2018-07-09

Pedirán una prórroga para continuar investigando el crimen de Micaela Bravo

La fiscal Betiana Cendón, solicitará al juez Ricardo Calcagno una prórroga para poder seguir investigando el crimen de la joven Micaela Bravo, ocurrido en marzo de 2016. Una mujer es la principal sospechosa, aunque hasta el momento no pudieron encontrar elementos suficientes como para profundizar la acusación en su contra.

Tiempo atrás, la realización de un allanamiento de carácter científico en el barrio 2 de Abril, renovó las esperanzas de poder esclarecer uno de los crímenes que conmovió a Bariloche en marzo de 2016. Una mujer figura como principal y única sospechosa del crimen y ella conoce las sospechas en su contra, pero los investigadores aún no logaron encontrar una prueba objetiva que arroje luz definitiva sobre lo ocurrido y por ello, ante la imposibilidad de avanzar en la acusación, se planteará un pedido de prórroga.

El crimen, ocurrido el 23 de maro de 2016, tuvo un lento avance de investigación desde el momento mismo en que se conoció el hecho. Pocas pruebas y un cadáver en avanzado estado de descomposición, trabaron todo intento por continuar. Pero el surgimiento de nuevos testimonios abrió un camino diferente. Los relatos colocaron a Micaela retirándose del jardín Mundo Nuevo, en el que había dejado a una sobrina, aunque acompañada por una mujer de su entorno que parecía obligarla a salir juntas.

El paradero de la joven fue incierto durante semanas y su búsqueda fue frenética hasta que el 6 de abril de ese año su cadáver, con un alto grado de descomposición, fue hallado en un descampado ubicado entre la ruta de Circunvalación y la ruta Juan Marcos Herman.

El levantamiento de 49 muestras sobre el cadáver que se realizó apenas meses atrás, permitió el análisis de las diversas manchas y sustancias, que se hacen parcialmente en distintos laboratorios.

La expectativa de máxima del equipo de investigación que encabeza la fiscal Betiana Cendón, es hallar un perfil genético para un análisis comparativo con la principal sospechosa, aunque hay otros elementos que también podrían corroborar la hipótesis principal del hecho, que es la participación en solitario de la mujer en el crimen. Entre los elementos pesquisados hay muestras de tierra, madera, plásticos, pelos y algunos rastros que inicialmente se especula podrían ser de sangre.

Buscando elementos que sean compatibles con aquellos requisados en el cadáver de Micaela, las autoridades concretaron un allanamiento en una vivienda del mismo barrio 2 de Abril, en el que reside la mujer sospechada. El allanamiento tuvo carácter científico y se basó únicamente en la búsqueda de compatibilidad. En ese contexto se realizaron isopados, se buscaron pelos de animales y se puso especial atención en un pequeño carro que las autoridades sospechan pudo haber sido utilizado para trasladar el cadáver hasta las cercanías del lugar en el que fue arrojado.

Otro de los elementos reveladores es una pericia concretada por las autoridades que se denomina autopsia psicológica. La misma buscó reconstruir la actividad psicológica de la víctima y posibles enemigos o temores hacia determinadas personas. El resultado fue contundente en el sentido de abonar la teoría del caso.

Además, las lesiones sufridas por Micaela Bravo antes de su muerte y en forma posterior, como así también los rastros que se hallaron hasta ahora, abonan la hipótesis fiscal en cuanto a la mecánica de la agresión, la actitud defensiva que adoptó la joven antes de morir y la forma en que su cuerpo fue trasladado y arrastrado hasta el sitio en que se halló. Todo ello confluye en la hipótesis de que el autor del hecho no pudo haber sido un hombre, descartando de ese modo un posible encuadramiento de femicidio.

Micaela Bravo tenía 28 años. Desde los 16 años asistía a la iglesia Antorcha de Fe. Allí había conocido a Patricio Vargas, el hijo del pastor, con quien se casó y tuvo tres hijos. A finales de 2015 la relación se rompió y Micaela recaló en casa de su madre, con sus tres hijos.

Poco después la víctima comenzó una relación con Juan Carlos Colipi, a quien conocía del templo. El joven tenía en ese momento 19 años y asistía, junto a su madre, a la iglesia.

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