2018-12-12

Para las potencias, recurso estratégico; para la Argentina materia prima exportable

Mientras la Argentina se dio el lujo de enajenar su petróleo durante décadas, en Estados Unidos se considera que el hidrocarburo es asunto de seguridad nacional desde fines de los 40 del siglo pasado. En la actualidad, YPF SA funciona como una trasnacional más y el gobierno actual considera tanto al petróleo como al gas como materias primas exportables, similares en ese concepto a la soja o el trigo.

El concepto no tiene nada que ver con la idea de recurso estratégico y llama la atención su permanencia aunque pasen los gobiernos, mientras las grandes potencias no tienen inconveniente en desatar guerras con tal de saciar su sed energética. Después de la Segunda Guerra Mundial y de su participación decidida en la reconstrucción de Europa para frenar las apetencias de la Unión Soviética, algunas de las reservas estadounidenses de petróleo quedaron exhaustas o lisa y llanamente, se agotaron. No obstante, el poder económico de ese país convirtió al consumo de combustibles en uno de los motores de la economía de posguerra y símbolo casi definitorio de la “manera americana de vivir”.

Entre los 50 y finales de los 70, el petróleo que provenía del extranjero y se consumía en Estados Unidos, pasó del 10 por ciento al 45 por ciento. En aquel período, aumentó la producción estadounidense de petróleo, pero también el ritmo alocado de su consumo y el estándar de vida de los estadounidenses. Ya en 1998, más de la mitad del petróleo que sostenía aquel sueño americano provenía de fronteras afuera.

Según el propio Departamento de Energía de Estados Unidos, el desequilibrio pasará al 70 por ciento alrededor de 2025. ¿De qué no serán capaces entonces los futuros gobiernos estadounidenses? La sed de petróleo aumenta también en otros países ricos, que suponen que la felicidad de los pueblos se relaciona con el frenesí consumista de automóviles, electrodomésticos, ropas y demás artículos que para su llegada a las bocas de expendio, precisamente necesitan de transportes que básicamente, funcionan con combustibles derivados de hidrocarburos.

La mayor parte de las reservas que son capaces de satisfacer el consumo de Estados Unidos, Europa y los demás países industrializados, proviene de Arabia Saudita, Irak, Irán y los Emiratos Árabes. Fue la ambición energética la que determinó una de las auténticas política de Estado estadounidenses, que consiste en sostener en el poder a la familia real de Arabia Saudita, pase lo que pase.

La determinación se adoptó durante el gobierno de Dwight Eisenhower y desde entonces hasta la actualidad, incluyó la provisión sustantiva de armamentos y servicios de espionaje para desarticular todo intento opositor. Inclusive, la invasión a Irak y el derrocamiento de Hussein puede inscribirse en esa lógica, ya que ese régimen era una amenaza para Arabia Saudita, según la Inteligencia estadounidense.

En el siglo XXI, los países más poderosos buscan alternativas en África, América Latina, la zona del Mar Caspio y en las antiguas repúblicas soviéticas. Pero esas “alternativas” suelen presentar resistencia ante las apetencias de las trasnacionales. Por ejemplo, no pocas de esas reservas aparecen como inaccesibles para el saqueo extranjero, a raíz del aumento del consumo local. En México, durante mucho tiempo la legislación impidió la extracción de materias primas por parte de empresas extranjeras y otro tanto ocurre en Venezuela.

En el caso de otros países que también cuentan con reservas significativas, la rapiña internacional encuentra dificultoso arriesgar ante la falta de infraestructura y de la mentada “seguridad jurídica”. Hace unos años, la competencia por nuevas reservas contribuyó al crecimiento económico de Angola, pero también al incremento de la corrupción. Más al norte, incluyó hasta el asesinato o la tortura de activistas opositores en Nigeria.

El derecho que reclaman algunos países emergentes para alcanzar el nivel de desarrollo de los países ricos, aumenta la presión y la competencia por las “nuevas” reservas. Nadie puede menoscabar el papel que jugaron las tecnologías que se sustentan en los combustibles fósiles en la revolución de la industria. Esos cambios derivaron en un aumento generalizado de la calidad de vida. Pero también es cierto que la humanidad puso en segundo plano el hecho de basar toda su actividad económica en una materia contaminante, perecedera y que no se distribuye de forma equitativa.

La dependencia del petróleo provoca guerras, contaminación y catástrofes “naturales”, represión de movimientos populares, inestabilidad política y social. Los precios de los alimentos van de la mano del encarecimiento del hidrocarburo, de los transportes y de los fertilizantes que facilitan la producción. Hoy se conmemora en la Argentina el Día Nacional del Petróleo, aunque en realidad el concepto no existe en el presente: su importancia es demasiado central como para que su destino quede sujeto a los vaivenes del pretendido mercado.

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