¿Y la nueva arquitectura financiera internacional?
El Banco Mundial y el FMI tienen 74 años de existencia, lapso durante el cual se caracterizaron por sus permanentes ofensivas contra los pueblos y la soberanía de los Estados. Para empezar, digamos que desde 1944 hasta hoy, respaldaron activamente a todas las dictaduras y gobiernos corruptos que fueran aliados de Estados Unidos. Como la lista es demasiado larga, mencionemos apenas un par de ejemplos.
A través de su apoyo financiero, el BM y el FMI fortalecieron la dictadura de Ruanda hasta 1992, sostén que permitió que ese régimen quintuplicara los efectivos de su ejército. Con la imposición de sus “reformas estructurales”, el país africano ingresó en un estado de turbulencia que agudizó las tensiones preexistentes. La historia es más o menos conocida: la dictadura practicó un genocidio a causa del cual murieron un millón de tutsis y hutus. Cuando la situación tendió a normalizarse, el BM y el FMI le exigieron al nuevo gobierno ruandés que afrontara la deuda que había contraído el régimen genocida.
De manera similar, los “organismos” exigieron a los países que accedieron a su independencia a fines de los 50 y comienzo de los 60, el reembolso de las deudas que habían contraído las potencias coloniales, con el designio de perpetuar la colonización y situar lejos la posibilidad de la independencia económica. El caso más flagrante fue el de Bélgica, que contrajo una deuda considerable con el BM con el propósito de concluir con la colonización de Congo.
Si bien el derecho internacional no admite la validez de tales transferencias, para las entidades no hay más que impunidad. Recordemos que a su turno, la República Democrática del Congo vivió su propio trauma genocida.
Por otro lado, en los 60 tanto el BM como el FMI sostuvieron económicamente a la Sudáfrica del apartheid y también a Portugal, que todavía ejercía colonialismo sobre “sus” posesiones en África y el Pacífico. Los “organismos” hicieron caso omiso al boicot financiero internacional que se había decretado en ámbitos de la ONU. Además, el BM apoyó a Indonesia aunque ésta anexara por la fuerza a un país independiente: Timor Oriental.
Inclusive en tiempos recientes, ambos organismos violaron de manera flagrante el derecho de los pueblos a decidir sobre sí mismos, como consecuencia de las odiosas condicionalidades que acostumbran imponer. En la Argentina conocemos muy bien la historia: éstas no hacen más que empobrecer a la gente, incrementan la desigualdad y abren las economías de los países a la voracidad de las trasnacionales.
Tanto el FMI como el BM continúan que las conductas de siempre, es decir, presionan para que se reformen las legislaciones estatales y establecer códigos laborales, mineros, forestales y financieros a la medida de los intereses trasnacionales. En materia ambiental, el BM continúa con su apoyo a políticas productivistas que son desastrosas para los pueblos y nefastas para la naturaleza.
Del todo coherente con esa lógica, es la entidad internacional que gestiona el mercado de los permisos de contaminación (bonos de carbono). En este ámbito, también financia proyectos que violan de manera indisimulable los derechos humanos. Por ejemplo, la así llamada “transmigración” en Indonesia, “receta” que se puso en práctica entre 1970 y 1980 y que provocó la destrucción del medio natural y el desplazamiento forzoso de poblaciones indígenas. La metodología supuso rasgos que componen a los crímenes de lesa humanidad.
Más cerca en el tiempo, el FMI se desesperó por imponer a las poblaciones de Grecia, Portugal, Irlanda, Chipre y demás, políticas que ya se habían aplicado contra los pueblos de los países eternamente en vías de desarrollo, contra los de Europa central y también del este. Por otro lado, mientras los dos organismos pregonan la “buena gobernanza” en todos sus informes, abrigan en su seno comportamientos muy dudosos que jamás se ventilan. Además, mantienen a una proporción considerable de países en la marginalidad, a pesar de que éstos constituyen la mayoría entre sus miembros. Como contrapartida, privilegian a un puñado de países ricos.
Su retórica sobre la reducción de la pobreza no puede disimular una política concreta que reproduce y refuerza sus causas. La liberalización de los flujos de capitales que sistemáticamente las instituciones privilegiaron, fomentan la evasión fiscal, la fuga de capitales y la corrupción. Además, la liberalización de los intercambios comerciales reforzó a las grandes potencias y debilitó a los demás países, porque la mayor parte de los pequeños y medianos productores de los países “en desarrollo” no está en condiciones de resistir la competencia de las grandes empresas, sean del norte industrializado o de las “potencias emergentes”. Pero a pesar de tantas evidencias y ante la contraofensiva neoliberal, ya nadie reclama una nueva arquitectura financiera internacional, aunque sea más urgente que nunca.