EN VILLA MASCARDI
Hueche Ruca, un lugar con mucha historia atropellado por la barbarie
Hueche Ruca: “Casa del joven”. Son palabras mapuches. En Villa Mascardi, entre las cuestiones que lindan con lo absurdo, que incluso serían cómicas de no mediar la barbarie, figura que el grupo autodenominado Lafken Winkul Mapu, en su avance sobre el territorio, haya tomado el predio del Obispado de San Isidro que, desde su mismo nombre, plantea un homenaje a la comunidad indígena. Justamente, uno de los primeros robos en ese lugar (porque hubo muchos) fue el del cartel donde figuraba tal denominación.
Desde Buenos Aires, el administrador del campamento Hueche Ruca, Alejo Dasso, reveló detalles. Por ejemplo, que el casero del lugar, José, de ascendencia mapuche, que habla la lengua a la perfección, debió marcharse ante las intimidaciones de los usurpadores. “Hace poco dijeron que el cuidador se había ido porque no le pagaban; mentira, ellos lo amenazaron”, aseveró.
“José conocía a un hombre mayor, con el que coincidía en el colectivo, que iba a enseñarles el idioma y las costumbres mapuches a los que están en la toma… Digo esto como para que la gente se dé una idea de lo que pasa ahí. Esas personas no son mapuches”, señaló.
También se refirió a lo que es un secreto a voces: que la comunidad Lof Wiritray, poseedora de un camping en la cabecera norte del lago Mascardi, también fue arrinconada por los vándalos. “El año pasado fueron y les dijeron que los iban a matar y se iban a comer su corazón”, contó Dasso.
El hombre recordó que, el 31 de diciembre de 2019, mientras él estaba con su familia en Hueche Ruca, hubo un ataque a pedradas que pudo haber sido trágico. Los cascotes cayeron sobre una cabaña con techo de chapa, y también en una camioneta. Los hijos de Alejo salieron para intentar dialogar con los agresores. “Fueron a decirles que si tenían algún problema particular se acercaran a conversar”, manifestó el administrador. Pero los atacantes se escabulleron entre la vegetación.
Luego las embestidas siguieron, he incluyeron el ultimátum al cuidador, que se vio obligado a marcharse.
Ante esta situación Alejo Dasso se contactó con un amigo barilochense, expolicía, y le solicitó que, cada tanto, se diera una vuelta por la propiedad de Villa Mascardi.
“Un día que fue, me llamó por teléfono para contarme que se habían robado un montón de cosas: camas, colchones, ollas, platos, cubiertos… y, en el momento en que conversaba conmigo, aparecieron cinco encapuchados que le dijeron que saliera, porque si no iban a incendiarle la camioneta y todo el lugar”, narró.
“Después, en la tranquera pusieron carteles donde figuraba que era una zona tomada”, añadió.
Dasso indicó que, en el lugar, hay un envase de los comúnmente llamados “chanchas”, repleto de gas. “Estoy preocupado; está pegado al predio de Gas del Estado, donde incendiaron… no explotó todo de casualidad. Dos metros cúbicos de gas… Si llega a estallar no queda nada. Hay que recordar que estamos a menos de un kilómetro del Automóvil Club Argentino (ACA)”, apuntó.
Hueche Ruca, a lo largo de su historia, acogió a diversos grupos de jóvenes que iban a pasar un tiempo en contacto con la naturaleza, y entre ellos también estuvo el propio Alejo, que, en 1974, conoció, en un campamento, a quien luego se transformó en su mujer.
Recuerdos
La historia de Hueche Ruca se remonta a 1962.
Florencia Costantino es sobrina del emprendedor del proyecto, el padre Aníbal Coerezza, hermano de la madre. Quienes lo conocieron, lo recuerdan como un hombre que desarrollaba una gran labor solidaria. Falleció en 2016.
Para ella, el lugar forma parte de su alma. Desde los cuatro años, fue su paraíso personal, ya que asistía, cada verano, a los campamentos que allí se llevaban a cabo.
“Era vivir en comunidad, en medio de la naturaleza; se compartía todo. Recuerdo que estaban lo que llamábamos las patrullas: la de la leña, la del fogón, la de la limpieza… Íbamos al arroyo Giocondo, al lago Guillelmo; y los más grandes visitaban el cerro Tronador”, recordó Florencia.
“La primera salida era al cerro Pelado, la montaña de atrás, que ahora está tomada por esa gente (en referencia a Lafken Winkul)”, añadió.
Florencia es oriunda de Buenos Aires. Vino a Bariloche para permanecer aquí durante el puerperio, que es el período tras el parto que dura aproximadamente dos meses, donde se producen transformaciones anatómicas y funcionales, como así también cambios emocionales que vienen con la maternidad.
Pero la instalación de la cuarentena la obligó a quedarse. Su hija tiene ya seis meses, y ella incluso consiguió trabajo, así que, de alguna manera, está instalada en la ciudad.
Estuvo en Hueche Ruca, por última vez, en el verano. “Fui a pasar un día; ahora no me animo a ir”, suspiró.
“Se llevaron casi todo, y lo poco que quedó lo rompieron. Destruyeron las bachas, los inodoros… hasta quitaron el machimbre… Ver cómo quedó me parte el corazón”, afirmó.
Coerezza
“Todo el mundo le decía ‘padre’, pero no debido a que era cura, sino porque se portaba como una especie de papá; acompañaba mucho a la gente. Siempre estaba al pie del cañón”, rememoró Florencia, al hablar de su tío, Aníbal Coerezza, el impulsor de Hueche Ruca.
Alejo Dasso, en tanto, lo recordó como “un gran hacedor, muy amigo de Carlos Mugica”.
La referencia al religioso vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo no es casual. Dasso sostuvo que “Coerezza quedó muy golpeado cuando lo mataron”. Cabe recordar que Mugica, “el cura de los pobres”, fue asesinado de varios balazos, el 11 de mayo de 1974.
Alejo señaló que, en las homilías, Coerezza “se metía un poco en política”.
“Él quería formar, en Olivos, la Universidad Popular, pero al final no pudo…”, explicó.
Dasso relató que, en 1976, ya con los militares en el poder, miembros de la Marina vestidos de civil quisieron raptar al sacerdote, pero lo impidió el comisario de Olivos, que de casualidad observó la situación y se interpuso.
Aconsejado por el obispo de San Isidro, el cura se marchó a Estados Unidos y luego pasó a Colombia; en Medellín, realizó trabajo social, a la vez que profundizó sus estudios. “Era sociólogo y antropólogo”, especificó Alejo.
Cenizas
Rodolfo “Fito” Schuller empezó a ir a Hueche Ruca cuando tenía doce años, como boy scout, y continuó con las visitas hasta 2017.
Al borde de los setenta años, afirmó: “Era mi segundo hogar”.
Tanto es el apego por ese sitio, que Fito colocó allí las cenizas de su hermana Carolina: “Al pie del mástil, donde estaba la bandera argentina, que fue lo primero que se construyó en el lugar”, puntualizó.
No es el único caso. La primera cocinera del campamento había pedido descansar allí. Con ella se inició esa tradición.
“Lamentablemente, imagino que estarán pisoteando las cenizas… Para nosotros, era un sitio sagrado”, sostuvo.
“Yo también quería que me pusieran ahí, pero ya no…”, concluyó Fito.
Christian Masello