2018-09-13

Aida Puñalef, vivencias de una vida dura que la fue llenando de fortaleza

En cada barrio encontramos de manera cotidiana hombres y mujeres que han aportado su granito de arena, en base al trabajo, para que esta ciudad siga creciendo. De ahí la importancia de no dejarlos caer en el olvido, porque con sus anécdotas y vivencias, continúan enseñando. Hoy, la historia de Aida Puñalef.

Aida Puñalef tiene 82 años, vive en el barrio Nahuel Hue, nació en el Puesto 4 de Alicura, “mi papá era chileno, cuando tenía 15 años se vino a trabajar a la Estancia Pilcaniyeu donde mucho tiempo después quedó como puestero” comentó.

Eran siete hermanos, “todos los días hacíamos 13 leguas a caballo hasta la escuela de Pilca, nos teníamos que levantar a las seis de la mañana para preparar el caballo, a veces se ponía mañero y nos volteaba” relató. Siempre llegaban tarde, a veces la maestra se lo perdonaba, pero otras, los hacía regresar y ahí era cuando debían enfrentarse a los retos de su padre. “Nos corría por el patio y nos hacía volver a la escuela” recordó sonriendo.

De todas maneras, solo cursó hasta segundo grado porque sus padres decidieron que tenía que trabajar, “había en la zona una señora solterona, su mamá era india y usaba plumas, su marido era español entonces me mandaron a la Estancia San José y estuve casi dos años con ellos”, dijo.

Ellos no la mandaron a la escuela, la pusieron a trabajar en la chacra, “salía a caballo a juntar los animales, ordeñaba las vacas”. Luego pidió volverse con su mamá porque extrañaba mucho, sus hermanos eran chiquitos.

“Después vino a mi casa una gente rica de Neuquén, abastecedores de carne, hablaron con mis padres y me fui con ellos, cruzamos el Limay en bote, ¡Qué miedo que tuve!” recordó.

Se muestra muy agradecida de lo sucedido, “les crié a sus hijos, pero fue como si me adoptaran, me enseñaron a cocinar, a bordar, me sacaban a pasear, me llevaban a las peñas, pasé cuarenta años con ellos”.

“Solo dos veces pude volver a ver a mi mamá, el último año estaba enferma así que me quedé un tiempo con ella, cuando se agravó mis patrones me mandaron en un avión militar a Pilcaniyeu para despedirla, pero cuando llegué ya había fallecido”, dijo muy angustiada.

Cuando fue más grande le daban permiso para ir a algún baile y así fue como conoció a quien fue su primer novio.

Continuó esa relación y aceptó casarse con él, “me decían que lo pensara bien porque tenía problemas con el alcohol, yo no sabía cuánto lo iba a aguantar, pero me casé”. Aida tenía 26 años.

Se fueron de Luna de Miel a San Martín de los Andes donde su marido entró en Gendarmería, “estuvo un año, pero lo pasó preso castigado por seguir escapándose a tomar”. A los años de casarse tuvieron a su primera hija, “no era un hombre malo, pero se perdía en la bebida, perdió trabajos muy buenos. Entonces nos fuimos a la casa de mi hermana en Ramos Mexía”. Anduvieron por todos lados sin encontrar su lugar en el mundo, “nos prestaron un campo para trabajarlo, nos dieron animales, pero nada resultó”, indicó. Llegó la hija más chica, pero tenía muchos problemas de salud.

Finalmente se vinieron a vivir a Bariloche “nos prestaron un lugar donde quedarnos en el edificio del Tiro Federal de calle Brown. Fue una época muy triste, me la pasaba yendo y viniendo al hospital con mi nena, dejaba a la más grande, que tenía tres años, solita jugando y cuando volvía ahí estaba, era muy buena” dijo. Tiempo después se fueron a Valcheta, “mi marido entró a la Policía, le armé la valija y no volvió por mucho tiempo, pensé que le

estaba yendo bien, pero un día apareció, había vendido lo poco que tenía y otra vez estaba en la ruina, así que me separé y me vine para acá de nuevo” contó.

“Cuando fui a inscribir a mi hija al jardín de infantes me pidieron varios documentos, ahí me enteré que mi marido nunca la había anotado en el Registro Civil, así que tuve que buscarlo para que venga a reconocerla, pero no lo encontré”.

Acá tenía otro hermano que le dio una mano, “alquilé una casita de madera en la calle Anasagasti, me costó un montón criar sola a mis hijas, pero salimos adelante”. No contaba con los medios para que continuaran estudiando, Aida trabajaba todo el día y ya no sabía cómo seguir, “una de mis patronas me dijo que las mandara a un internado en un colegio de monjas en Chimpay, los primeros meses sufrí mucho, cada vez que podía las iba a ver”.

Comenzó a trabajar en el Hotel Aguas del Sur de cocinera y entonces los viajes se hicieron más esporádicos, pero todas las vacaciones las hacía traer. “Después nos fuimos a la casa de una hermana en Córdoba para que hagan su secundaria, pero sufría mucho el calor, trabajaba en casa de familias de varios doctores, logré alquilarme una casita, me regalaron los muebles para el dormitorio de las chicas, gracias a Dios siempre encontré gente que me dio una mano”.

Tomó la decisión de volver a Bariloche, pero las hijas ya habían armado sus vidas allá, “ya había ayudado a criar a mis nietitos, me vine de vacaciones por 15 días, volví a trabajar tres meses para avisar de mi decisión y ya me quedé acá” afirmó.

Al principio trabaja en la casa de un hermano, vendía comida en los barrios y de a poquito se fueron acomodando las cosas.

“Me acerqué al centro de abuelos de El Frutillar donde hay gente muy linda, íbamos a los encuentros y peñas donde conocí a un hombre muy bueno”. Este caballero se enamoró también de ella y la invitó a convivir a su casa, vivieron felices, pero hace seis años que falleció. “Estuve con él 24 años, pero otra vez me quedé sola, he sufrido mucho, por suerte ahora estoy mejor” relató.

“Mi pareja había puesto su casa a nombre mío así que no pago alquiler, hice cursos de panadería y repostería, vendo facturas y tortas fritas entre los vecinos, estoy bien” afirmó Aida.

“Este lugar no lo cambio por nada, amo Bariloche y aunque me regalaran una casa en otra ciudad, no me iría” finalizó diciendo.

Aida tiene una dura historia de vida de viajes, distanciamientos y tristezas, pero sigue adelante con muy buen humor y gran fortaleza, una vecina de nuestra ciudad que compartió sus anécdotas con El Cordillerano.

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