EMOCIONES ENCONTRADAS: El herrero
Terminó de tomar el último mate, la bombilla hizo rezongar la calabaza entre sus manos. Afuera estaba lindo. Era de esas mañanas de primavera que ya amaga dar paso al verano.
Una de sus hermanas le había dicho a su papá que ese domingo pasaría el día con ellos. Don Antonio vivía con la hija mayor pero, los fines de semana, lo llevaban a lo de alguno de los cuatro hermanos, para darle descanso a la que asumió su cuidado y también para estar un rato con él. Ya no podía vivir solo. Andaba bastante perdido. Los años habían dejado poco de aquel robusto herrero que, junto a doña Ester, les dio la vida. Ella había partido hace años y ahí quedó él, al cuidado de sus hijos.
La nieta mayor lo había sentado en un sillón en el patio, el sol entibiaba y allí estaba el abuelo, con la mirada perdida, en su mundo. Rubén lo vio de paso hacia el quincho. Era cerca del mediodía y se disponía a hacer fuego para el tradicional asado del domingo.
Limpió un poco la parrilla y, mientras disponía unos troncos de laura sobre unos papeles para hacerlos arder, lo miró allá en el patio. Se quedó inmóvil un momento, recordando aquella mañana, también de domingo, en que don Antonio llegó con su soldadora y unos hierros que cargaba en su camioneta para hacerle la parrilla. Le pareció sentir el aroma de la soldadura, la descarga del electrodo sobre el hierro. Aunque no había heredado el oficio, de chico, siempre lo ayudó en el taller; un poco por las ganas de estar con su padre y otro poco para hacerse de alguna propina. Lo ayudaba a encender la fragua, alcanzarle las herramientas y sostener los hierros, mirando hacia atrás y cerrando los ojos mientras Antonio soldaba.
De paso a la cocina, para buscar la bandeja con la carne, su padre le preguntó: “¿Vino el Vasco?”. El Vasco era su amigo del alma, casi todos los días pasaba a tomar mates en el taller. Desde temprano, preguntaba obsesivamente por el Vasco. “No, papá, no vino”, respondió Rubén, casi como un reflejo.
Recordó aquellos días en que le ayudó a levantar ese quincho, aunque Antonio era herrero se las ingeniaba con la albañilería y, con mucho esfuerzo, fueron levantándolo. Adecuó la carne sobre la parrilla y esparció unas brazas por debajo. Comprobó que el fuego fuera suficiente, picó un pedazo de queso sobre una tabla y se dirigió al patio, allí debajo del abedul donde estaba Antonio, con un sombrero que le había puesto su nuera.
“¿Vino el Vasco?”, volvió a preguntar. A Rubén, se le escapó un suspiro. Comprensión mezclada con algo de fastidio. Una pequeña brisa que cruzó en ese instante por la sombra fresca del árbol fue como una caricia de agua fresca en su cara, lo puso en otro lugar, lejos del quincho, el fuego y la parrilla. Vio a su padre con la mirada perdida entre las flores del jardín y le puso un pedazo de queso en la mano.
Recordó aquel día de su cumpleaños número ocho, en ese agosto nevador de tantos años atrás en que, al levantarse, encontró una tremenda caja que contenía un Mecano, ¡lo había soñado tanto y allí estaba! Su padre se había ido temprano al taller y, durante todo el día lo esperó, mirando por la ventana, ansioso, esperando ver llegar la camioneta de su papá. Le había prometido aquel regalo pero ahora necesitaba de su ayuda para entender todo aquel “piecerío”, esas varillas, tornillos y tuercas. Cuando llegó Antonio, ese niño no lo dejó ni sacarse el overol, invitándolo a la sala donde, sobre el piso de madera lustrada, tenía desparramado el Mecano.
Recordó en ese momento, el olor de las manos del herrero, la rudeza de ellas, acostumbradas a la fragua y el yunque, pacientemente enroscando las tuercas en las varillas para que aquel deslumbrado pequeño aprendiera. Una y otra vez, lo fue corrigiendo. Varias noches de aquel invierno los vieron juntos armando maquinas y estructuras, tarea sólo interrumpida por doña Ester que los llamaba a la mesa.
Le tomó la cara entre sus manos, lo miraron aquellos ojos que ya no tenían el brillo de antaño. La piel parecía una seda en la que aquel hijo dejó un beso silencioso y profundo. “No, papi. El Vasco todavía no vino”.