A sus 66 años volvió a la calle a vender choripanes para sobrevivir
Si al recorrer las calles de nuestra ciudad estamos atentos, nos encontramos con historias de vida muy duras pero a la vez, con enseñanzas de enorme fortaleza.
Don Gerónimo Antillanca trabajó durante casi 24 años en el sector gastronómico, “fui mozo, estuve en el sector de la cocina y barman, en esas épocas lindas donde uno iba en base a la dedicación, llegando al puesto que elegía dentro de un hotel” comenzó diciendo.
Luego pasó a aportar como monotributista recorriendo los talleres mecánicos y algunas instituciones, vendiendo viandas a los empleados y empleadas.
Siempre vivió en el San Francisco III “con mi trabajo gracias a Dios pude criar a mis seis hijos pero ahora ya no puedo hacerlo porque solo cobro 20 mil pesos por mes y con eso no alcanza para nada”.
Cumplió 66 años, edad en la cual luego de una vida de trabajo, merecería estar haciendo lo que le gusta o disfrutando de la vida, pero no. “Tengo que trasladar mi chulengo y lo pongo todos los días al lado del puente nuevo del Ñireco (Calle Colonia y Los Ñires) y vendo a la gente que pasa”.
Allí lo pueden ver de lunes a lunes de 10 a 18 horas sin importar el clima. “No me puedo dar el lujo de ver si hace frío o no, por suerte todavía tengo buena salud así que acá me van a encontrar” aseguró.
Con la llegada de la pandemia la economía familiar se vio muy afectada y lejos de quedarse quieto, la depresión lo impulsó al movimiento.
Apenas llega comienza a hacer el fuego y en poco tiempo ya tiene riquísimos choripanes para la venta, suma tortas fritas caseras, sándwich de milanesa y café caliente.
Si pasan por allí no duden en detenerse, comprarle algo y charlar un rato para que don Gerónimo se sienta más acompañado.
Susana Alegría/ Fotos: Facundo Pardo