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VIAJERO FRANCÉS TENTÓ A “LOS DIOSES LACUSTRES”

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07/08/2026

Desafiar el Nahuel Huapi y quedar al borde del naufragio

En 1910 o 1911, Jules Huret hizo caso omiso a las precauciones del capitán. Después se arrepintió.
Hay veces en las que el lago Nahuel Huapi parece el mar. Mejor no salir.
Hay veces en las que el lago Nahuel Huapi parece el mar. Mejor no salir.

En algunas ocasiones en extremo ventosas, parece que las aguas del lago quisieran salir de su cauce habitual y desbordarse. En tales situaciones, más vale no aventurarse y tentar la suerte con una navegación demasiado arriesgada. En el presente, hay instrumentos que permiten anticiparse a las borrascas y planear en detalle cuándo o no soltar amarras. Pero no siempre fue así y sucedió que la impaciencia de ciertos pasajeros no hizo más que ponerlos en peligro.

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Fue el caso del viajero Jules Huret, un escritor y periodista francés que estuvo por estas latitudes en 1910 o 1911. Escribía para la prensa francesa, pero además reunió varias de sus impresiones en “La Argentina. Del Plata a la Cordillera de los Andes”, un libro que precisamente tiene más de un siglo, y es poco conocido por los adeptos a la historia de Bariloche y la región. El Cordillerano ya visitó sus páginas en ocasiones anteriores.

El europeo había ingresado al área del Nahuel Huapi a través de la ruta más transitada por aquellos tiempos, es decir, desde Puerto Varas a través del lago Llanquihue para cruzar la frontera luego de Peulla y finalmente, pernoctar o hacer escala del lado argentino en Puerto Blest. Era el trayecto del que se valía la todopoderosa Compañía Comercial y Ganadera Chile Argentina, que, a pesar de su denominación, era de capitales alemanes.

Después de un arribo sin contratiempos a San Carlos de Bariloche, donde Huret se quejó del servicio que prestaba el establecimiento hotelero donde pernoctó, el viajero conoció la Estancia San Ramón y a su administrador alemán. También tomó nota de la situación de precariedad que padecían los colonos de entonces, ya que, a pesar de acreditar décadas de permanencia, no tenían la oportunidad de titularizar sus tierras.

El célebre capitán Márquez, quien muy probablemente, tuvieron que bancarse al periodista francés.

Finalmente, llegó el momento de continuar viaje, no hacia Neuquén u otras localidades de la Argentina, sino por donde había llegado, es decir, por vía acuática y una vez más, en dirección a Chile. Quizás se enorgullecía el francés de su espíritu intrépido, pero poco tiempo después, lamentó su inconciencia. “Los dioses lacustres habían oído sin duda nuestro deseo de ver colérico, furioso, el lago del Tigre, pues se desencadenó una tempestad y pudimos contemplar, en efecto, las oleadas de espuma que anunciaban su furor”.

Con aquella denominación se refirió el cronista de viajes, precisamente al Nahuel Huapi, de acuerdo con las traducciones más usuales. No obstante, y con razón, “el capitán no quería salir del puerto. Nos recordaba que, hacía pocos años, un vapor que salió con un tiempo semejante había naufragado, a quinientos metros del muelle”. El periodista, que escribía para Le Figaro, no hizo mención alguna al desafortunado barquito, aunque cabe recordar que estuvo por aquí cuatro o cinco años después del hundimiento del “Helvecia”.

A pesar de la comparación, el pasajero insistió y quiso salirse con su cometido. “Finalmente, le pareció (al capitán) que el tiempo mejoraría, pues consintió, a instancia nuestra, en aparejar. Sin embargo, reinaba un viento fuerte y el vaporcito cabeceaba de lo lindo. Las olas, cortas y seguida, sacudían incesantemente la embarcación. Oíase (sic) crujir la madera del barco, y esos gemidos no eran muy tranquilizadores”, admitió el visitante, quizás un tanto arrepentido de su osadía.

Probablemente fuera Daniel Márquez el atribulado navegante. “El capitán parecía sentir haber cedido (sic) a nuestras instancias. En lugar de infundirnos confianza, no disimulaba su inquietud”, cuestionó en sus escritos el pasajero, sin refrescar que la tripulación se había hecho a las aguas ante su insistencia. Como se dirigía a Puerto Blest, difícilmente fuera otra embarcación que el célebre “Cóndor”.

Al menos en sus escritos, desde ya posteriores, Huret perdió finalmente todo decoro. “En muchas ocasiones, en los cabeceos más violentos del barco, tuve miedo, pues no me hallaba solo”, admitió. “Por fin llegamos a Puerto Blest, sin graves percances, pero con frío, lluvia y tinieblas. Eran las nueve de la noche. Recorrimos en sentido contrario el itinerario que hemos descrito”.

Se refiere a que páginas antes había escrito su viaje en dirección al Nahuel Huapi en sentido oeste – este, narración en la que describió al lago Todos los Santos; al río Peulla; a Casa Pangue; es decir, el último puesto comercial de la Chile – Argentina al oeste de la cordillera, lago Frías y finalmente, el establecimiento de la compañía en el lugar donde hoy está el hotel. “Otra tempestad, o la misma acaso, nos sorprendió al día siguiente en el lago Llanquihue, y llegamos maltrechos y enfermos a Octay”. Y sí, a la naturaleza hay que respetarla porque, además, no sabe de límites fronterizos.

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