Harán falta máscaras para respirar
Hasta que se desmoronó el Muro de Berlín, eran cuantiosas en el mundo del cómic las narraciones que se ubicaban en el futuro después de la previsible -por entonces- hecatombe nuclear. En varias de ellas, los sobrevivientes tenían la obligación de respirar a través de complejas máscaras o equipos, ya que, como consecuencia de la deflagración, la atmósfera se había tornado irrespirable. Con el desvanecimiento de la ex URSS, las historietas cuyas tramas se desenvolvían después de los estallidos nucleares perdieron espacio, ya que supuestamente el peligro se había desvanecido.
Pero allá por 1989, pocos podían sospechar que caminábamos despacio hacia otro horizonte seguramente menos virulento, pero igual de inquietante. Gracias al trabajo de los científicos sabemos que como consecuencia de los gases de “efecto invernadero”, es cada vez mayor la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera. Pero curiosamente, no goza de idéntica difusión la consecuencia que le sigue lógicamente: la disminución del oxígeno. Sobre todo, si se tiene en cuenta que estamos frente a un elemento ante cuya carencia, la vida humana no será posible.
Las evidencias están a la vista: hace tan solo 10 mil años, la cubierta vegetal del planeta doblaba a la que existe en la actualidad. Quiere decir que los bosques que sobreviven hoy emiten la mitad del oxígeno que diseminaban por aquel entonces. Pero, además, el deterioro no terminó porque la desertificación y la deforestación aceleran la disminución significativa de las fuentes de oxígeno.
El panorama es similar en el mar. La mismísima NASA admitió que en el norte del Pacífico las grandes concentraciones de fitoplancton productoras de oxígeno, totalizan un 30 por ciento menos que en los 80. Estamos frente a un enorme descenso que se produjo en solo tres décadas… Por su parte, la ONU sabe hace 15 años de la existencia de 150 “zonas muertas” en diversas áreas de todos los océanos, sitios donde se vierten o vertían aguas residuales y desechos industriales, fertilizantes agrícolas y otros contaminantes.
Cuando van a parar a las aguas, estas sustancias reducen el nivel de oxígeno en una extensión determinada, donde las criaturas marinas ya no pueden vivir. No necesitamos que nos cuenten esa historia: en la Argentina tenemos el desastre de la Cuenca Matanza – Riachuelo, cuyos cauces se caracterizan por carecer de oxígeno. En consecuencia, no es posible la vida.
Por otro lado, hay investigadores que se detuvieron a estudiar los niveles de oxígeno que se daban en tiempos prehistóricos. Analizaron químicamente las burbujas de aire que quedaron atrapadas en el ámbar de árboles fosilizados; estos estudios permiten afirmar que los humanos respiraron un oxígeno mucho más rico hace 10 mil años. Antes en el tiempo los niveles de oxígeno fueron también considerables: hace 65 millones de años, el 29 por ciento del aire era oxígeno.
Son varios los científicos que concuerdan a la hora de sostener que, en tiempos históricos, la magnitud de oxígeno presente en la atmósfera osciló entre el 30 y el 35 por ciento. En la actualidad, ese guarismo solo trepa al 21 por ciento. Pero además, los niveles son todavía menores en las zonas céntricas de las ciudades más contaminadas y densamente pobladas. En esos sitios, en cercanías o derredor de grandes centros industriales, el oxígeno solo representa el 15 por ciento de la atmósfera. Puede que menos.
Buena parte del cambio climático acelerado al que asistimos, tiene que ver con la actividad económica que se comenzó a desarrollar durante la Revolución Industrial, con la quema de combustibles fósiles. La humanidad en su conjunto se consagró a bombear cantidades crecientes de dióxido de carbono a la atmósfera, al consumir carbón, petróleo y gas natural. El proceso también se caracterizó por el consumo de oxígeno y la destrucción significativa de la vida vegetal. Entonces, mientras por un lado diseminamos dióxido de carbono por la atmósfera, por el otro eliminamos las “fábricas” de oxígeno. Paradigma insostenible.
Es muy probable que el ritmo de pérdida de oxígeno se haya acelerado significativamente en las últimas tres décadas, con la industrialización de China, India, Corea del Sur y otros países. Además, en todo el planeta se incrementó la quema de combustibles fósiles. Se dice que si la atmósfera solo contiene entre 12 y 17 por ciento de oxígeno en las grandes ciudades, será difícil para los residentes tomar el oxígeno que se necesita para mantener la salud. Si no ingresa al organismo el oxígeno que éste demanda, las células del cuerpo y el conjunto del sistema inmunitario, dejarán de funcionar a pleno. Sonará apocalíptico, pero así están las cosas… Sin el trámite de las conflagraciones nucleares, igual harán falta máscaras para desarrollar la básica tarea de respirar.