EMOCIONES ENCONTRADAS: Descanso eterno
Uno de los grandes misterios, miedo para algunos, es su relación con la muerte. Más allá de la aceptación o no, el desenlace es siempre a favor de “la parca”. Asistir a un velorio es para algunos un trámite, pero para otros una dura decisión. Claramente, somos más proclives a celebrar la risa que a escuchar el llanto. Ese clima que rodea a los velatorios no ayuda para nada. Todo el mundo hablando en secreto, repitiendo una y otra vez como fue, la hora y demás datos. “Pero si lo vi la semana pasada”, “parece que durmiera”, y tantas frases tradicionales.
Con el debido respeto a quienes partieron y sus deudos, hay infinidad de “contadas” sucedidas en tan difícil momento. En la zona rural, los velorios suelen durar días, esto obedece a que la gente demora en llegar… y en irse. Algunos aprovechan que vinieron de tan lejos y, con la excusa de consolar a la familia, se quedan una temporadita.
Allí la vida es más lenta. Y lo que rodea a la muerte también. Uno puede ver la casa llena de vecinos y parientes; mientras que, por un costado, se ve la fogata donde se cocina carne para alimentar a la concurrencia. De lejos, más bien pareciera que hay un baile. No tabean por respeto al finado, pero a algunos, ganas no le faltan. Generalmente, la capilla ardiente se arma adentro de la casa, en un dormitorio. Se saca el ropero al pasillo o al patio, se desarma la cama y ahí, en el centro de la pieza, se dispone el cajón.
“A la final, gracias al velorio de la abuela encontramos la mantilla”, soltó una nieta, al descubrir que, tras el mueble que retiraron, se encontraba aquel tejido que daban por perdido.
Alguna vez, llegó a la caminera una camioneta trayendo un cajón que había encontrado en la ruta, que no soportó el serrucho de la huella y se le cayó a quien lo transportaba. Los sorprendidos policías dejaron demorado al conductor hasta que, al rato, llegó al puesto el chofer de la ambulancia preguntando si alguien había encontrado un cajón.
Un mecánico, a la entrada de Bariloche, se encontraba trabajando en el tren delantero de una ambulancia. La charla con el chofer de la misma transcurría amablemente: “De donde viene…”, “está buena la ruta...”. Cuando el chofer le comentó que venía a dejar un finado a la morgue y que se encontraba en la caja del vehículo, el mecánico salió rápidamente de abajo de la ambulancia y le pidió que se retire del taller.
En cierta oportunidad, llegaron de la cochería a una casa cercana al río Limay, en un campo lindero a la costa. Luego de armar la capilla en la habitación que le indicaron los familiares, partieron hacia Villa Traful, adonde dejarían a otro finado, para volver al día siguiente a retirar el féretro y llevarlo al cementerio. Cuando ingresó una de las familiares a la habitación, alertó:“¡Este no es el abuelo!”. Allá por Traful deben haber exclamado lo mismo, al ver que los de la cochería se habían confundido de muerto.
“No hay mal que por bien no venga”, dijo uno que volvía de a caballo desde el cementerio de Pichi Leufu y encontró una espuela que había perdido hace tiempo.
“Menos mal que no llueve”, dijo otro, que no soportó el silencio en el momento de la sepultura y quiso aportar algo.
Para cerrar, hay una “contada” famosa por la zona de aquel al que se le había muerto el padre. Un conocido que no pudo asistir al velorio le comentó: “Che, lamento lo de tu viejo. No pude ir”. A lo que el huérfano, consolándolo le contestó: “Salió todo bien, gracias a Dios, fue un éxito”.