2018-08-22

Época de manifestar heroísmo

En julio de 1812, Belgrano estaba más que preocupado. Los maturrangos avanzaban desde el norte y el estado de las tropas propias no aconsejaba presentar abierta batalla. Buenos Aires quedaba muy lejos y nunca demostraría demasiado interés por la suerte de esa parte de las Provincias Unidas. Si bien sus estudios y formación tenían que ver con la abogacía, en dos años intensos algo había aprendido de cuestiones militares. Entonces, recurrió a una vieja táctica: la tierra arrasada.

No solo fue necesario recurrir al patriotismo y la abnegación de los jujeños, como durante tanto tiempo nos quiso enseñar la historia oficial. La de Belgrano fue una orden terminante y aquel que no la respetara, corría el riesgo de enfrentarse a un pelotón de fusilamiento. Eran tiempos de revolución y las vacilaciones ante la vista del enemigo, no tenían lugar. Para el adversario, el vacío: ni casas, ni objetos que pudieran ser útiles, ni alimentos ni nada.

Y así fue. Las familias jujeñas cargaron pertenencias a lomo de mula, caballo o burro. Los más pudientes, llenaron sus carros. Para el resto de los enseres, el fuego. Hay que imaginarse la escena: cientos y hasta miles de mujeres, niños, ancianos, en dirección al sur, con sus querencias atrás y la amargura sobre las espaldas. Marchaban junto al Ejército del Norte, por entonces más conocedor de las desdichas que de las glorias.

La marcha comenzó 206 años atrás: el 23 de agosto de 1812. En aquellos días, todo se tornaba incierto. La suerte de la revolución lejos estaba de jugarse y todavía faltaba bastante para que San Martín y sus huestes cruzaran la cordillera para comenzar a inclinar la balanza. La magnitud del éxodo puede chequearse en los testimonios de los realistas, cuyos oficiales hablaban en sus bandos de los escasos vecinos que quedaron en Jujuy, de la miseria que encontraban en los caseríos y campos y en la devastación que dejaban detrás los partidarios de la república.

El célebre Goyeneche le escribía a un subalterno: “Me llena de la más dulce complacencia el voto unánime y general que V.S. me indica de los pocos vecinos que han quedado en esa ciudad de mantenerse decididos y adictos a la Casa del Rey sin que los retraiga la devastación que el furor y venganza del Caudillo Revolucionario Belgrano han causado en su población según lo tuvo anunciado en su impío bando del 29 de julio”. Aquellos pocos vecinos eran tres.

Aquel bando de Belgrano arrancaba así: “Desde que puse el pie en vuestro suelo para hacerme cargo de vuestra defensa, en que se halla interesado el Excelentísimo Gobierno de las Provincias Unidas de la República del Río de la Plata, os he hablado con verdad. Siguiendo con ella os manifiesto que las armas de Abascal al mando de Goyeneche se acercan a Suipacha; y lo peor es que son llamados por los desnaturalizados que viven entre nosotros y que no pierden arbitrios para que nuestros sagrados derechos de libertad, propiedad y seguridad sean ultrajados y volváis a la esclavitud. Llegó, pues, la época en que manifestéis vuestro heroísmo y de que vengáis a reuniros al Ejército de mi mando, si como aseguráis queréis ser libres”.

Narraciones que se basaron en el testimonio oral de los jefes realistas, dieron cuenta después de la Independencia de la magnitud del suceso. En referencia al oficial que mencionábamos más arriba: “Hallándose a esta sazón con un brillante ejército, orgulloso por sus anteriores victorias, y muy superior en número y disciplina a las pocas y desalentadas tropas de Buenos Aires, que ocupaban las ciudades de Jujuy y Salta, de las que se habían retirado después de los ataques de Suipacha y Nazareno, con orden de su comandante Belgrano para que todos los habitantes evacuasen aquel territorio llevándose los archivos y aun los armamentos y muchos vasos sagrados de las iglesias, dispuso que el mayor general don Pío Tristán avanzase con tres mil quinientos hombres en persecución de aquellos prófugos”.

La retirada no se prolongó. El 24 de septiembre se plantó el Ejército del Norte en Tucumán, sin hacer caso a las órdenes de Buenos Aires. Allí, la suerte de las armas favoreció a los patriotas, que con el triunfo persiguieron a los realistas para asestarles otra derrota el 20 de febrero de 1813. Es que la “inteligencia” del rey obvió unos datos importantes: era verdad que su ejército era “muy superior en número y disciplina a las pocas y desalentadas tropas de Buenos Aires”. Pero los porteños no estaban solos. Lejos estuvo la gesta revolucionaria de limitarse a la actuación de unos pocos militares de la ciudad portuaria. Los realistas se equivocaron, los historiadores “oficiales” también. Pero el pueblo norteño no.

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