Grandeza de espíritu irrepetible
Difícilmente pudiera dormir San Martín en la noche del 11 de febrero de 1817. Manuel de Olazábal escribió en sus memorias que, ante la proximidad del enfrentamiento con el adversario, le dijo el general a quien era su edecán: “Duro con los latones sobre la cabeza de los matuchos, que queden pataleando”. Se refería a los sables de sus subordinados y el calificativo, se utilizaba para designar a los partidarios del absolutismo.
Apenas 2.450 hombres y cinco piezas de artillería consiguió alinear el enemigo, gracias a la táctica de cruzar la cordillera por varios pasos y así, desparramar el dispositivo adversario. En cambio, al pie de la cuesta de Chacabuco se agruparon 3.600 soldados que contaban con nueve cañones y se identificaban con la enseña del Ejército de los Andes. Era importante la suerte que se iría a jugar desde la madrugada del 12 de febrero.
El correntino dispuso que la columna al mando de Soler encarara a los realistas por el oeste mientras que, del otro lado, debían cumplir idéntico cometido las huestes que lideraba O’Higgins. No bien clareó, dio comienza la batalla, con encarnizamiento y ferocidad. Pareció que la historia se iría a escribir de otra manera, cuando las tropas al mando del trasandino se lanzaron a la ofensiva sin aguardar el movimiento con Soler.
Se dice que, con la derrota de Rancagua todavía fresca, O’Higgins cometió una imprudencia que le permitió a los realistas rechazar su ataque. San Martín advirtió el peligro y envió un mensajero que fuera a “mata caballo” hasta la columna de Soler, para que apurara el tranco. Mientras la columna al mando del chileno intentaba otra ofensiva, arribaron a escena los destacamentos que lideraba su compañero y allí, se echó la suerte.
Terminaron de rematar la victoria divisiones de la caballería patriota, entre ellas, los granaderos con el propio correntino al mando. El resultado fue muy contundente: 600 de los maturrangos quedaron pataleando, como quería San Martín y 500 cayeron prisioneros. Las bajas del Ejército de los Andes fueron significativamente menores y al día siguiente, el libertador que ya se perfilaba, ingresó triunfal en Santiago.
En el parte oficial, el general le puso palabras a la hazaña. Destacó que “la resistencia que nos opuso el enemigo fue vigorosa y tenaz (...) La carnicería fue terrible y la victoria, completa y decisiva (...) Sin el auxilio que me han prestado los brigadieres Soler y O´Higgins la expedición no hubiera tenido resultados tan decisivos, les estoy sumamente reconocido, asimismo a los individuos del Estado Mayor”.
En general, se nos induce a que perdamos la dimensión de humanos que poseían aquellos que después de cabalgar o caminar más de 250 kilómetros por los senderos de los Andes, bajaron sus laderas, solo para plantarse frente a la fusilería del enemigo. No fueron pocos los que habían quedado en el camino y casi todos sufrieron frío, ventiscas y la falta de oxígeno de las alturas. Hay que reparar en las personas.
De aquellas instancias tomaron parte varios patriotas que después, se vieron lamentablemente enfrascados en las interminables guerras civiles. En la fiesta que se dio para celebrar el triunfo, San Martín tomó “con la misma efusión de fraternal contento, la mano del teniente Lavalle, como la encallecida del temerario O’Higgins y nadie averiguaba a qué nación pertenecían los orientales Martínez y Orellano, los argentinos Soler, Quintana, Berutti, Plaza, Frutos, Alvarado, Conde, Necochea, Zapiola, Melián, los chilenos Zenteno, Calderón, Freire, los europeos Paroissien, Arcos y Crámer y tantos otros cuya nacionalidad se escapa a mis recuerdos, como Correa, Nazar, Molina, Guerrero, Medina, Soria, Pacheco”, según puntualizó Pastor Servando Obligado.
Asoma el carácter americano de aquel contingente. Por otro lado, San Martín no perdía oportunidad de manifestar la lejanía que profesaba hacia las clases más adineradas que apoyaban la revolución más por conveniencia que por convicciones. Después de la misma fiesta, Obligado recreó la siguiente escena: “en el estrado de rumbosa casa solariega San Martín, después de felicitar a la dueña por el éxito de la fiesta en su honor, agregó: (…) en las circunstancias actuales, acaso convendría no ostentar tanto lujo en trajes y alhajas, como en la noche del baile, las ricas damas de un pueblo pobre”. La mujer le respondió: “tal vez general, pero como usted viene del otro lado de la cordillera, acostumbrado a ver pobres mendocinas, no es extraño parezca a usted excesivo que las que tienen joyas usen de ellas”. Replicó el vencedor: “es verdad, mi señora, las cuyanas, según oigo llaman aquí a mis compatriotas, han quedado pobres, porque ofrendaron todo, hasta sus últimas alhajitas, para acompañar a los soldados que nos acompañan”. Grandeza de espíritu muy difícil de encontrar en los tiempos que corren.