EMOCIONES ENCONTRADAS: El viejo Alemán
Carlos llegó hasta la casa de su padre, Joseph. El día anterior lo había llamado varias veces y no le contestó. Aquel hombre no era de lo más comunicativo, pero a la noche siempre atendía. Esa vez no. Carlos fue hasta la cabaña que estaba apartada del casco urbano, parecía como si el progreso se hubiese apiadado de los deseos de su morador de vivir en el bosque, lejos de los ruidos. Golpeó la puerta y no obtuvo respuesta, luego de insistir un par de veces más, recurrió a la copia de la llave de la puerta de atrás, que tenía en su poder.
Al entrar sintió ese aroma tan familiar de la casa de su padre, ese que se lleva metido en la piel, aun estando lejos. Aunque Joseph vivía solo, era muy ordenado con sus cosas. La cocina a leña estaba fría, indicaba que hacia unas cuantas horas no había sido utilizada. Pasó hasta la pieza, era media mañana, por lo que descartó que estuviera acostado, por las dudas se asomó; su padre ni aun enfermo se quedaba en la cama. Se asomó a la biblioteca. El viejo profesor de Biología pasaba casi todo el día encerrado entre sus libros, escritos y apuntes. Era “su” lugar. Carlos creció viéndolo allí, sentado al lado de la ventana, leyendo. A veces recorría los estantes mirando y acariciando sus libros, como repasando con el tacto lo que en ellos estaba guardado, o quizás homenajeando a todo el conocimiento que había en ellos y que le había permitido trabajar y llenar sus horas con la ciencia y la vida entre las plantas, el bosque y la montaña. Joseph había llegado a la Argentina desde su Alemania natal siendo un muchacho, recibido de biólogo, habiendo escalado cuanta montaña se le cruzara por delante.
Ya instalado en la cordillera patagónica repartía sus horas entre la docencia y el andinismo. Las montañas era su debilidad, decía que el hombre es como ellas: asciende, llega a la cumbre y luego desciende y que, al igual que las montañas, tiene muchos misterios escondidos bajo la piel. Carlos lo iba a visitar periódicamente, pero ese día, al ver como estaba todo, lo envolvió una sombra de desconfianza.
Fue hasta la puerta principal, a mirar el vestidor, donde Joseph guardaba sus abrigos. Carlos se terminó de convencer de que algo no andaba bien: la campera y la mochila de su padre no estaban: “salió y no volvió” pensó.
Tomó la agenda y llamó a un par de amigos, los más cercanos, quienes le aseguraron no haberlo visto en los últimos días. Mientras hablaba con uno de ellos, miró la mesa del comedor, sobre ella vio un par de fotos de su madre. Colgó y se acercó. Allí estaba aquella mujer, radiante, bella, feliz. Había venido desde Alemania siguiendo a su amigo y compañero de estudios, con quien finalmente contrajo matrimonio y del que Carlos era el único hijo. Junto a las fotos, un alhajero, donde guardaba un prendedor de oro que ella solía usar, estaba vacío. Llamó Claudio.
- Sabés que estoy en la casa del viejo y no está, algo me huele mal.
- ¿Dónde crees que puede andar? -le preguntó su amigo.
- No sé, pero la última vez que lo vi andaba medio raro, como muy metido en él -respondió Carlos, recorriendo con la mirada la casa.
- ¿Habrá ido a la montaña? -aventuró Claudio.
- Y… el viejo cuando quería pensar o andaba triste se tomaba el buque.
- ¿A dónde solía ir?
- Qué se yo, viste que subió cuanto cerro hay –respondió el hijo del alemán, cargado de incertidumbre.
- ¿Querés que salgamos a buscarlo? –ofreció Claudio.
- Dale, hago un par de llamados, busco algo de abrigo y vamos. Buscame por mi casa en una hora.
De regreso a su casa, Carlos hurgaba en su memoria tratando de interpretar el recorrido que pudiera haber hecho su padre, ¿dónde andaría? Lo había acompañado infinidad de veces, pero así, a las apuradas y sin datos, aquello sería buscar una aguja en un pajar.
Mientras armaba la mochila, pasó por un pasillo donde tenía colgados retratos con fotos de la familia. Una de ellas lo atrapó: su padre y su madre posando sobre una piedra, de espaldas al abismo. Fue una vez que subieron los tres a un refugio, a celebrar las bodas de oro de los viejos. Con sus casi setenta años, Joseph y Ana, habían llevado en sus mochilas champán y copas para hacer un brindis allá arriba. En esa foto Joseph la miraba con una mirada cargada de amor. Era solo a ella a quien podía mirar así, su partida había hecho mella en el espíritu de aquel roble, que desde entonces no había vuelto a ser el mismo. “Ahí está el viejo” se dijo Carlos, en voz alta.
La bocina de la camioneta de Claudio lo sacó de sus pensamientos. “Vamos al puente de piedra” dijo y fue suficiente para que su amigo supiera adónde dirigirse. Tomaron la senda que serpentea entre el bosque y pronto comenzaron a subir bordeando un arroyo. Más adelante siguieron un sendero casi escondido, apartándose de la huella principal que lleva al refugio. Carlos iba encerrado en sí mismo, Claudio guardaba respetuoso silencio.
“Los hombres deben saber cuándo es la hora de dejar este mundo, todos tenemos una cantidad de energía para utilizar y, cuando ésta se agota, hay que estar preparado para decir adiós”, solía decir Joseph. “Si puedo elegir el lugar de mi muerte, elegiría la montaña, solo, allí, tomar champán hasta dormirme. Que así me encuentren…” frases que retumbaban en la memoria de aquel hijo que marchaba preocupado, intuyendo íntimamente el desenlace de la ausencia de su padre.
La caminata llevaba unas cuantas horas, el sol de la primavera aun los acompañaba, junto con todo el encanto del bosque. Sin poder predecir el tiempo de búsqueda, habían llevado elementos como para pasar la noche y poder alumbrarse. Llegaron a la inmensa piedra donde habían estado aquella vez celebrando juntos. Desde ella se perdía la vista hacia el horizonte, el cielo del atardecer, sin nubes, recibía a las cumbres nevadas que parecían entrar en él. Un poco más arriba, un arroyo buscaba su camino entre las piedras. Claudio se había apartado unos metros. Llamó a Carlos. Allí estaba Joseph, recostado contra unas piedras, como en una cuna, dormido. Tenía el prendedor en su mano y a su lado, una botella de champán.