2020-09-01

UN HECHO INOLVIDABLE

A 25 años de la paliza que un guardabosques municipal le propinó al represor Alfredo Astiz

Este martes se cumplió un nuevo aniversario de aquel momento, en el que, mientras esperaba que un vehículo lo recoja, el ex capitán de fragata fue golpeado con vehemencia por un hombre que lo reconoció.

El relato en primera persona que hizo a este diario el protagonista de la historia y el acto que lo recordó una vez más. Allí estuvo presente Sergio Maldonado, quien consideró que aquel hecho es “un ejemplo de lucha y de resistencia”.

El invierno de 1995 fue muy crudo, uno de los más nevados de la historia de nuestra ciudad. Sin embargo, el primero de septiembre, resulto ser un día cálido, con un cielo diáfano. Particularmente caluroso e inolvidable en la vida de Alfredo Chaves, un trabajador de 37 años, que desde hacía tres se desempeñaba como guardabosques municipal en la zona de Llao Llao.

En su juventud, había estudiado en el colegio Carlos Pellegrini en Buenos Aires. Militante de la Unión de Estudiantes Secundarios y fundador del Centro de Estudiantes del Pellegrini, debió migrar entonces hacia un colegio comercial de su barrio, en Villa Ballester, y luego a otro cercano, en San Andrés.


Los participantes del acto realizado este martes.

Por su militancia, su nombre figuraba en cuanta lista negra circulara por esas instituciones. Finalizado el secundario, durante 14 meses cumplió con el servicio militar y, a poco de obtener la baja, a los 19, fue secuestrado de la casa de sus padres mientras se desarrollaba el Mundial de Fútbol de 1978 en nuestro país.

Fue trasladado al centro clandestino de detención “El Vesubio” en La Matanza, donde fue interrogado y torturado con picana eléctrica. En ese tristemente célebre recinto, estuvo dos meses, para luego pasar por diferentes centros de detención y terminar en la cárcel de La Plata. Logró la libertad después de un consejo de guerra.

Para dejar atrás ese momento terrible de su vida, en febrero del 79, Chaves decidió mudarse a Bariloche en una suerte de “exilio interno”. No pudo irse al exterior por un problema de salud que tenía su padre.

Pasaron los años, pero las convicciones, la ideología, la militancia y los recuerdos de aquel joven idealista no se borraron. Y así lo encontró el año 95, cuando en Bariloche se hablaba solo de dos cosas: la histórica quinta Cumbre de Presidentes que se desarrollaría en el mes de octubre y los rumores que daban cuenta de la presencia del ex capitán de fragata y represor, Alfredo Astiz en esta ciudad.

Su supuesta presencia había generado varias denuncias públicas y el Concejo Municipal llegó a tratar en sesión una declaración de repudio, pero no logró ser unánime. Los ediles Héctor Bogisic, Norberto Simón (del PPR), Juan Carlos Pulleiro y Rubén Alomo (del PJ), no acompañaron la moción.

Incluso, varios militantes de Derechos Humanos, entre los que se encontraba Chaves, estuvieron reclamando afuera del hotel Islas Malvinas, donde se suponía que estaba el represor. Pedían que se fuera de Bariloche.

El día de la paliza

Aquella mañana del primero de septiembre de 1995, Chaves había dejado, como de costumbre, a una de sus hijas en el colegio, luego pasó a tomarse unos mates con su padre y se dispuso a volver hacia su lugar de trabajo en el bosque Llao Llao.

Manejaba una camioneta Ford F-100 roja, gasolera, con problemas de arranque. Cuando pasó por el kilómetro uno de la avenida Exequiel Bustillo, le pareció ver la figura del represor y asesino Alfredo Astiz.

“El tipo estaba parado ahí, esperando algún vehículo que lo lleve al cerro Catedral. Estaba vestido con ropa de nieve, acompañado por una mujer que supo ser su novia. Y había otro pibe al lado con esquíes en la mano, pero nada tenía que ver con él. Yo iba despacio y cuando lo vi, seguí manejando y me quedé pensando. Empecé a atar cabos: a pocos metros estaba el hotel Islas Malvinas donde se suponía que estaba alojado, también se sabía que le gustaba ir al cerro. Entonces, supuse que todo cerraba, era él. Y a la altura del kilómetro 2 pegué la vuelta en U”, relató el protagonista de la historia a El Cordillerano.

Chaves contó que en 1981 el presidente de facto Jorge Videla visitó Bariloche, en el marco de un acto protocolar. Lo pudo ver recorriendo la Mitre y charlando con la gente. Tuvo ganas de pegarle, pero sabía que eso tendría consecuencias que pondrían en riesgo su propia vida. Ese recuerdo también llegó a su cabeza aquella mañana de invierno.

“Me estacioné detrás del Monolito y lo miré, me fije que no haya guardaespaldas o que tuviera algún arma a la vista. Pensaba que no podía ser que estuviera tanto tiempo ahí. Yo estaba muy nervioso, temblaba como una hoja. Hasta que me imaginé que pararía un colectivo de excursiones con gente sentada arriba y entre ellos, una madre de Plaza de Mayo. Y este hijo de puta se subiría al lado de una madre. Eso ya no lo soporté, tanta impudicia”, continuó relatando.


Alfredo Astiz.

“Además, estaba parado en una pose que lejos estaba de ocultarse, al contrario, miraba en esa pose de altanero. Entonces, pasé por donde estaba y dejé la camioneta en marcha unos 50 metros más adelante, no solo porque tenía problemas para arrancar, sino que además, me servía por si tenía que salir corriendo”, añadió entre risas.

Y recordó: “Me acerqué de costado y le pregunté: vos sos Astiz y me miró con cara de asco. Sí, vos quién sos, me respondió. Y le dije vos sos un hijo de puta que todavía tiene cara de caminar por la calle. Me hizo cara de asco nuevamente y ahí le metí una trompada que lo tiré para atrás contra el cerco”.

El represor no llegó a caerse, pero quedó doblado, con el rostro lleno de sangre, y ahí Chaves se abalanzó sobre él, propinándole una catarata de golpes y patadas. En medio de la trifulca, Astiz logró sacárselo de encima con un empujón en la cintura y terminaron peleando en medio de la Bustillo, generando una larga fila de autos, con numerosos testigos. Pero nadie se metió.

“Nos peleamos como diez minutos, hasta que apareció un amigo y me subió a su auto. Mientras me subían yo lo insulté a Astiz, le dije de todo. Lo que más disfruté fue insultarlo, decirle que lo único que sabía hacer era asesinar adolescentes por la espalda, o tirar monjas desde los aviones, que era una traidor a la patria, que se había cagado con los ingleses”, dijo Chaves sobre aquel día que cambió su vida.

La anécdota terminó con un hecho gracioso: cuando su amigo lo llevaba a la altura de Melipal, recordó que la vieja F-100 seguía en marcha. Tuvo que regresar a buscarla.

Los días siguientes, este trabajador municipal con tanto coraje tuvo mucho miedo. Prefirió mantenerse en el anonimato y sin hacer alarde del momento vivido. Hasta que un llamado de Hebe de Bonafini, le hizo cambiar de opinión. Ella le pidió que contara el hecho y le agradeció por la reacción. Y allí, cobró trascendencia.

A lo largo del tiempo, tuvo varios episodios donde vio como lo seguían, o lo llamaban intimidándolo y diciéndole que habría una venganza de parte de “El ángel”, el apodo de Astiz. Pero en los hechos, esa promesa nunca se concretó y siguió viviendo con normalidad.

Aquel suceso ganó una repercusión inmensa. Y en cada aniversario se realizaron todo tipo de eventos en el lugar del episodio, con visitas de organismos de Derechos Humanos, obras de teatro y hasta con recordados recitales gratuitos de La Renga. Hasta que en 2002, también un primero de septiembre, se produjo la Tragedia del cerro Ventana y no hubo más nada que celebrar.

A 25 años

Hoy, Chaves tiene 61 años. Y el hecho se sigue recordando en el lugar de la golpiza. Este martes lo acompañaron una veintena de militantes peronistas y de Derechos Humanos. Sergio Maldonado, hermano de Santiago (el joven muerto en Cushamen) también se hizo presente.

“Aquella pelea tuvo una trascendencia que va más allá de la anécdota. Hay una cuestión que no puede perdurar en los crímenes de lesa humanidad. Cuando falta alguna de las tres patas: o la memoria, la verdad o la justicia, no queda encajada la vida de ninguna manera, es como un clavo en la suela del zapato que te pincha”, reflexionó Chaves.

“La propia sociedad, el propio pueblo, inventa la forma de reivindicar estas cosas tan terribles y todos los acontecimientos que causó y los miles de desaparecidos que hubo, miles de personas que quedaron con familias destruidas. Mi reacción fue espontánea”, consideró Chaves, quien destaca que haber conocido a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, fue uno de los tesoros más preciados que le dejó aquella riña.

“Siempre me dije que si con eso le saqué una sonrisa a las Madres, estoy satisfecho para siempre. Porque ellas son las madres de mis compañeros que quedaron en El Vesubio, en las fosas comunes”, concluyó.

El apoyo de Maldonado

En el acto conmemorativo realizado este martes por la tarde, estuvo presente, entre otras personas, Sergio Maldonado, hermano de Santiago, el joven que apareció muerto en el río Chubut, luego de estar desaparecido varios meses.

“Se cumplen 25 años y sigue la impunidad. Que alguien haga algo como esto, si bien no es justicia por mano propia, es una bronca acumulada por Alfredo y de ese instante en que se encuentra con un genocida”, sostuvo.


Alfredo Chaves y Sergio Maldonado.

“Entiendo lo que pasó, porque incluso me lo planteé yo: qué haría en caso de que llegue el día en que sepa quiénes fueron los responsables de la muerte de Santiago. Me pregunto cómo reaccionaría uno. Lo importante es mantener viva la memoria. Este es un ejemplo de lucha y de resistencia.

Si bien no se reivindica la violencia, lo entiendo y lo respeto. Son situaciones que únicamente al que le pasa puede entenderlas”, resumió.

Diego Llorente / Fotos: Facundo Pardo

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