que el gobierno no se haría cargo de la construcción de la represa, pero que había un catálogo para supuestos inversionistas que quisieran contratar la obra”.
“Era un gobierno absolutamente economicista”, opina.
Y llegó el domingo 8 de octubre de 1995, jornada acordada para la cita popular.
“No sabíamos cuánta gente iba a ir. Era un día un poco frío. De repente, empezamos a ver personas y más personas y más y más… No lo podíamos creer. Se calcula que fueron cinco mil”, reconstruye Pepe.
Cabe recordar que, en ese momento, la tecnología era otra.
No se convocaba por internet, y ni siquiera los celulares eran de uso corriente.
Además, la población de la zona era cuantiosamente menor a la actual.
Es decir que, en esa época, reunir cinco mil personas tenía rasgos de epopeya.
Paisanos y mapuches en la tierra, aeroplanos en el cielo, kayaks en el agua…
Música de Edgardo Lanfré, varios coros, y las estrofas de la canción “Dulce Limay”, símbolo sonoro de aquel domingo: “Sueña mi blanco río, sueña y corre veloz, que escucho en tu voz, como si trajeras de la cordillera, murmullos de amor”.
El mástil, la bandera, la placa…
Todo tuvo una pizca de magia.
A los pocos días, José Gamez fue a Buenos Aires. Lo acompañaban otros dos impulsores de la movida, Andrés Martínez Infante y Pablo Sánchez. También viajaron quien era intendente electo de Bariloche, César Miguel, y el entonces diputado Miguel Ángel Pichetto.
El 25 de octubre, los recibió María Julia Alsogaray, que era secretaria de Recursos Naturales y Ambiente Humano.
“Nos dijo que esa obra nunca se iba a hacer en un gobierno democrático, y que mandaría en el acto una carta para que archivaran el proyecto”, recuerda Gamez.
Y agrega: “Pero de la Secretaría de Energía le hicieron ‘pito catalán’ y siguieron con la misma cantinela: que eso no lo iba a hacer el Estado, aunque si aparecían intereses privados…”.
“Pero ya había salido la noticia en los medios nacionales. La cosa era distinta. Esto era un símbolo”, califica Pepe.
Aquello, según señala el vecino de Dina Huapi, tuvo un bonus track un par de años después: “Mirkin, ya secretario de Energía, vino para la inauguración de una usina propia del hospital. Ahí se acercaron Rosemarie Maderholz y otro compañero. Se presentaron. El tipo los miró con bronca y dijo algo por lo cual seguimos activos: ‘Díganme, ¿ustedes hasta cuándo tendrán movilizada a la gente?’. Quiso decir que, el día que bajara la presión popular, esto se haría”.
Pepe comenta: “Hace cinco años, como ya estamos viejos, y algunos lamentablemente fallecieron, le pasamos la posta al municipio de Dina Huapi, quien se encarga de organizar la celebración cada 8 de octubre”.
Es bueno, entonces, repetir las palabras que él mismo pronunció, hace veinticinco años, a la vera del Limay: “A los niños, a los jóvenes, quiero decirles que hoy nos toca a todos luchar por la vida del río. Mañana, cuando nosotros no estemos, ustedes deberán convocar a los niños y a los jóvenes, para oponerse con toda su fuerza a la destrucción. Les pedimos que no lo olviden jamás. De ustedes depende”.
Christian Masello / Fotos: Facundo Pardo