2018-03-19

No hay nada de “asombroso” en la economía argentina

Es muy ilustrativo que a través de su titular, el FMI elogiara el rumbo económico que siguió la Argentina “en los dos primeros años del gobierno de Macri”.

Ese fue el juicio de Christine Lagarde, quien encontró “asombroso” al bienio de Cambiemos. Evidentemente, para el organismo no tienen relevancia el crecimiento del endeudamiento público, el incremento del desempleo o la caída del poder adquisitivo de los sectores asalariados.

No es que el FMI desconozca la evolución de esas variables económicas. Más bien, efectivamente las encuentra poco relevantes al considerar la vocación por la liberalización y apertura que orienta la gestión nacional como aspectos sustantivos. Hace décadas que junto con el Banco Mundial, el organismo que lidera Lagarde trabaja para hacer del planeta una sola área comercial que facilite las transacciones de las grandes corporaciones trasnacionales.

Irónicamente, podría argumentarse que el análisis de la funcionaria internacional llegó hasta diciembre último, pero no es menor que haya soslayado que la inflación de febrero fuera del 2,4 por ciento. Sólo en el primer bimestre, la Argentina de Cambiemos alcanzó la misma tasa que cualquier otro país emergente sufre durante un año: 4,2 por ciento. La inflación insiste en ser “kirchnerista”, como un alto funcionario ironizó meses atrás.

Si bien la meta para 2018 se fijó en el 15 por ciento hace apenas tres meses, hasta el propio BCRA avisó que se ubicará cerca del 20 por ciento. Por su parte, la inflación mayorista marcó 9,6 por ciento para enero y febrero, con una variación anual que supera el 26 por ciento. A pesar de estos números, se insiste con el 15 por ciento en las negociaciones paritarias, desfase que confirma una vieja percepción de la economía heterodoxa: la inflación es un mecanismo para transferir recursos desde los sectores asalariados hacia los patronales.

Desde esta lógica, no pueden llamar la atención los elogios del FMI, cuyos intereses no están en línea con el bienestar de las grandes mayorías populares, sino más bien con la rentabilidad de las grandes corporaciones y con la búsqueda de mayores rendimientos para los inversores internacionales. En ese mismo sentido, se expresó uno de los delegados estadounidenses que está en Buenos Aires para participar del cónclave del G20: si hay restricciones al consumo y a la satisfacción de las necesidades, “es otro problema”.

Tanto los estadounidenses como la cúpula del FMI asisten a una de las reuniones previas del G20, cuya cumbre se realizará en noviembre y diciembre. Como el gobierno argentino trabaja en la coordinación, el país hace las veces de anfitrión. Ayer comenzaron las deliberaciones propiamente dichas, con la participación de ministros de Hacienda, Finanzas y Economía, junto a los presidentes de los bancos centrales.

La conducción económica de Cambiemos está en la gloria porque entiende que tanta concentración de funcionarios en Buenos Aires ratifica “la vuelta al mundo”. Recordemos que el núcleo original del G20 fue el G-8, es decir, Alemania, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón, Gran Bretaña y Rusia, es decir, los más industrializados del planeta. Al plantel selecto se sumaron economías emergentes o de industrialización más reciente, como Arabia Saudita, la Argentina, Australia, Brasil, China, Corea del Sur, India, Indonesia, México, Sudáfrica y Turquía. El miembro vigésimo es la Unión Europea como bloque.

Las aseveraciones favorables de Lagarde ratifican que la Argentina vuelve a aceptar un rol de subordinación en la economía global y se pliega a los requerimientos que explicite el movimiento internacional de capitales. Desde el gobierno se insiste con el aperturismo, aunque el proteccionismo ensaya un retorno triunfal en las principales potencias del planeta, inclusive en Estados Unidos.

El G20 se muestra preocupado por “el futuro del trabajo”. Esa preocupación se expresa a través de las reformas laborales y previsionales que ya conocieron los trabajadores y trabajadoras argentinos, al igual que sus jubilados. Hay que admitir que no se trata de una cuestión local, ya que reformas regresivas avanzan en buena parte del planeta. Las estadísticas de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hablan de un crecimiento global del desempleo y de una marcada tendencia hacia la precariedad.

Cuando el FMI y los líderes del G20 hablan de su preocupación por “el trabajo”, se refieren a la reducción de los costos laborales en el marco de un achicamiento de los costos de producción para preservar o expandir las ganancias de las grandes empresas. Explicar la persistencia de los índices inflacionarios por el nivel supuestamente alto de los ingresos salariales no sólo es viejo, también es erróneo. Una mirada de largo plazo sobre la marcha de la economía argentina arrojará que no hay nada de “asombroso” en la política económica de Cambiemos, salvo la insistencia en aplicar recetas que siempre fueron peor que la enfermedad.

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