El pensamiento único también se apoderó de la historia
La Constitución Nacional y los pactos internacionales reconocen que a raíz de nuestra condición de ciudadanos, somos depositarios de una serie de derechos. Entre ellos, está consagrada la libertad de prensa como resguardo del derecho a la información y también el acceso a la educación, que debe garantizar el propio Estado. Sabemos, sin embargo, que existen obstáculos para que esos derechos se hagan efectivos.
Desde cierta perspectiva, podríamos afirmar que para que los ciudadanos tengan una capacidad real de demandar lo que les corresponde, no estaría de más saber qué se entiende -en este caso- por argentinos y argentinas, qué somos en realidad, cómo es el país donde vivimos y cuál se supone que debería ser el rol que cada uno debería desempeñar para alcanzar su realización y también, la del resto de los integrantes de la comunidad.
Para arribar a estas respuestas, cae de maduro que es necesario conocer profundamente la historia que tenemos en común porque solo de esa manera, se podrá comprender por qué vivimos de la manera en que lo hacemos. Un ejemplo: por mucho tiempo se tuvo a los habitantes del interior del país, con énfasis en determinadas provincias, como vagos, abúlicos, perezosos y demasiado amigos de la siesta.
Si se tuviera en cuenta que los ejércitos libertadores que inclusive lucharon más allá de las actuales fronteras argentinas, estuvieron básicamente integrados por esos criollos, más numerosos contingentes de negros -afro argentinos diríamos hoy- , difícilmente se aceptaría ese estereotipo. En efecto, creemos que como ciudadanos, también tenemos un firme derecho a acceder al conocimiento de la historia argentina.
El vacío no surgió por generación espontánea. La historia que nos enseñan desde fines del siglo XIX hasta la actualidad fue ideada por Bartolomé Mitre y una constelación de sucesores. Corresponde básicamente a un relato que fue construido de acuerdo a las minorías económicamente poderosas, muy vinculadas a intereses extranjeros, las que se alzaron con el poder político después de la derrota de la Confederación en la batalla de Pavón, cuyo aniversario se cumple hoy.
Nuestros maestros -más allá de su voluntad- nos transmitieron una sucesión de fechas y batallas sin que fuéramos capaces de visualizar el proceso en que se enmarcaban, a tal punto que en repetidas ocasiones explicaban los sucesos gracias al arbitrio de sus protagonistas o a través de la receta siempre a mano de los enfrentamientos personales. Pero en las primeras décadas del siglo XX, comenzó a demostrarse que algunos datos y documentos se habían marginado de la narración.
Algunos ejemplos. Pocos de nosotros sabemos que José Hernández, el autor del “Martín Fierro” era además de literato, militante y ensayista político. Otro: ya comentamos aquí que los negocios mineros en Famatina constituyeron un auténtico escándalo de corrupción protagonizado por Bernardino Rivadavia y denunciado por Manuel Dorrego, luego fusilado. De hecho, San Martín y hasta O’Higgins odiaban al prócer de los cuadernos.
Tuvo que transcurrir aproximadamente un siglo para que supiéramos que en el noroeste argentino, la represión que desataron los ejércitos mitristas provocó la muerte de miles de argentinos, en un genocidio que no tuvo nada que envidarle al que perpetraron las últimas dictaduras latinoamericanas. Esos hechos tuvieron lugar entre 1862 y 1865. ¿Alguien tuvo la suerte de estudiarlos en la escuela secundaria o aun en la universidad?
También se ocultó durante mucho tiempo el rol que desempeñó Juan Manuel de Rosas en el proceso que provocó el combate de la Vuelta de Obligado, actitud que hay que tener en cuenta aunque al mismo tiempo se denuncie su política interna. Por otro lado, el fundador de “La Nación” y su escuela recurrieron sistemáticamente a la tergiversación, como por ejemplo, la demonización del “Chacho” Peñaloza, a quien le pagaron su bondad y generosidad con una ejecución a traición.
Pero el tiempo no pasa en vano y los pueblos no son tan zonzos. Arturo Jauretche hasta fue saludado por una banda de rock mientras ningún adolescente sabe de la existencia de Ricardo Levene. Fue precisamente el autor de “El medio pelo en la sociedad argentina” quien calificó a la oficial como “esa historia para el Delfín, que suponía que el Delfín era un idiota”. Las que nos supuso filo-europeos, solamente urbanos y obviamente, blancos.
Un pensamiento auténticamente liberal y honesto hubiese reconocido que existe “una política de la historia” y que por eso, las diversas ideologías que compiten en el campo político, también lo hacen en el terreno de la interpretación histórica. Pero en general, los argentinos solo tuvimos acceso a una sola de las bibliotecas. Para ejercer nuestro derecho a conocer la historia argentina, debemos reclamar que se desempolven las demás. Y que se escriban muchas otras que todavía están pendientes. En Patagonia también.