Nunca más otro Chernóbil
Casi 8,4 millones de personas en los tres países resultaron expuestas a la radiación. Recién cuatro años después, al filo de la “perestroika” y la “glasnost”, el gobierno soviético reconoció que necesitaba ayuda internacional para afrontar sus consecuencias.
En 1990, la Asamblea General de la ONU llamó a “la cooperación internacional para abordar y mitigar las consecuencias de la planta nuclear de Chernóbil”. Aquella resolución marcó el comienzo de la participación de la ONU en su recuperación, que en primera instancia se expresó a través de la creación de un grupo de trabajo interinstitucional para coordinar a las partes dispuestas a cooperar.
Un año después se creó el Fondo Fiduciario para Chernóbil, en la actualidad bajo la dirección de la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA). Desde 1986, el sistema de Naciones Unidas y las principales ONG pusieron en marcha más de 230 estudios y proyectos sobre asistencia en los ámbitos de salud, seguridad nuclear, rehabilitación, medio ambiente, obtención de alimentos limpios e información.
A partir de 2001 se dispuso un cambio de estrategia, con un nuevo enfoque en el desarrollo a largo plazo. El PNUD y sus oficinas regionales en los tres países tomaron la delantera en la aplicación de las nuevas concepciones, aunque todavía hay mucho trabajo que hacer en la región afectada. En 2009, la ONU presentó la Red Internacional de Investigación e Información sobre Chernóbil porque las consecuencias del episodio continuarán en el futuro.
Con esta convicción, a fines de 2016 la Asamblea General designó al 26 de abril como el Día Internacional de Recordación del Desastre de Chernóbil, con la consigna “Chernóbil 30 años después: de la emergencia a la recuperación y el desarrollo económico y social sostenible de los territorios afectados”. Desde entonces, los miembros de la ONU, sus organismos competentes, otras organizaciones internacionales y algunos ámbitos de la sociedad civil, ponen de relieve el acontecimiento.
En aquel momento crítico, una subida de tensión originó una explosión química que liberó cerca de 520 radionucleidos nocivos a la atmósfera. La potencia de la explosión extendió la contaminación por amplias zonas de la Unión Soviética. Según los informes oficiales, 31 personas murieron en el momento y 600 mil “liquidadores” que trabajaron en las operaciones de extinción del fuego y limpieza, estuvieron expuestos a los altos niveles de radiación.
En realidad, fueron 8.400.000 las personas que se expusieron a la radiación, una población mayor a la de Austria y cerca de 150 mil kilómetros cuadrados de territorios de los tres países recibieron contaminación, es decir, casi la mitad del territorio de Italia. Zonas agrícolas que abarcaban cerca de 52 mil kilómetros cuadrados, fueron contaminadas con cesio-137 y estroncio-90, cuyo período de semi-desintegración es de 30 y 28 años respectivamente. Una extensión mayor al tamaño de Dinamarca.
Se reasentaron cerca de 404 mil personas, pero otros millones continuaron con su vida en un entorno en el que la exposición residual continuada producía una variedad de efectos adversos. Cabe recordar que no se hizo público ningún informe hasta tres días después de la explosión. Entonces, las autoridades suecas dieron a conocer un mapa de los niveles de radiación que habían aumentado en Europa en relación con la dirección del viento y anunciaron que había ocurrido un accidente nuclear en algún lugar de la Unión Soviética.
Antes de esa declaración, las autoridades soviéticas habían llevado a cabo operaciones de emergencia de extinción de fuego y limpieza, pero habían decidido no informar del accidente o de su magnitud. Ninguna autoridad pudo hacerse cargo de la situación inmediatamente y dar indicaciones sobre cómo salir de las casas con seguridad, beber agua o no, comer o no productos locales, entre otros interrogantes lógicos.
De haberse comunicado medidas de protección con mayor antelación, muy posiblemente se habría evitado que la población estuviera expuesta a algunos radionucleidos, como el yodo-131, que causa cáncer de tiroides. Una evacuación más temprana quizá fuera útil para que la gente no conviviera con ese radionucleido entre ocho y 16 días. Además, durante cuatro años, la URSS pretendió afrontar las consecuencias de la explosión en soledad.
Sin contar con el apoyo soviético, la ONU y sus colaboradores buscaron distintos modos de proporcionar ayuda de emergencia: la valoración de la seguridad nuclear y de las condiciones ambientales, además del diagnóstico de las distintas condiciones médicas. De igual manera, la intención fue que los habitantes de la zona tuvieran un mayor conocimiento de la situación y se les enseñó cómo protegerse de los radionucleidos. Una vez más cobra sentido la consigna: Nunca más.