2018-10-22

Los diarios de la época polemizaron sobre la Campaña al Desierto

Si bien las publicaciones que salieron a la calle en 1879 y 1880 respondían a intereses políticos y económicos concretos, las polémicas fueron intensas. Su existencia pone en tela juicio la supuesta homogeneidad ideológica de entonces.

Los editoriales y las crónicas que los diarios de Buenos Aires entregaron a sus lectores antes, durante y después de la así llamada Conquista del Desierto, constituyen un elemento que sirve para arrojar luz sobre ese período de la historia y también, para comprender que la visión sobre el “problema del indio” no era unívoca en la sociedad argentina de fines del siglo XIX.

La ponencia titulada “El problema indígena (1879-1880): proyectos sobre su destino”, obra de las historiadoras Irma Cristina Cendón y Liliana Isabello, pasa revista a, entre otras materias, los discursos cruzados que partían desde las diversas columnas periodísticas, según tal o cual medio gráfico respondiera a determinada corriente de pensamiento o agrupación política.

El trabajo en cuestión participó del Congreso Nacional de Historia sobre la Conquista del Desierto, que se celebró en General Roca en noviembre de 1979, en ocasión del centenario de la expedición. Los resultados del cónclave fueron recopilados y publicados por la Academia Nacional de la Historia al año siguiente. La contribución de Cendón e Isabello se trató en la Comisión Nº 6, que se llamó “Resultados y consecuencias de la conquista: efectos económicos y sociales”.

Las autoras sostenían que “analizando el tradicional diario La Nación (que perdura hasta el presente), observamos una posición de crítica constante, en la medida que dicho órgano de prensa respondía a la tendencia mitrista, opositora al gobierno. Los artículos poniendo reparos a la expedición de Roca se sucedían, encontrando motivos de objeción a la acción seguida para con el indígena”.

Según las historiadoras, “este órgano periodístico consideraba que la campaña del ministro de Guerra tenía carácter político al utilizarla como medio para lograr la Primer Magistratura del país. Así, llegó a observar que los indios enganchados en el ejército podían ser utilizados para ‘... barrer las calles de Buenos Aires...’ de opositores, al tiempo que ese servicio militar perpetuo transformaba a los indígenas prácticamente en esclavos. Llegaron incluso a acusar al general Roca de querer trasladar de Chivilcoy a los indios atacados de viruela, por cuanto esa ciudad se oponía a su candidatura”.

La visión católica

Pero no solo “La Nación” circulaba en la ciudad puerto por aquel entonces. “La ‘América del Sud’ -órgano católico de Buenos Aires- denunciaba también el trato recibido por los indígenas. Incluso consideraba innecesaria la campaña de 1879, de carácter ofensivo, por cuanto el número de indios era exiguo y –siempre según este diario- lo realizado hasta el momento había sido suficiente y exitoso”.

Indicaban las autoras que “un mes más tarde (el 2 de marzo de 1879) señalaba los errores cometidos con referencia a los prisioneros. Para este diario la única acción meritoria era la realizada por la Iglesia, sobre todo por los misioneros. En cuanto a los organismos oficiales los acusa de llevar a cabo una obra de “...esterminio (sic) que los convierte en muertos anónimos... (y de)... reparto que los reduce a cosas anónimas”.

Claro que el oficialismo también contaba con periodistas afectos. “Diarios partidarios de la candidatura del general Roca, como ‘El Nacional’ y ‘La Tribuna’, respondían a estos ataques tratando de magnificar los peligros que entrañaba la presencia de tribus indígenas en la zona pampeana, para justificar la expedición. Contrariando la imagen que la prensa nos da de su prisión, ‘La Tribuna’ tomaba la figura de Pincén para mostrar cuán peligrosos eran los caciques y cuán necesaria, por lo tanto, su desaparición. Se refiere a él como un cacique ‘indomable (...) que sembró el luto y el espanto en las fronteras de tres provincias’. Sin embargo, este mismo diario, describiendo la prisión del cacique en Martín García, un mes más tarde lo mostraba como un niño, llorando desconsolada e incansablemente por su imperio perdido”.

Desde la misma trinchera, “‘El Nacional’ mencionaba al indígena como ‘salvajes (que) no están bajo el palio del derecho de la guerra, precisamente porque ellos no lo reconocen ni respetan’. Y agrega que ‘...pueden tratárseles con el último rigor cuando sea necesario infundirles terror, para contenerlos en sus propósitos salvajes’. Este artículo estaba dirigido a responder a una grave denuncia que ‘La Nación’ transcribió con anterioridad, refiriéndose a un supuesto fusilamiento a mansalva de indios en Villa Mercedes, por orden del comandante Rudecindo Roca”.

Para las historiadoras, “de lo señalado se desprende que los comentarios sobre la posición del Estado frente al indígena estaban influidos por las respectivas posturas políticas de la prensa, lo que no es un obstáculo para evaluar dicha acción. Por el contrario, permite la confrontación necesaria para lograr una apreciación histórica equitativa. A esto se le sumaban las diarias transcripciones de los documentos oficiales, telegramas de fronteras, así como notas de corresponsales y reproducciones parciales de carácter científico, referidas a la Patagonia y sus habitantes”. Bagaje documental que no permite superficialidades.

Fisuras en el consenso

Más allá de los colores partidarios, existía un acuerdo generalizado. “La opinión pública -si bien estaba dividida con respecto a los medios que podían instrumentarse- estaba de acuerdo con los objetivos. Al indio había que adaptarlo a la civilización, utilizarlo en trabajos productivos, eliminando entre los prisioneros indígenas todo vestigio de vida pasada. Había que anular no sólo su organización tribal poniéndolo en situación de ciudadano argentino, sino que había también que borrar para siempre todas sus costumbres, incluso su lengua”, consideraban Cristina Cendón y Liliana Isabello. Así pensaba “La Tribuna”, por ejemplo.

En las páginas de los diarios también se cristalizaron ideas para superar “el problema indígena”. “El Nacional” sostenía que había que “otorgarles tierras, sobre todo al indio del sur del Río Negro, con mayores hábitos de trabajo, más apegado al sedentarismo y más abierto a la enseñanza que el indio de la Pampa”. Según las autoras, “este proyecto -habituar al indio al trabajo- estaba en todos, tanto en organismos oficiales como particulares y encontraron eco total en la prensa”.

Una voz bien conocida por los barilochenses compartía desde “La Nación” la postura de Álvaro Barros, primer gobernador de la Patagonia, quien ideaba la formación de colonias agrícolas de indígenas. “Esta teoría del indio colono también estaba avalada por la opinión de figuras con la autoridad de Francisco P. Moreno, quien consideraba improbable que el indio volviera a su primitiva forma de vida una vez conocidos los beneficios de la civilización y el trabajo, adquiridos en su contacto con inmigrantes europeos”.

Más o menos en el mismo sentido, se expresaban otras misivas publicadas en el diario de los Mitre. “En 1878, el ministro Rufino de Elizalde -en carta enviada y reproducida por ‘La Nación’, al entonces gobernador de Buenos Aires, Carlos Casares- hacía conocer las ideas de Avellaneda sobre el problema del indio. El presidente reconocía que lo hecho hasta ese momento al respecto no había dado buenos resultados, refiriéndose a la falta de un plan preciso. Por ello, consideraba que lo mejor era darles un destino fijo para desmembrarlos como tribus y ponerlos bajo el cuidado de particulares, incluso familias que les enseñaran a trabajar. Los hábitos laborales de estos indios -continuaba la carta- demostraban que llegarían a ser buenos agricultores, pudiendo por lo tanto, ser destinados a colonias, nuevas o ya establecidas”.

Desde otras páginas, se escribían líneas más bien virulentas. Las autoras establecieron que ese “fue el caso del general Lucio V. Mansilla que, en carta al ministro del Interior, Saturnino Laspiur, reproducida por ‘La América del Sur’, recomendaba ‘... reducir o exterminar á (sic) los indios, pues mientras esto no se haga, la colonización estaría constantemente expuesta á sus depredaciones’”.

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