2018-09-12

Ni el rebaño ni el silencio

Los seres humanos vivimos en sociedad. A diferencia de la conducta de algunas especies animales, esa sociabilidad asume un carácter esencial. En consecuencia, el conocimiento de la realidad va mucho más allá de la experiencia sensible inmediata. La construimos no solo a través de lo que contemplamos con nuestros sentidos, sino también gracias a las ideas y conceptos que nos llegan a través de la comunicación social.

¿En qué medida se relacionan y avanzan una sobre otra estas dos dimensiones: la sensible inmediata y la comunicación social? Sabemos que la transmisión del conocimiento a través de un determinado medio de comunicación puede trastocar toda una concepción. Marshall McLuhan, en su obra “El medio es el mensaje” dijo que los medios de comunicación son una extensión de los órganos del ser humano, es decir, de su sensibilidad.

Muchos teóricos hablan de la tiranía de los medios de comunicación. Aunque no se adhiera a esta tesis que quizá suene extrema, habrá que admitir que éstos provocan efectos notables sobre la sociedad. Es más, a esta altura de los acontecimientos no creemos que pueda concebirse el funcionamiento de una sociedad moderna por pequeña que fuere, sin la existencia de radios, estaciones de televisión o inclusive, medios gráficos.

No por eso habrá que dejar de señalar el crecimiento desorbitado y los procesos de concentración que los medios sufren de forma permanente. Sobre todo, aquellos de contenidos audiovisuales, que transmite información en “tiempo real”. El espectador supone que presencia acontecimientos que ocurren a miles de kilómetros en calidad de testigo directo y cree que accede a una mayor fidelidad. Pero en rigor, no es así.

El asunto se complica con la comunicación política. Hay quienes afirman que en la práctica no son los contenidos de los medios los que determinan los efectos de la información que se difunde, sino los “factores intermedios”. Éstos son las propias cualidades del receptor, es decir, su actitud, sus intereses, la clase social a la que pertenece y demás. Pero no descubriremos la pólvora si afirmamos que el contenido de los medios actúa directamente sobre la sociedad.

No es casual que si los noticieros de la televisión abierta consagran el 80 por ciento de su tiempo a repasar los hechos delictivos de cada jornada, la atmósfera que prime sea la de la “inseguridad” y los consiguientes reclamos.

Es la llamada “idea de la realidad”, que genera efectos sobre las posturas que adopta la gente hacia los valores, es decir, las normas y las consideraciones sociales, la opinión sobre las instituciones, las personas públicas y los temas supuestamente prioritarios.

Así se construye la omnipresente opinión pública, a la que tantas veces se alude y pocas veces se admite maleable como es. Pese a tantos estudios, no existe todavía un método que sea empírico, válido y fiable que permita cuantificar la incidencia que tienen los medios. Esta ambigüedad se “agrava” a raíz de los diferentes puntos de vista: la comunicación, la psicología, la sociología y la antropología, entre otros saberes.

No obstante, los estudiosos llegaron a dos teorías básicas: la Agenda Setting y la Teoría de la Espiral del Silencio. La primera afirma que los medios presentan una serie de acontecimientos de mayor o menor gravedad sobre los que deberemos formarnos una idea personal. De esta manera, imponen el “orden del día” sobre el que deberemos formar nuestras propias opiniones. Numerosos ejemplos nos ayudan a demostrar la teoría: ¿a quién debería realmente interesarle con quiénes novian los jugadores de fútbol más allá de los involucrados?

Uno de los teóricos que desarrolló la teoría pudo demostrar que la cantidad de información que recibe una persona tiene mucho que ver con la formación de su opinión. En efecto, la persistencia con que se muestra determinado tema influye sobre la atención de la población. Por ejemplo, todos conocemos más o menos qué sucede en Siria y tenemos una opinión. Ahora bien, ¿qué postura adoptamos en relación a Somalia?

La Teoría de la Espiral del Silencio intenta esclarecer la interdependencia que existe entre las opiniones personales y la importancia que sobre éstas ejercen los medios. Este enfoque supone que como las personas no desean quedar aisladas del resto de la sociedad a raíz de sus opiniones, asimilan las del entorno. O bien se retiran a una minoría temerosa de opinar.

Se adopte una u otra postura, queda en el camino el sentido crítico de los individuos. La perspectiva se torna más dificultosa aún si recordamos que según expertos en pedagogía, existe una generación de argentinos que no accedió al pensamiento crítico, es decir, son indefensos “clientes” de la agenda mediática. Frente a este panorama, la independencia periodística se erige como valor fundamental y necesario.

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