2018-10-22

El gran dislate de despilfarrar alimentos

El derroche de alimentos se relaciona íntimamente con la lógica económica predominante y con la organización de la maquinaria de provisión. También tiene que ver con la cultura consumista que hace décadas hace funcionar al andamiaje económico global. En ese sentido, se torna necesario abordar la temática desde la responsabilidad individual y colectiva de los consumidores, engranajes fundamentales del sistema.

En términos estructurales, los productos alimenticios parecen expedirse a borbotones desde los supermercados y casi literalmente, se llevan por delante los hábitos de los consumidores. La abundancia de comida es un dato intrínseco a la cultura del consumo, a tal punto que en realidad es la oferta la que determina a la demanda. No siempre fue así.

Un carácter sintomático que evidencia el carácter antinatural del esquema es la destrucción de excedentes, mecanismo al cual se recurre periódicamente para sostener o incrementar los precios de los alimentos. A los otros rasgos definitorios ya nos referimos, como las pérdidas que se producen durante el proceso de transporte o la manera de trabajar de los restaurantes. Si se observa con detenimiento, se advertirá que a cada paso nos tropezamos con estímulos al sobreconsumo, tanto por encima de las necesidades reales como de las nociones de consumo responsable.

Son los países pobres quienes sufren de manera más directa las consecuencias del consumismo, ya que al sobreconsumo de los países más ricos, le corresponde la escasez de alimentos para una proporción importante de sus poblaciones. En esas latitudes, la carencia se expresa sobre todo en la primera etapa de la cadena alimentaria, es decir, en la fase de producción.

La ausencia o escasa disponibilidad de infraestructuras para refrigeración o almacenamiento, junto con el escaso desarrollo tecnológico, se confabulan para tornar más extrema la situación en los países más empobrecidos. De todas maneras, es en los países industrializados donde el 40 por ciento del despilfarro de alimentos se produce durante las etapas de distribución y disposición final para su consumo.

La evolución de los precios de los cereales, el trigo, el arroz o el maíz ejemplifica con claridad el mecanismo, es decir, la relación entre despilfarro en el norte industrializado y escasez en el sur empobrecido. Dada la globalización de los mercados, los precios determinan el costo de los alimentos en Asia o África, de la misma manera que en las cadenas europeas o estadounidenses.

El problema es que el volumen de cereales que los países ricos importan y exportan depende de la cantidad que se consume en su interior, pero también de la magnitud que se despilfarra. La última de las proporciones se relaciona íntimamente con la penuria alimentaria que se registra entre los empobrecidos, ya que si Occidente demanda determinada cantidad de millones de toneladas, el remanente disponible para el resto del planeta tenderá a disminuir.

En términos de oferta y demanda, la creciente presión de los países más poderosos -inclusive en crisis- supone un alza en los precios que repercute de manera negativa en los sectores empobrecidos al interior de esos mismos países pero sobre todo, en el resto del planeta. El problema es que cerca de 900 millones de habitantes de la Tierra padece hambre porque precisamente, no accede a la cantidad de alimentos que se considera mínima para alimentarse con plenitud.

Cuando asistimos al fenómeno del despilfarro mientras al mismo tiempo una proporción considerable de la humanidad carece de una alimentación adecuada, cabe preguntarse a quién beneficia que los alimentos se consideren simples mercancías… Con razón se dice que el funcionamiento de la economía obedece a su propia lógica, ya no a la búsqueda de las satisfacciones más elementales de la humanidad.

Otra noción es la que hace referencia a “la huella del desperdicio” o más precisamente, al daño que se produce a los recursos naturales. Años atrás se dio a conocer un estudio de la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura) en el cual se analizaba qué consecuencias tiene el despilfarro alimentario en el clima, el uso del agua y la biodiversidad.

La problemática no es de simple resolución porque la demanda de los países ricos puede estimular la producción de los países periféricos -como la Argentina- y en consecuencia, impactar de manera “positiva” en las cuentas nacionales. Pero la permanente ampliación de excedentes genera perjuicios al ignorarse los límites ecológicos.

Haríamos bien en tener en cuenta que los alimentos que adquirimos pero no consumimos, requirieron de volúmenes altísimos de agua para su producción. Además, la actividad agrícola y ganadera contribuye con millones de toneladas de gases de efecto invernadero que se acumulan en la atmósfera. Sin contar con la problemática del uso de la tierra, el agotamiento de los recursos y un largo etcétera.

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