Víctor Navarro añora las buenas costumbres de un pasado no tan lejano
Recorriendo los barrios de manera cotidiana uno se encuentra con historias de vida de vecinos que, orgullosos, se presentan como antiguos pobladores, laburantes que hicieron mucho por su barrio y por su ciudad. Víctor Lucas Navarro es uno de ellos y quiso compartir sus vivencias y recuerdos.
Vino solo de Chile a los 14 años, no tenía familiares ni amigos en Bariloche, “en realidad primero vine a El Bolsón porque el paraje donde yo vivía está muy cerquita cruzando la cordillera, tiene entrada por lago Puelo”.
Luego estuvo en El Manso, siempre haciendo trabajo rural, hasta que en 1960 se radicó en nuestra ciudad. “Tenía un conocido que me presentó a una señora que me dio albergue, primero fui gastronómico y estuve en el Llao Llao hasta que cerró, en el año 80”.
La última etapa en el rubro la hizo en el hotel Pilmayquen, “después de eso arranqué de lleno en construcción, ya lo venía haciendo cada vez que terminaba la temporada así que tenía experiencia”, contó.
“Antes se ganaba bien en los hoteles, había un porcentaje que le cobraban al turista, era un 21% que lo destinaban al personal, se llamaba el laudo, aunque muchas veces algunos dueños de los hoteles manoteaban de ahí porque era mucho dinero” detalló. Quitaron ese extra en la época de la dictadura militar, dijo.
En el año 69 conoció a Alicia Quedubina Chamorro, “fue en una casa de familia y desde el principio fue algo tranqui y con calma, nos casamos en el 71” recordó sonriendo. Tuvieron cuatro hijos, el mayor falleció.
“Siempre la luchamos juntos, como tiene que ser” comentó. “Siempre los alquileres fueron caros, un día volvía de un trabajo en el barrio El Pilar y me encontré con un conocido, me comentó que en la zona del Arrayanes estaban entregando terrenos y al otro día me fui a hablar con el agrimensor”. Ya había una parte loteada, “miró en un cuaderno y me dijo, este es su terreno y señaló al piso, me tomó los datos personales y listo”.
No fue fácil comenzar a construir porque continuaban pagando una renta, “empezamos con algo muy chico como todo laburante, antes era más fácil porque uno todos los meses podía comprar algo de materiales, ahora es imposible”.
Mucha mano de obra de carpintería lo hizo él, “albañilería no sabía, así que se lo di a una persona para que lo haga” describió.
En el Arrayanes
Cuando llegaron al barrio vivían aproximadamente cien personas, “pero se fue poblando rápido”. Un tiempo fue tranquilo, “en la década del 80 en adelante, esos pibes que siempre hay, empezaron a hacer macanas grandes y se nos hizo la fama de barrio peligroso”.
Comentó que “a mí me entregaron el terreno a fines del 80 y me acuerdo que estaba levantando mi casita, nos fuimos diez días a Cullín Manzano, dejamos todo abierto, sin llave ni cuidadores y cuando volvimos, estaba todo igual, ahora eso es imposible”.
El primer presidente de la junta vecinal fue un tal Aguilera, “participé de la comisión varias veces” dijo. Recuerda de esa época a una mujer mayor que criaba chivas y a la familia Espinoza.
“No teníamos ningún servicio, había una vertiente de la cual sacábamos agua todos los vecinos, en la parte alta de Rosa Mosqueta, sobre la Barda, era muy linda, yo ponía un tablón para que la gente no se llene de barro y la cuidábamos entre todos”.
Tampoco tenían luz eléctrica, “usábamos los faroles a gas o a querosene, que teníamos que ir a comprar cuando llegaba el camión”. Lo primero que llegó a Arrayanes fue el transporte, “la locomoción se llamaba línea 60 Belgrano y entraba una cuadra, daba vueltas en el cementerio y se iba”.
Años más tarde llegó la luz “ya fue otra cosa, la gente en esa época era muy aplicada y quería tener sus cosas en orden, cada uno veía como pagar su pilar y tener los servicios al día”.
Desde esa vertiente, el municipio sacó un tendido de mangueras desde el cementerio y dispuso un par de canillas públicas, “teníamos una en Ciprés y Elordi, ahí hacíamos cola, charlábamos entre todos mientras esperábamos para llenar nuestros baldes”.
“El camión pasaba a dejarnos agua una vez por semana, había que tener tachos limpios, cuando no venía recurríamos a la canilla”. De allí don Navarro hizo una pequeña extensión directa a su terreno y así fue como tuvo agua en su casita. “Vi varios vecinos haciendo el tendido de mangueras entonces después de pensarlo mucho me decidí a hacer lo mismo. Cuando finalmente llegó el servicio surgió un inconveniente, tuvimos que pagar dos veces la red, porque la primera empresa no puso un caño reforzado entonces cuando abrieron la llave, reventó todo”.
Después apuntaron a tener la red de gas, “se luchó mucho y logramos pagarlo”, explicó orgulloso.
Cosas por hacer
Al consultarle sobre cuáles son las cosas que siente aún como pendientes, Navarro dijo “me gustaría poder adelantar un poco más la construcción de mi casa, progresar, terminar una ampliación, ahora es imposible comprar materiales con mi jubilación”. Agradece a la vida poder haber cambiado las chapas el verano pasado, “pasamos tranquilos este invierno”.
Un hombre de trabajo, que vio crecer su barrio y su familia, sigue mejorando las plantas de su jardín y acariciando sus arrayanes.